El pañuelo blanco: entre la rendición y la resistencia

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POR KUKULKAN

HAY SÍMBOLOS que sobreviven a los siglos porque dicen mucho sin pronunciar una sola palabra. El pañuelo blanco es uno de ellos. Un simple trozo de tela que ha servido para despedir a un hijo rumbo al mar, exigir justicia frente a una dictadura, pedir una tregua en medio de una guerra o anunciar que ya no hay voluntad para seguir combatiendo.

LA HISTORIA nunca le concedió un único significado. Al contrario, le regaló una contradicción fascinante: el pañuelo blanco puede representar la resistencia más férrea o la rendición más absoluta. Todo depende de quién lo levante y en qué momento.

QUIZÁ por eso resulta tan curiosa la campaña “Saca el pañuelo, saca a Morena”, impulsada desde sectores de la oposición que imaginaron que bastaba con repartir un símbolo para construir un movimiento político. Como si los símbolos funcionaran por decreto. Como si la historia pudiera reiniciarse con un hashtag. Como si un empresario con millones de seguidores en redes sociales pudiera convertir un pedazo de tela en la nueva bandera nacional de la inconformidad.

DURANTE semanas, las redes sociales se inundaron de llamados para levantar pañuelos blancos durante la inauguración del Mundial. La apuesta era evidente: aprovechar las cámaras del evento deportivo más visto del planeta para proyectar una protesta global contra el gobierno de la Cuarta Transformación. La estrategia parecía sencilla; la ejecución, no tanto.

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LO CIERTO es que el Mundial llegó. Las cámaras recorrieron las tribunas. Los aficionados cantaron, brincaron, celebraron. Y el famoso mar de pañuelos blancos nunca apareció con la fuerza prometida. El fenómeno terminó siendo mucho más visible en X que en los estadios. Paradójicamente, el símbolo terminó enseñando una lección política que probablemente sus promotores no pretendían ilustrar.

LOS SÍMBOLOS no se fabrican. Se conquistan. Las Madres de Plaza de Mayo no convirtieron un pañuelo blanco en un emblema universal porque un estratega de comunicación así lo diseñó. Lo hicieron porque detrás había miles de desaparecidos, décadas de lucha y una persistencia que sobrevivió incluso a la represión.

LA BANDERA blanca tampoco nació en una agencia de publicidad. Fue el resultado de siglos de guerras donde levantar un lienzo blanco significaba detener la muerte, aunque fuera por unos minutos. La historia les dio contenido. No al revés. En México ocurre exactamente lo contrario.

PRIMERO apareció el logotipo, después el eslogan, luego las convocatorias digitales y finalmente la esperanza de que la sociedad llenara el símbolo de significado. Pero los símbolos no obedecen a campañas de marketing. Obedecen a procesos históricos.

RESULTA imposible ignorar, además, la ironía que encierra el propio pañuelo blanco. Quienes decidieron adoptarlo probablemente pensaban en la resistencia. Sin embargo, millones de personas alrededor del mundo lo identifican, antes que cualquier otra cosa, con la rendición. No deja de ser una metáfora incómoda.

MIENTRAS algunos pretendían mostrar fortaleza frente al gobierno, otros podían interpretar exactamente lo contrario: una oposición levantando, sin querer, el mismo emblema con el que durante siglos los ejércitos anunciaban que habían dejado de combatir. Los símbolos tienen esa peligrosa costumbre de escaparse del control de quienes intentan apropiárselos.

MÁS AÚN cuando llegan tarde. Porque el pañuelo blanco no nació en las redes sociales de Ricardo Salinas Pliego, ni en los discursos de Claudio X. González, ni en los laboratorios digitales de la oposición mexicana. Tiene más de dos mil años de historia. Ha recorrido trincheras, revoluciones, dictaduras, funerales, puertos y plazas públicas mucho antes de que existieran los algoritmos.

PRETENDER reinventar el pañuelo es tan ingenuo como creer que alguien puede registrar el color blanco como marca propia. Eso no significa que la oposición no tenga derecho a protestar. Lo tiene, y es indispensable en cualquier democracia. La crítica al poder es tan necesaria como el poder mismo.

PERO una cosa es ejercer ese derecho y otra muy distinta suponer que un símbolo, por sí solo, reemplaza la construcción de una causa capaz de convocar a las mayorías. Al final, el pañuelo blanco volvió a demostrar que pertenece más a la historia que a quienes intentan apropiárselo coyunturalmente.

Y QUIZÁ ahí radique la mayor ironía. Mientras unos lo levantaron esperando que representara el nacimiento de una resistencia, terminó recordando el significado que la humanidad le ha atribuido durante siglos: la delgada línea que separa la convicción de la rendición.

@Nido_DeViboras

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