- Pasaron 133 días y los alumnos del CCH Sur regresaron a clases, luego de que en septiembre del año pasado un alumno asesinó a su compañero.
STAFF / AR
CIUDAD DE MÉXICO.- Pasaron 133 días y los alumnos del CCH Sur regresaron a clases, luego de que en septiembre del año pasado un alumno asesinó a su compañero Jesús Hernández Chávez.
Daniela, quien cursaba el tercer semestre, recordó que las clases volvieron a ser por computadora, como cuando iba en sexto de primaria y primero de secundaria.
Ayer, contó, regresaron a clases presenciales con unos “vigilantes de acero” revolucionados en la entrada, para leerles hasta el alma, abrirles la puerta y “sólo si estábamos identificados dejarnos pasar”.
Frente al CCH había patrullas en cada esquina, 15 torniquetes con lectores biométricos en los accesos principales, 50 botones de pánico, 271 luminarias y 70 cámaras de seguridad. Los vendedores ambulantes se fueron.
Cuando iba en el camión de camino a la escuela pensó: “¿Y si vuelve y quiere matar a alguien más? ¿Y si soy yo?”.
Sin embargo, al ingresar al plantel, refirió, las pantallas de los “vigilantes de acero” escanearon su cara y las de 11 mil 400 alumnos más.
Ahí aparecieron todos sus datos, lo que a Jessie, otra de las alumnas, le pareció “medio rarito”, porque deja expuesta su información ante todos.
“Los torniquetes están padres, porque creo que se está regulando mucho la entrada y salida. Ya no hay vendedores ambulantes.
“Aunque creo que está raro, porque en los torniquetes se muestra tu cara, el semestre, y creo que si hablamos de algo de seguridad o algo así, está medio rarito”, dijo.
La reja principal del plantel y el parque de enfrente se convirtieron en lugar de reencuentro: abrazos, fotos en grupo, las risas. La vida.
Alex no piensa igual, él cree que de cualquier forma, el que mató a Jesús era un compañero más. “Lo que serviría es la revisión de mochilas”, planteó.
Por décadas, los alumnos en la UNAM habían evitado el control estudiantil. No había revisión de mochilas, ni filtros digitales, tampoco botones de pánico. Todos entraban y salían sin restricciones.
Daniela previó que en un año se les va a olvidar, pero que la seguridad se sentiría mejor si los alumnos y profesores ayudaran a crear un ambiente seguro.


