POR KUKULKAN
DISENTIR con el poder en otros tiempos no implicaba una conferencia de prensa ni un comunicado oficial redactado con eufemismos. Implicaba perder la cabeza. Literalmente. Enrique VIII no redactaba cartas de renuncia: firmaba ejecuciones. Iván el Terrible no reorganizaba gabinetes: purgaba lealtades a golpe de terror. Y Calígula, bueno… Calígula ni siquiera necesitaba pretextos. Hoy, en pleno siglo XXI, Donald Trump no puede ordenar decapitaciones en la plaza pública —las formas han cambiado, no las pulsiones—, pero ha perfeccionado una versión moderna, más estética, más institucional, de la misma práctica: la guillotina invisible. Porque en el gabinete trumpista, perder el cargo es lo más cercano a perder la cabeza.
LA LISTA crece con la disciplina de un verdugo metódico. John Phelan, secretario de laMarina, fue el más reciente en “dejar el cargo con efecto inmediato”, ese elegante epitafio burocrático que sustituye al hacha. Antes que él, Pam Bondi cayó en desgracia en Justicia, Kristi Noem fue desplazada en Seguridad Nacional, y Lori Chavez-DeRemer abandonó Trabajo envuelta en escándalo. Nadie muere, pero todos desaparecen.
ENRIQUE VIII (1509-1547) habría aprobado el método. Él también tenía un talento especial para deshacerse de quienes dejaban de ser útiles o, peor aún, incómodos. La diferencia es que el monarca inglés necesitaba justificar sus decisiones con acusaciones de traición o herejía. Trump, en cambio, opera con una lógica más contemporánea: la lealtad inmediata o la salida expedita.
IVÁN el Terrible (1533-1584), por su parte, convirtió la sospecha en sistema de gobierno. Nadie estaba a salvo de su ira, ni siquiera sus colaboradores más cercanos. En ese sentido, el paralelismo no es menor. La destitución de figuras clave en seguridad e inteligencia, como Mike Waltz o el general Charles Q. Brown Jr., refleja una constante: la confianza en el círculo de poder de Trump es volátil, casi provisional. Hoy eres indispensable; mañana, prescindible.
AUNQUE, en retrospectiva, quizá sea Calígula (37-41 d.C.) quien mejor capture el espíritu del momento. El emperador romano no sólo castigaba la disidencia, sino que disfrutaba exhibir su poder sobre quienes lo rodeaban. En su lógica, el cargo no dignificaba al funcionario; era el emperador quien otorgaba —y retiraba— el privilegio de existir políticamente. Algo similar ocurre en la Casa Blanca actual. El gabinete no es un contrapeso ni un órgano colegiado: es una extensión del temperamento presidencial.
PERMANECER en el gabinete no depende tanto de la capacidad técnica como de la alineación absoluta. Disentir no es un error; es una sentencia. La diferencia, claro, es que en lugar de sangre hay comunicados, y en lugar de ejecuciones hay “renuncias voluntarias”. Después de todo, el efecto político es el mismo: disciplina a través del miedo, control mediante la incertidumbre. Y, sin embargo, hay un matiz profundamente moderno en todo esto. Mientras Enrique VIII gobernaba desde la solemnidad monárquica, Iván desde el terror y Calígula desde el exceso, Trump lo hace desde la narrativa.
CADA salida es también un mensaje. Cada destitución, una señal de fuerza hacia adentro y hacia afuera. No se trata sólo de remover a un funcionario, sino de reafirmar quién manda. El problema de gobernar así es que la estabilidad se vuelve un lujo. Un gabinete en constante rotación difícilmente construye políticas de largo plazo. La lealtad inmediata sustituye a la experiencia, y la urgencia política desplaza la planeación estratégica. En otras palabras: el poder se consolida, pero la gobernabilidad se resiente.
QUIZÁ por eso la comparación histórica resulta tan incómoda. No porque estemos ante tiranos idénticos, sino porque los patrones persisten, adaptados a su tiempo. Ya no hay ejecuciones públicas, pero sí hay caídas fulminantes. Ya no hay verdugos, pero sí hay salidas “con efecto inmediato”. En el fondo, la pregunta no es cuántas cabezas han rodado —aunque ahora permanezcan sobre los hombros—, sino qué tipo de gobierno se construye cuando el miedo, aunque sea simbólico, se convierte en herramienta política. Al final, en esta corte moderna, todos lo saben: el problema no es equivocarse. Es dejar de coincidir.


