Entre el Evangelio y las esposas

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POR KUKULKAN

¡SANTO CIELO! Ahora resulta que para combatir la delincuencia en México no basta con patrullas, ministerios públicos, jueces y cárceles. También hacen falta ángeles guardianes, bendiciones legislativas y, de ser posible, una acreditación de los mismísimos Policías Celestiales. Y es que si la justicia terrenal anda por los suelos, alguien habrá pensado que llegó la hora de pedir refuerzos al más allá.

LA OCURRENCIA no aconteció en un templo ni durante una ceremonia religiosa, sino en la Cámara de Diputados, donde, por invitación del PRI, la organización de inspiración evangélica Policías Celestiales AC convirtió el Salón Legisladores en una peculiar sucursal del reconocimiento divino, con autoridades municipales, políticos y hasta representantes diplomáticos recibiendo galardones.

¡ALELUYA, hermanos! La seguridad pública encontró su púlpito. El fundador de semejante agrupación, Leonel Guillermo Prieto Chávez, ex policía federal y a quien algunos llaman pastor, explicó que su organización busca atender lo que existe debajo del uniforme: ese corazón que ríe, llora y se preocupa. Una reflexión atendible, ciertamente, porque los policías también son seres humanos.

AUNQUE de ahí a confundir la capacitación institucional con una congregación religiosa existe una distancia tan grande como la que separa el Evangelio de una orden de aprehensión. Y vaya contradicción. Mientras las escrituras cristianas predican el perdón, la misericordia y ofrecer la otra mejilla, la función policial consiste en hacer cumplir la ley, detener infractores y, cuando resulta estrictamente necesario, utilizar la fuerza legítima del Estado.

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EL PRIMERO habla de redención; la segunda, de coerción. Uno promete salvación espiritual; el otro debe garantizar seguridad jurídica. Por supuesto, un policía puede profesar cualquier religión. Incluso puede encontrar en su fe fortaleza emocional para enfrentar las dificultades del oficio. Lo cuestionable comienza cuando las creencias particulares adquieren protagonismo institucional dentro de espacios públicos que, constitucionalmente, deben mantenerse ajenos a preferencias religiosas.

PERO como en México la política tiene una extraordinaria capacidad para convertir cualquier ceremonia en espectáculo, también hubo reparto de reconocimientos. Los alcaldes panistas Giovanni Gutiérrez, de Coyoacán, y Mauricio Tabe, de Miguel Hidalgo, figuraron entre los distinguidos, junto con el priísta David Sánchez Isidoro, de Coacalco. No faltó, desde luego, la bendición partidista. El diputado priísta Israel Betanzos pidió a los organizadores multiplicar sus actividades y remató con el consabido deseo de que Dios los bendijera. ¡Amén y que no falten los votos!

EL TOQUE internacional lo puso la embajada de Israel, reconocida como “sede diplomática amiga del año”. Dahlia Neumann recibió el galardón en representación del embajador Yoed Magen y agradeció el respaldo de la comunidad cristiana evangélica a su país. Así, entre referencias bíblicas, cooperación internacional y discursos sobre seguridad, el recinto legislativo pareció transformarse en una singular mezcla de capilla, comandancia y oficina de relaciones exteriores.

LA PREGUNTA inevitable es qué criterios objetivos justificaron semejantes distinciones. ¿Disminuyeron los delitos? ¿Mejoraron las investigaciones? ¿Aumentó la confianza ciudadana? Porque reconocer autoridades por su desempeño exige algo más que buenas intenciones y discursos edificantes. Y aquí aparece la paradoja mayor: el Estado mexicano es laico, mientras sus instituciones de seguridad están obligadas a actuar sin distinciones religiosas. La fe pertenece a la conciencia; la autoridad, a la Constitución.

NADIE pone en duda que los Policías Celestiales tengan buenas intenciones. Nadie discute que acompañar emocionalmente a quienes arriesgan la vida sea valioso. Pero cuando la política se arrodilla ante los símbolos religiosos para repartir reconocimientos, conviene revisar dónde termina la asistencia espiritual y comienza la propaganda. Si los problemas de seguridad pudieran resolverse con bendiciones, México habría clausurado sus cárceles hace siglos. Y cuidado: que nadie pretenda sustituir el debido proceso por el juicio final. No vaya a ser que, entre tantos policías celestiales, terminemos necesitando urgentemente una fiscalía terrenal.

@Nido_DeViboras

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