El tablero roto de Irán y la derrota de Estados Unidos e Israel

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José Réyez

No todo conflicto armado termina cuando cesan los bombardeos. A veces, apenas comienza una fase más sombría, más difusa, donde los Estados pierden el monopolio de la violencia y la convierten en un virus que se propaga sin mapa ni reloj.

Eso es exactamente lo que estamos presenciando tras la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán: una guerra que ya no se mide sólo en kilómetros cuadrados de territorio arrasado, sino en células durmientes, decretos religiosos de venganza y milicias que aprendieron a sobrevivir entre las grietas del poder.

El informe Evaluación Anual de Amenazas de la Comunidad de Inteligencia de EU (marzo de 2026) muestra un fresco inquietante. No nos habla de victorias definitivas, sino de “debilitamientos estratégicos”.

Y esa es la paradoja de este nuevo Medio Oriente: cuanto más se debilita a Irán y a sus aliados, más impredecibles se vuelven. Hamás y Hezbolá, según el texto, han sido “gravemente debilitados” por las operaciones israelíes con apoyo logístico y de inteligencia estadunidense.

Los hutíes y las milicias chiíes iraquíes, sin embargo, “probablemente conservan su resistencia”. Y ahí está el primer punto de quiebre: no todos los eslabones de la cadena iraní se rompen con la misma fuerza.

La inteligencia occidental suele pecar de optimismo lineal: golpeamos al líder, la organización colapsa. Pero el documento reconoce, casi a regañadientes, que estos grupos “siguen siendo capaces de atacar asimétricamente los intereses de Estados Unidos y de nuestros aliados”.

Traducción: ya no pueden enfrentar una guerra convencional, pero sí poner una bomba en un mercado de Bagdad, lanzar un dron contra una base saudí o radicalizar a un joven en Londres a través de un canal de Telegram.

La asimetría no es debilidad; es una mutación. Y la mutación, en el terrorismo, es la madre de todas las pesadillas.

El texto menciona la “Operación Furia Épica”, nombre que suena a guion de Hollywood pero que describe muy bien la furia real de las milicias chiíes iraquíes respondiendo al llamado de Teherán para atacar bases estadunidenses.

Causaron “algunos daños”, admite el informe. Pero subestimar esos daños es un error. Cada impacto de mortero, cada convoy incendiado, cada soldado herido es un mensaje: seguimos aquí. Y más importante aún: seguimos dispuestos a escalar cuando el líder supremo lo ordene.

La reacción no se hizo esperar. “Algunos chiíes de todo el mundo, especialmente en Oriente Medio y el sur de Asia, reaccionaron con ira y protestas” por el asesinato de Jamenei. Pero lo grave no es la calle: lo grave son las fatwas.

Destacados líderes religiosos chiíes en Irán emitieron decretos religiosos –fatwas– que instan a vengar a Jamenei. Y una fatwa, en este universo, no es un sermón de viernes. Es una licencia para matar.

Aquí el análisis debe ser fino: no se trata de una declaración de guerra del Estado iraní (aunque el Estado iraní está en proceso de reconstrucción y quizás demasiado ocupado sobreviviendo), sino de una convocatoria a la acción individual.

El terrorismo yihadista, tanto suní como chií, ha perfeccionado esta mecánica: descentralizar la venganza. No necesitas un ejército; necesitas un hombre convencido de que matar a un estadunidense en cualquier rincón del planeta es un acto de justicia divina.

París, Londres, Berlín, Buenos Aires o cualquier ciudad con presencia diplomática o empresarial de EU se convierten en objetivos potenciales.

El informe lo sugiere sin decirlo abiertamente: el riesgo de ataques “lobo solitario” crece exponencialmente. Y en medio de este vendaval, una voz moderada pero firme: el gran ayatolá Ali al-Sistani, desde Irak.

Condena el ataque estadunidense-israelí contra Irán, pero va más allá: exhorta a todos los países a detener el conflicto y encontrar una solución pacífica.

Sistani no es un ingenuo. Sabe que sus palabras no detendrán una fatwa, pero intenta construir un dique ético entre la venganza y la aniquilación.

Es el recordatorio de que el mundo chií no es monolítico, que entre Jamenei y Sistani hay diferencias de escuela, de poder y de visión. Sin embargo, en un contexto de guerra y duelo, los matices suelen ser lo primero que se pierde.

¿Qué significa esto para el “panorama mundial del terrorismo durante el próximo año”, que es lo que el documento promete evaluar? Significa que no volveremos a la normalidad. La normalidad ya era frágil antes de octubre de 2023.

Ahora, con un Irán supuestamente debilitado pero vengativo, con milicias que aprendieron a operar en modo autónomo, con una comunidad chií global herida en su liderazgo espiritual, el tablero se ha roto. No hay más casillas blancas y negras; hay fragmentos afilados.

Las democracias occidentales, y particularmente Estados Unidos, enfrentan un dilema estratégico de manual, pero con consecuencias reales: si abandonan Medio Oriente, dejan un vacío que llenarán Irán o el ISIS 2.0; si se quedan, perpetúan el ciclo de ataques y represalias.

El documento no ofrece soluciones, porque no es un plan de paz; es un diagnóstico de riesgos. Y el riesgo principal, hoy, es la deslocalización de la venganza.

El terrorismo ya no necesita grandes santuarios territoriales. Necesita una narrativa, un mártir y una fatwa. Con Jamenei muerto, tiene las tres cosas.

Quizás lo más trágico de todo esto es que los estrategas militares celebrarán el “debilitamiento” de Hamás y Hezbolá como un éxito, mientras los agentes de inteligencia duplican las alertas en aeropuertos y sinagogas.

La guerra contra Irán no ha terminado. Simplemente ha cambiado de escenario: ahora se libra en las mezquitas abarrotadas de Karachi, en los foros cifrados de la dark web y en la mente de cada joven chií al que le han enseñado que la justicia sin sangre no es justicia.

Y mientras tanto, Sistani pide paz. Nadie lo escucha. Pero quizás, en el fragor de los escombros y las venganzas, su voz sea lo único que nos quede cuando este nuevo ciclo de violencia termine. Si es que termina.

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