Primero La Boa, después las cuentas

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POR KUKULKAN

LA BOA llegó al Senado y, por una vez, el reptil venía en el repertorio, no en la descripción del ambiente. Y es que este martes 6 de octubre, la Cámara alta homenajeó a la Sonora Santanera por sus 71 años de trayectoria con un acto en el que hubo reconocimiento y música, aunque para una institución tan aficionada al protagonismo, tener profesionales del espectáculo en casa debió representar una competencia bastante incómoda.

EL ANFITRIÓN fue Luis Alfonso Silva Romo, senador del Partido Verde, quien destacó la aportación cultural de la agrupación. Nada que objetar: reconocer a los artistas es perfectamente defendible. Lo divertido fue observar al Poder Legislativo administrando aplausos ajenos, como si una buena canción pudiera transferir prestigio mediante proximidad. Los músicos ponen la trayectoria; el legislador encuentra dónde acomodarse en la fotografía. Cada quien con su instrumento.

EL ESCENARIO fue La Cuña, en el patio del recinto, no la tribuna parlamentaria. Hasta la pachanga tuvo delimitación territorial, para tranquilidad del protocolo. Los reporteros que cubrieron el evento, pudieron percatarse de que hubo legisladores que cantaron y se movieron al ritmo de La Boa y Perfume de Gardenia. Quizá la concordia parlamentaria no necesite tantos acuerdos ni reuniones privadas: tal vez baste escuchar una buena sección de metales a ritmo de mambo o danzón.

SIN QUE alguien llevara la cuenta exacta, hubo quienes reportaron más de diez canciones y a la senadora morenista Margarita Valdez cantando desde su asiento. Tampoco hay delito en saberse un estribillo. Ojalá esa memoria encuentre aplicaciones menos festivas: recordar compromisos, retener cifras, identificar pendientes. Sería una innovación extraordinaria que el entusiasmo por reconocer una melodía viniera acompañado de idéntico interés por reconocer una responsabilidad. El oído musical no tendría por qué estar peleado con el político.

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EL CONTRASTE mayor estuvo en la agenda porque ese mismo día correspondía comparecer al secretario de Hacienda, Édgar Amador Zamora, según el calendario oficial. Las crónicas periodísticas situaron el homenaje antes de esa actividad. Primero la música; después, las cuentas. Una transición exquisita: de escuchar cómo sufre el corazón a preguntar cómo anda la caja. Lo importante sería que las respuestas financieras no terminaran también convertidas en canciones.

PERO que nadie prepare todavía el expediente del gran saqueo tropical. Los opositores al oficialismo, atentos a los dispendios en tiempos de austeridad republicana, esta ocasión ni siquiera solicitaron acreditar cuánto costó el homenaje ni criticaron que se hubiera suspendido una sesión para celebrarlo. Sin esos datos, acusar un desfalco sería cambiar el escándalo mediático por la percusión rítmica. La pregunta pertinente fue más sencilla y bastante menos bailable: ¿hubo honorarios, quién cubrió la logística y qué recursos se utilizaron? La transparencia también merece micrófono.

EL PROBLEMA no es que una institución reconozca la cultura popular. Sería bastante miserable exigir que los artistas trabajaran gratis para que un funcionario pudiera presumir austeridad. El conflicto hubiera sido confundir homenaje con promoción personal, o al considerar que preguntar por los gastos equivale a insultar a los músicos. Una cosa es honrar una trayectoria; otra, usarla como cortina decorativa para evitar explicaciones.

AL SENADO le vendría bien establecer una partitura pública para estos encuentros: criterios de selección, responsables de organizar y desglose de recursos. Nada que requiera oído absoluto ni un doctorado en administración. Bastaría explicar lo que cualquier organizador de fiesta necesita saber antes de encender las bocinas. La diferencia es que aquí el salón pertenece a una institución pública y la ciudadanía no es invitada decorativa.

LOS MÚSICOS pueden enseñarles más que a llevar el ritmo. Una orquesta funciona porque sus integrantes ensayan, escuchan al otro y conocen la pieza antes de salir al escenario. Sería interesante aplicar ese método a una comparecencia: estudiar los informes, formular preguntas precisas y repreguntar cuando la respuesta esquive el asunto. Aplaudir resulta facilísimo; lo que requiere atención es distinguir cuándo un funcionario responde de verdad y cuándo habla mucho para no contestar.

EN ESTE Nido celebramos que La Boa encontrara escenario sin necesidad de afiliarse a una bancada. Pero el aplauso no cancela la pregunta ni la nostalgia expide comprobantes. Que siga sonando la Santanera: el patrimonio musical merece reconocimiento, no cargar con las preguntas que corresponde responder a los organizadores. El verdadero espectáculo sería ver al poder rendir cuentas sin pedir primero un cambio de melodía.

@Nido_DeViboras

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