POR KUKULKAN
EN EL SURESTE mexicano no sólo hay selva, rieles nuevos y estaciones relucientes. También hay curvas peligrosas. Y no precisamente en la geografía, sino en la estructura de mando del Tren Maya, donde el descarrilamiento comenzó mucho antes de que alguien revisara las vías. La latente salida del General Óscar David Lozano Águila no será un relevo de rutina ni un elegante cambio de estafeta. Será, más bien, un frenazo en seco. De esos que no se anuncian por altavoz, pero que se sienten hasta el último vagón. Y es que cuando el maquinista pierde la confianza del control central, el viaje se detiene, aunque el discurso diga lo contrario.
EN LOS PASILLOS donde se toman las decisiones —esos que no salen en las fotos oficiales— la historia es menos épica y más administrativa. La presidenta Claudia Sheinbaum, dicen quienes alcanzan a escuchar tras la puerta, ya no estaba dispuesta a seguir apostando por un modelo que no terminaba de convertirse en sistema. El Tren Maya podía cortar listones, pero no lograba consolidarse como transporte funcional ni como imán turístico. Mucha inauguración, poco pasajero. Y ahí empezó el verdadero ruido. No el de los rieles, sino el de las cuentas. Mientras el tren avanzaba entre ceibas y promesas, en el corporativo de Mérida se cocinaba otro tipo de trayecto: uno donde la nómina parecía más un vagón de cortesías que una estructura técnica.
LAS DENUNCIAS internas comenzaron a circular como boletos sin destino claro. Personal sin perfil ocupando puestos clave, apellidos conocidos encontrando asiento en primera clase y técnicos con experiencia viendo cómo los dejaban en el andén. El nombre de Víctor Lavín Sansores (sobrino de la gobernadora de Campeche) apareció en la lista como recordatorio de que, en política, las rutas familiares suelen tener vía directa. El problema no era sólo quién subía, sino también quién bajaba. Despidos, recontrataciones selectivas y un ambiente que, según quienes lo padecen, se movía más por jerarquía que por criterio técnico. En otras palabras: el silbato lo tenía la disciplina, no la eficiencia.
A CONTRAFLUJO, la austeridad —esa que tanto se presume en el discurso— parecía tomar vacaciones dentro del corporativo. Entre reportes y filtraciones apareció un detalle incómodo: la construcción de un departamento de lujo dentro de las propias instalaciones. Un espacio exclusivo, discreto, casi invisible… salvo para quienes saben dónde mirar. Nada como predicar pobreza franciscana desde un balcón privado. Pero si algo terminó de tensar el riel fue el episodio que nunca debió existir. Un arma de cargo, una noche con alcohol y un disparo que dejó a un trabajador herido. El responsable: un chofer vinculado a la dirección. El resultado: silencio. La práctica institucionalizada en este tren, es que cuando algo suena mal, se intenta bajar el volumen antes que reparar la falla.
ASÍ SE FUE el tiempo, entre quejas, números que no cuadran y episodios que incomodan, hasta que el mando terminó por perder la vía. Y cuando eso pasa, no hay metáfora que alcance: el descarrilamiento deja de ser una posibilidad y se convierte en advertencia. El relevo ya aguarda en la estación. La versión al interior es que el General Manuel Jaime Ramírez Camacho llega con fama de administrador, no de operador político. Y eso, en teoría, es justo lo que se necesita cuando el problema no está en el diseño del tren, sino en la caja registradora. No deja de ser simbólico que quien vendría a poner orden financiero no haya soltado del todo Banjercito. Como si el mensaje fuera claro: aquí no se trata de acelerar, sino de revisar cuánto combustible queda… y quién lo ha estado usando.
EL RETO es tan evidente como incómodo. Limpiar la estructura, profesionalizar los puestos, devolverle sentido operativo a un proyecto que nació como bandera política y ahora necesita funcionar sin discurso. Y es que una cosa es inaugurar estaciones y otra muy distinta llenarlas. El Tren Maya sigue en marcha, sí. Pero la pregunta ya no es si avanza, sino hacia dónde. Cuando el problema no está en las vías, sino en quien conduce, cualquier curva —por suave que parezca— puede convertirse en el punto exacto donde todo se sale del riel. Y en este Nido, ya sabemos algo: los trenes no siempre se descarrilan por accidente. A veces, simplemente, alguien dejó de mirar el camino.


