- La gestión de Romero Tellaeche estuvo marcada por la controversia desde su llegada en 2021, cuando su nombramiento fue impugnado por sectores del profesorado.
STAFF / LUCES DEL SIGLO
CIUDAD DE MÉXICO.- El Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) inició una nueva etapa institucional marcada por la incertidumbre y la expectativa, luego de que la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) destituyera a José Antonio Romero Tellaeche como director general y nombrara a la socióloga Lucero Ibarra Rojas como directora interina.
La decisión, anunciada por la titular de la Secihti, Rosaura Ruiz, busca abrir un proceso de reconstrucción en una de las instituciones académicas más relevantes del país, tras casi cuatro años de conflicto interno, desgaste académico y confrontación con amplios sectores de su comunidad.
Romero Tellaeche, sin embargo, rechazó la remoción. En un documento difundido públicamente, aseguró que continuará en funciones al considerar que no existe un procedimiento legal que sustente su separación anticipada del cargo. La postura ha sido interpretada por académicos como un acto de resistencia personal que prolonga la crisis institucional.
Para Alma Maldonado, especialista en investigación educativa, la negativa del economista a abandonar la dirección refleja una desconexión profunda con la comunidad del CIDE. A su juicio, la permanencia forzada de Romero Tellaeche no sólo carece de respaldo académico, sino que agrava el daño a la institución.
“Cuando una comunidad entera expresa su rechazo, insistir en quedarse es una señal de irresponsabilidad”, advirtió.
La reacción interna ha sido, en contraste, mayoritariamente favorable a su salida. Investigadores y exdirectivos han manifestado públicamente su respaldo al relevo. El académico Carlos A. Pérez Ricart celebró la destitución en redes sociales, calificándola como un punto de partida necesario tras “cuatro años críticos” y expresó su apoyo a Lucero Ibarra para encabezar un proceso de reconstrucción que, advirtió, será largo y complejo.
La gestión de Romero Tellaeche estuvo marcada por la controversia desde su llegada en 2021, cuando su nombramiento fue impugnado por sectores del profesorado que lo consideraron contrario a los estatutos del CIDE. A lo largo de su administración se acumularon señalamientos por decisiones unilaterales, debilitamiento de órganos colegiados, tensiones laborales y un clima de confrontación constante.
A ello se sumaron acusaciones de plagio académico —que derivaron en el retiro de un artículo suyo de la revista El Trimestre Económico— así como denuncias por violencia de género y acoso laboral. El saldo más visible fue la salida de más de 30 académicos, muchos de ellos con trayectorias consolidadas y reconocimiento internacional.
“La pérdida no fue sólo de personas, sino de prestigio y de redes académicas construidas durante décadas”, subrayó Maldonado. Recordó que el CIDE había sido históricamente un think tank influyente, vinculado al diseño de políticas públicas y a proyectos gubernamentales estratégicos, una vocación que —afirmó— fue estigmatizada desde el poder político al etiquetarla como “neoliberal”.
Hoy, añadió, el CIDE es analizado incluso en estudios académicos como un ejemplo de deterioro institucional en contextos de polarización política. La afectación, dijo, no se limita a la sede central: el campus de Aguascalientes también resultó impactado por contrataciones sin el perfil académico requerido, el debilitamiento de los mecanismos de decisión colegiada y la vulneración de derechos laborales.
En este contexto, el Sindicato de Personal Académico del CIDE (SipaCIDE) reconoció formalmente a Lucero Ibarra como directora general interina y anunció que canalizará toda comunicación laboral a través de ella, marcando un respaldo institucional clave para la transición.
El reto ahora será mayúsculo: reconstruir la confianza, revisar decisiones administrativas pasadas y recuperar el proyecto académico del CIDE. Mientras tanto, la institución permanece en un momento decisivo, atrapada entre un director que se niega a irse y una comunidad que exige, con urgencia, volver a hacer del conocimiento su eje central.


