POR KUKULKAN
SI EL CINEASTA Luis Estrada decidiera filmar una nueva versión de La Ley de Herodes en 2026, probablemente ya no tendría que inventar personajes ni escribir diálogos. Bastaría con prender la televisión, abrir TikTok o revisar las redes sociales para encontrar material suficiente. Y quién sabe. Quizá la historia ya no ocurriría en aquel inolvidable San Pedro de los Saguaros, donde el célebre Juan Vargas descubrió las mieles de la autoridad. Tal vez ahora la trama se desarrollaría en Metepec, donde recientemente una escena digna del cine de sátira política puso a todo México a comentar lo que hasta hace unos días parecía un asunto local.
Y ES QUE en la política mexicana existe una vieja tradición: cuando un funcionario se rodea de poder durante demasiado tiempo, corre el riesgo de empezar a confundirse. Primero cree que gobierna. Luego cree que manda. Después cree que puede decidir. Y finalmente termina convencido de que las leyes fueron redactadas para los demás. Los videos que circularon por todo el país mostraron una escena que parecía salida de una secuencia cinematográfica. El alcalde Fernando Flores Fernández, del PAN, llegando al Club Deportivo La Asunción acompañado de escoltas armados, forcejeos, discusiones y un ambiente más cercano a una película de acción que a una jornada ordinaria de gobierno municipal.
LA IMAGEN fue tan poderosa que terminó eclipsando cualquier explicación posterior. Quizá olvidó que en la era digital la percepción viaja más rápido que los comunicados oficiales. Y una vez que la imagen queda sembrada en la imaginación colectiva, resulta casi imposible arrancarla. Lo interesante es que la escena no parecía escrita por un guionista moderno. Más bien evocaba aquella vieja escuela del caciquismo tropical, donde algunos políticos confundían el cargo con una patente de corso y la escolta con una extensión de la voluntad divina. Como si la credencial de presidente municipal incluyera un paquete premium de facultades extraordinarias.
POR SUPUESTO, en Metepec nadie ha dicho semejante cosa. Pero las imágenes hablaron por sí solas. Y las imágenes, como los impuestos y las suegras, suelen ser difíciles de combatir. La historia de Fernando Flores Fernández siguió el manual clásico del escándalo político mexicano. Primero apareció el video. Después llegaron las explicaciones. Luego las aclaraciones de las explicaciones. Más tarde las disculpas. Y finalmente las investigaciones. Un ciclo tan tradicional como el pozole de septiembre.
MIENTRAS tanto, la opinión pública observaba fascinada cómo un asunto municipal escalaba hasta convertirse en tema nacional. Y es que existe algo profundamente mexicano en este tipo de episodios. El ciudadano puede soportar los baches. Puede sobrevivir a los trámites interminables. Inclusive puede acostumbrarse a que una obra pública tarde tres administraciones en concluirse. Lo que no tolera es la sensación de que alguien utilice el poder para asuntos personales. Ahí es donde la indignación encuentra combustible. Está claro que el mexicano promedio quizá no conozca todos los artículos de la Constitución, pero posee un radar infalible para detectar cuando alguien se siente más importante de lo que debería.
POR ESO el episodio resonó tanto. No se discutía únicamente un incidente específico. Se discutía un símbolo. La eterna tentación del funcionario que deja de verse como servidor público y comienza a comportarse como propietario temporal del municipio. Una figura tan antigua como la propia política nacional. Los comentarios en cafés, oficinas y redes sociales reflejaron exactamente eso. La pregunta no era únicamente qué ocurrió. La pregunta era por qué alguien consideró normal actuar de esa manera. Porque cuando una autoridad llega rodeada de hombres armados para intervenir en un conflicto privado, inevitablemente surge una duda incómoda: ¿estamos viendo una actuación institucional o una demostración de fuerza?
Y EN POLÍTICA, las dudas suelen ser más peligrosas que las respuestas. Lo paradójico es que vivimos en una época donde cada ciudadano carga una cámara en el bolsillo. Los excesos que antes quedaban encerrados entre cuatro paredes ahora terminan viralizados antes de que el primer asesor redacte un comunicado. La vieja política todavía no termina de entenderlo. Muchos siguen gobernando como si las únicas cámaras fueran las de los informes de gobierno. Pero el México actual funciona diferente. Ahora cualquier espectador puede convertirse en cronista. Y cualquier incidente puede transformarse en escándalo nacional antes de la hora de la comida.
ASÍ FUE como el caso de Metepec trascendió tan rápido y más allá de los detalles jurídicos o administrativos, tocó una fibra profundamente conocida por los mexicanos: la relación entre poder y soberbia. Aquella misma que Luis Estrada retrató magistralmente hace más de dos décadas. Aquella que convertía a Juan Vargas en una caricatura tan exagerada que parecía imposible. Hasta que la realidad decidió competir con la ficción. Y como suele ocurrir en México, la realidad volvió a demostrar que tiene mejores guionistas.
ENTRE tanto las investigaciones avanzan y las explicaciones continúan acumulándose, la ciudadanía observa desde las butacas. La función sigue. Los actores permanecen en escena. Y aunque esta vez la historia no ocurre en San Pedro de los Saguaros, hay quienes comienzan a sospechar que el espíritu de aquella película sigue recorriendo discretamente algunos palacios municipales del país. Nomás que ahora viene acompañado de escoltas, teléfonos celulares y transmisión en alta definición.




