NIDO DE VÍBORAS

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Por KUKULKÁN

EN EL HIPÓDROMO de la política mexicana, la clase media es el unicornio que todos los partidos quieren montar, pero pocos realmente comprenden. Estos ciudadanos, ni pobres ni ricos, se presentan como el comodín perfecto para decidir el futuro del país, si tan sólo pudieran ponerse de acuerdo en algo que no sea el aspirar a más. Con elecciones en el horizonte, tanto la izquierda como la derecha creen que tienen la llave del cambio social en sus manos. Pero, ¿de verdad es así?

SEGÚN el INEGI, pertenecer a la clase media en México es todo un acto de malabarismo financiero. Para calificar, se necesita un ingreso mensual mínimo de 22,927 pesos. No es sorprendente que estos individuos sean expertos en estirar el peso hasta límites insospechados, viviendo un estilo de vida “digno” que incluye vivienda propia y educación superior. La media de edad de los miembros de la clase media es de 35.9 años, muchos de ellos casados y con estudios superiores. Pero aquí viene la ironía: mientras luchan por subir, apenas pueden sostenerse en un peldaño resbaladizo.

PERO en esta clasificación hay gradualismos: la clase media alta, que representa el 14% de la población, se siente casi aristocrática con sus ingresos mensuales de 19,900 pesos y la clase media baja donde se ubica a los “Godínez”, esos trabajadores de oficina, técnicos y artesanos calificados que ganan en promedio 12,300 pesos al mes. Estos representan el 20% de la población, pero lo común de todos ellos es que viven en la constante ilusión de que, con un poco de suerte y mucho esfuerzo, algún día lograrán codearse con la élite.

LA REALIDAD es que su lucha no es sólo económica. La división dentro de la clase media es evidente en su comportamiento electoral. Unos se aferran a sus aspiraciones de ascender socialmente, a menudo apoyando políticas que favorecen a los ricos con la esperanza de que algún día les llegue el turno, mientras que otros, resignados, ven más realista apoyar políticas que ayuden a los de abajo, conscientes de que el fracaso en la subida es una posibilidad más tangible que el éxito.

LA DISTRIBUCIÓN geográfica también juega un papel crucial. Por citar algunos ejemplos, estados como Michoacán, Jalisco y Ciudad de México son bastiones de la clase media, con una mezcla de esperanza y resignación que refleja el paisaje político nacional. Aquí, las familias promedio tienen 3.1 integrantes, y en un 20% de los hogares, la cabeza de familia es mayor de 65 años. Curiosamente, un 47.3% de estas familias están casadas, y el 20.3% son solteros, lo que nos da un panorama de estabilidad y fragmentación a partes iguales.

EN EL JUEGO político, la clase media se encuentra en una paradoja. Son necesarios para el cambio, pero también son su propio obstáculo. Sus deseos de ascender los llevan a apoyar políticas que a menudo no benefician a su grupo, y su división interna los deja vulnerables a la manipulación por parte de las élites políticas. Con las elecciones acercándose, los partidos políticos hacen sus apuestas, pero la pregunta sigue siendo: ¿puede la clase media unirse en torno a un propósito común o seguirá siendo el eterno “quisiera pero no puedo”?

EN CONCLUSIÓN, la clase media mexicana es el motor de cambio atrapado en su propio ciclo de aspiraciones y realidades. Y mientras la lucha continúa, el país espera. ¿Será esta la elección en la que por fin den ese salto cuántico, o seguirán varados en el limbo de la medianía? Sólo el tiempo lo dirá, y mientras tanto, seguiremos observando con una mezcla de ironía y esperanza.

@Nido_DeViboras