Delfines, lucro y legislación: una industria que nada contra la ley

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  • Con 99 votos a favor, el Senado aprobó reformas a la Ley General de Vida Silvestre que buscan prohibir el uso de mamíferos marinos en espectáculos fijos e itinerantes.
FELIPE VILLA

CIUDAD DE MÉXICO.- En México, los delfines siguen saltando para turistas como si no existiera ley alguna que se les opusiera. Son decenas los delfinarios —entre 29 y 34 según distintas fuentes— que continúan operando sin mayores consecuencias, aunque desde 2017 la Ciudad de México prohíbe formalmente los espectáculos con estos mamíferos marinos y desde 2023 el Senado aprobó reformas que buscan erradicarlos a nivel nacional. El espectáculo no se detiene: sigue habiendo aplausos, sigue habiendo selfies, sigue habiendo millones de pesos.

La industria, dominada por un puñado de empresas como The Dolphin Company, Delphinus (Grupo Xcaret), Dolphinaris y Vallarta Adventures, representa un negocio que deja más de 100 millones de pesos anuales sólo en Quintana Roo a través del Impuesto sobre las Erogaciones por Participar en Actividades con Animales Acuáticos, el cual grava con 50 pesos a los turistas que asisten a estos espectáculos.

El costo promedio por nadar con un delfín ronda los 120 dólares por persona. Se estima que hay entre 240 y 300 delfines en cautiverio, la mayoría concentrados en el Caribe mexicano.

A pesar de los múltiples reportes de accidentes, enfermedades por estrés y muerte prematura en estos cetáceos, ninguna de estas empresas ha tenido que cerrar, ni se ha retirado una sola concesión por maltrato animal. Lo que sí hay es un cúmulo de historias donde los delfines son alimentados con pescados congelados que no cumplen requisitos nutricionales, viven en estanques de concreto sin corrientes marinas y son obligados a repetir rutinas agotadoras frente al público.

Empresarios como Eduardo Albor Villanueva, director general y socio principal de The Dolphin Company, se han consolidado como figuras poderosas en el turismo del sureste mexicano. Para lograr su propósito se ha aliado con poderosos empresarios hoteleros como Alejandro Zozaya (AMResorts) y José Chapur (Palace Resorts).

Por su parte, Delphinus se encuentra bajo el paraguas de Grupo Xcaret, encabezado por Miguel Quintana Pali y los hermanos Constandse Madrazo, mientras que Vallarta Adventures sigue bajo el control de Enrique Ricardo Farkas Kirschner. En todos los casos, el entretenimiento con delfines es solo una fracción de un emporio más amplio basado en la explotación turística.

Ahora, por fin, el Congreso de la Unión parece dispuesto a darle la vuelta a la página. Con 99 votos a favor, el Senado aprobó reformas a la Ley General de Vida Silvestre que buscan prohibir el uso de mamíferos marinos en espectáculos fijos e itinerantes, su reproducción en cautiverio y su confinamiento en tanques artificiales, permitiendo sólo su uso en fines científicos, educativos o de conservación.

La senadora Maki Ortiz Domínguez, presidenta de la Comisión de Medio Ambiente, subrayó que los animales en cautiverio hoy serán la última generación de cetáceos entrenados para entretenimiento. “Durante décadas se permitió que fueran el centro de un modelo recreativo que ya no es compatible con el bienestar animal”, dijo. La reforma aún debe regresar a la Cámara de Diputados, pero su avance ya ha generado expectativa.

Otros senadores fueron aún más explícitos. Jorge Carlos Ramírez Marín (PVEM) lo llamó “un acto de justicia”. Lizeth Sánchez García (PT) lo consideró “una forma de violencia normalizada”. Carolina Viggiano Austria (PRI) habló de una práctica “cuestionada por la ciencia, los activistas y la sociedad”.

Sin embargo, en tierra, las atracciones siguen vendiendo experiencias “únicas” y los turistas siguen haciendo fila para besar delfines. Los empresarios alegan que sus programas son educativos y promueven la conservación, pero las condiciones de los animales y los intereses financieros detrás dicen otra cosa.

La reforma legislativa representa un parteaguas: si se implementa con rigor, las empresas deberán retirarse de este modelo o adaptarse a prácticas que respeten la vida marina. Si no, todo quedará en letra muerta. Por ahora, los delfines siguen saltando… y la ley, mirando desde la orilla.

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