POR KUKULKAN
AHORA resulta que los jóvenes “farmean aura”. Se colocan frente a frente, hacen una pose, ejecutan algún movimiento, sostienen la mirada y esperan la reacción del público. Si impresionan, ganan aura. Si hacen el ridículo, la pierden. Los puntos no existen, por supuesto. Aunque, pensándolo bien, quizá sean más reales de lo que parecen.
LA MODA, impulsada por TikTok y otros rincones de internet, ya salió de las pantallas. Jóvenes se reúnen para protagonizar las llamadas “batallas de aura”, competencias en las que no hace falta meter un gol, responder una pregunta o demostrar alguna destreza en particular. Lo importante es proyectar seguridad, estilo, carisma. Presencia.
EN POCAS palabras: parecer importante. Y antes de que algún adulto indignado concluya que estamos ante la prueba definitiva de la decadencia de las nuevas generaciones, convendría mirarnos un poquito al espejo. Porque los adultos llevamos décadas farmeando aura. Sólo que nunca tuvimos la sinceridad de llamarlo así.
EL POLÍTICO que llega acompañado de veinte personas a un evento está farmeando aura. El funcionario que sube una fotografía supervisando una obra, con casco impecable y chaleco recién estrenado, está farmeando aura. El legislador que aprovecha cualquier micrófono para pronunciar un discurso que nadie le pidió está farmeando aura.
TAMBIÉN el empresario que necesita recordarnos qué automóvil conduce, el personaje público que convierte cada comida en sesión fotográfica y el opinador que descubre cada mañana una nueva oportunidad para demostrar que sabe más que todos. Todos quieren sus puntos. Todos quieren su aplauso. Todos quieren aura.
LA DIFERENCIA es que los muchachos lo convirtieron en juego y nosotros construimos alrededor de eso buena parte de la vida pública. Y es que si algo ha cambiado con las redes sociales no es la necesidad humana de reconocimiento. Esa viene de fábrica. Lo novedoso es que ahora podemos medirla. Seguidores. “Me gusta”. Reproducciones. Comentarios. Compartidos.
ANTES alguien necesitaba entrar a un salón para comprobar que era popular. Hoy basta con mirar una pantalla. Las redes convirtieron el prestigio en estadísticas y las estadísticas, inevitablemente, terminaron convertidas en competencia. Así que quizá las famosas batallas de aura sean menos absurdas de lo que aparentan.
IMAGINEMOS la escena: dos personas haciendo movimientos frente a una multitud para obtener aprobación. Suena ridículo. Hasta que uno abre Instagram. O Facebook. O X. O, peor todavía, observa una campaña política. Entonces el libreto comienza a resultar sospechosamente familiar.
DE HECHO, en política farmear aura podría considerarse deporte profesional. Hay inauguraciones donde parece importar más la fotografía que la obra. Informes donde el tamaño del escenario compite con el contenido del mensaje. Recorridos donde aparecen más cámaras que ciudadanos. Videos cuidadosamente producidos para demostrar espontaneidad. Funcionarios caminando por mercados, candidatos abrazando comerciantes y personajes públicos descubriendo, convenientemente frente a una cámara, cuánto les gusta comer en puestos callejeros.
TODO suma aura. La política siempre ha tenido escenografía, desde luego. El poder necesita símbolos y los gobernantes de todas las épocas han entendido perfectamente el valor de una imagen. Lo extraordinario es que ahora esa lógica se parece cada vez más a la de TikTok. Un político puede ganar miles de puntos imaginarios por una fotografía aparentemente casual y perderlos horas después por un video desafortunado.
PUEDE “hacerse viral”, como antes buscaba aparecer en primera plana. Puede construir una personalidad digital distinta de su desempeño real. Y puede descubrir que, en tiempos de algoritmos, parecer eficiente a veces circula más rápido que demostrarlo. Los jóvenes que compiten por aura al menos conocen las reglas del juego.
NADIE pretende que detrás de una pose exista una política pública. Nadie confunde un salto espectacular con un informe de resultados. Nadie promete transformar al país después de ganar una batalla. El público aplaude, alguien graba el video, todos ríen y la competencia termina. En el mundo adulto, desgraciadamente, no siempre ocurre así.
AHÍ TAMBIÉN repartimos puntos imaginarios, sólo que algunas veces terminamos convirtiéndolos en votos, contratos, candidaturas, posiciones políticas o influencia. Quizá por eso estas batallas provocan tanta incomprensión. Nos resulta fácil mirar a un grupo de universitarios haciendo poses y preguntarnos en qué momento llegamos hasta aquí.
LA PREGUNTA verdaderamente incómoda sería otra: ¿En qué momento empezamos nosotros? La realidad es que las generaciones anteriores también tuvieron sus formas de presumir prestigio. El automóvil, el apellido, el cargo, el reloj, la oficina, la mesa reservada, la fotografía con el poderoso de turno. Los jóvenes únicamente hicieron algo tremendamente contemporáneo. Le pusieron nombre al juego. Le agregaron puntos imaginarios. Y encendieron la cámara.
ASÍ QUE podemos burlarnos todo lo que queramos de quienes se reúnen en una universidad para descubrir quién tiene más “aura”. Pero cuidado con reír demasiado, ya que mientras ellos compiten durante unos minutos y después regresan a clases, hay quienes llevan años participando en exactamente la misma batalla. Y algunos, además, la juegan con recursos públicos. Esos sí deberían perder varios millones de puntos de aura.




