NIDO DE VÍBORAS

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Por KUKULKÁN

ARRANCÓ otra semana más de la temporada de campañas en Quintana Roo, y con ella, continúa el desfile habitual de galanas y galanes con promesas al estilo Hollywood: todo brillo, poca sustancia. Las candidatas y candidatos a presidentes municipales y diputados locales se lanzan a la conquista de los votos con el encanto de un novio en pleno cortejo. Vienen cargados, no de flores, sino de buenas intenciones y sacos repletos de promesas tan vastas como los costales de un vendedor ambulante en los tianguis del pueblo.

EL NOVIAZGO inicia con un ritual de seducción en la que cada candidata o candidato se muestra más amable que un vendedor en temporada alta. Sonrisas aquí, abrazos allá y una empatía desbordante que parece brotar espontáneamente ante las cámaras. Se mueven entre rancherías y colonias marginadas, esas que visitan sólo cada ciclo electoral, como si fuesen amantes a quienes sólo se recuerda cuando arde la pasión del momento electoral.

PERO, ¿y qué sucede una vez concluido el baile de máscaras? Al igual que en un romance de verano, una vez conquistado el corazón del electorado, el interés se esfuma. Los ardientes pretendientes se transforman en fríos burócratas que olvidan las caricias de promesas susurradas al oído de sus ahora desencantados amantes. Las oficinas cómodas reemplazan los polvorientos caminos de las comunidades que una vez juraron elevar.

ESTA tragicomedia romántica no sería tan amarga si no fuera porque el despecho lo sufren aquellos que realmente creyeron en las dulces palabras de cambio y progreso. Los habitantes de Quintana Roo merecen más que ser meros espectadores de un romance fugaz, protagonizado por quienes juran amor eterno sólo para abandonar al alba. ¿Acaso no es hora de exigir una relación más estable y duradera con quienes aspiran a liderarnos? Si la política fuera más parecida al compromiso que se espera en un matrimonio, quizás entonces las promesas de campaña no se desvanecerían con el amanecer postelectoral.

ASÍ, mientras los candidatos preparan su próxima ronda de coqueteos, promesas y eventual abandono, uno no puede más que preguntarse si algún día aprenderemos a no caer en las mismas seducciones de siempre. O si, quizás, en el próximo ciclo, los votantes optarán por no dejarse seducir tan fácilmente por los encantos de un romance que siempre parece destinado a acabar en desamor. Que no se nos olvide, después de todo, que estos romances de campaña tienen un costo muy real.

Y AL FINAL, los corazones rotos son los de una ciudadanía que, elección tras elección, espera ser amada de la misma forma ferviente en que se le corteja en el altar electoral. ¿Será posible que, algún día, este amor de campaña se convierta en una verdadera unión por el bien común? Quizás, sólo quizás, entonces el desencanto dé paso a una relación duradera. Pero, por ahora, parece que seguirán siendo los amantes abandonados de la política local.

EL CICLO de desamor político puede interrumpirse si los votantes, cual pretendientes escépticos, comienzan a demandar pruebas de amor genuinas antes de entregar su voto. En lugar de sucumbir al encanto superficial de las campañas, podríamos cuestionar a nuestras galanas o galanes políticos sobre cómo planean mantener vivas sus promesas. Deberíamos exigir un compromiso real, no sólo palabras al viento, y establecer mecanismos de rendición de cuentas para asegurar que el romance no se apague tan pronto como se consolide el matrimonio electoral. Es hora de cambiar la dinámica de esta relación y buscar una que esté basada en el respeto, la confianza y, sobre todo, en resultados concretos que transformen la vida de todos para mejor.

@Nido_DeViboras