POR KUKULKAN
HUBO un tiempo —no muy lejano— en que dentro de Morena bastaba con una palabra mágica para resolver cualquier disputa interna: la encuesta. Era el instrumento democrático por excelencia del movimiento. El método infalible. El oráculo estadístico que decidía candidaturas y calmaba inconformidades. Si la encuesta hablaba, todos callaban. Al menos en teoría… porque con el paso de los años ocurrió lo que suele pasar con cualquier invento político exitoso: alguien descubrió cómo sacarle ventaja.
Y ASÍ, lo que comenzó como un método para resolver disputas internas terminó convirtiéndose en una herramienta para adelantarlas. Hoy abundan en Morena los aspirantes que no esperaron a que el partido levantara la encuesta oficial. Prefirieron fabricarse la suya propia. Encuestas difundidas en redes sociales. Encuestas pagadas en portales digitales. Encuestas ‘espontáneas’ que misteriosamente siempre los colocan en primer lugar. Todo con el mismo objetivo: posicionarse antes de que empiece la competencia formal.
EL RESULTADO es una curiosa carrera política donde varios aspirantes llevan meses compitiendo… en un proceso que oficialmente ni siquiera ha comenzado. La dirigencia del partido lo entendió finalmente durante la reciente sesión del Consejo Nacional encabezada por Luisa María Alcalde Luján y presidida por Alfonso Durazo Montaño. El diagnóstico fue incómodo pero inevitable: las encuestas dejaron de ser suficientes para contener las ambiciones internas. Y es que si algo aprendieron algunos cuadros del partido es que el truco no consiste en ganar la encuesta oficial… sino en llegar a ella con ventaja mediática. Ahí es donde comenzó el problema.
MUCHOS de los personajes que hoy ocupan cargos públicos dentro de Morena llegaron precisamente gracias a ese mecanismo. Eran populares, mediáticos o conocidos. Tenían fama pública y aparecían bien posicionados en los sondeos. El detalle es que varios de ellos ni siquiera estaban identificados con el origen del movimiento cuando se subieron al tren del obradorismo, aunque eso nunca fue un obstáculo serio. Bastó aprender el discurso, repetir las consignas y memorizar el catecismo político de la Cuarta Transformación para convertirse, de la noche a la mañana, en defensores fervientes del proyecto.
ALGO que hoy se refleja en la curiosa escena política donde ciertos aspirantes parecen competir no tanto por propuestas, sino por demostrar quién aplaude con más entusiasmo cada decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum. En redes sociales, tribunas legislativas o entrevistas televisivas, el aplausómetro funciona a todo vapor. Cada declaración presidencial merece un respaldo inmediato. Cada anuncio gubernamental provoca un coro de elogios. No se sabe si es convicción ideológica o simple cálculo político, pero muchos de esos aspirantes parecen convencidos de que aplaudir disciplinadamente ayuda a subir en las encuestas.
EL PROBLEMA es que esa estrategia terminó provocando exactamente lo que Morena quería evitar cuando inventó el método de las encuestas: una competencia adelantada y desordenada entre grupos internos. Aspirantes inflando su popularidad meses o incluso años antes del proceso interno. Legisladores federales utilizando su visibilidad pública para posicionarse territorialmente. Gobernadores o gobernadoras tratando de empujar a sus favoritos. Un escenario que comenzó a generar inconformidades dentro del partido.
POR ESO la dirigencia decidió cambiar el libreto. El Consejo Nacional aprobó nuevas reglas internas y, sobre todo, designó a cinco operadores políticos de peso —Ricardo Monreal Ávila, Adán Augusto López Hernández, Mario Delgado Carrillo, Sergio Salomón Céspedes Peregrina y Alejandro Peña— para coordinar la operación territorial del partido en las cinco circunscripciones electorales del país. La misión es clara: poner orden en la competencia interna rumbo a 2027. Eso incluye frenar campañas adelantadas, impedir el uso de recursos públicos y evitar que un solo grupo capture la operación electoral del partido.
PERO el mensaje más importante fue otro. Según la nueva línea partidista, las encuestas infladas que algunos aspirantes han difundido durante meses simplemente no cuentan. Ni los sondeos publicados en redes sociales. Ni los rankings patrocinados en medios digitales. Ni las mediciones hechas a modo. Todo ese ‘trabajo de posicionamiento’, dicen en Morena, no tendrá valor en el proceso interno. En otras palabras: los adelantados tendrán que volver a la línea de salida.
SE TRATA de una noticia incómoda para quienes ya se veían levantando la mano como candidatos favoritos gracias a la magia estadística. Está claro que en Morena la encuesta sigue siendo el método preferido para elegir candidatos… pero ahora el partido parece haber descubierto que el problema no era la encuesta. Era todo lo que algunos aspirantes estaban haciendo antes de que la encuesta real existiera. Así, mientras varios políticos siguen obsesionados con aparecer arriba en sondeos de dudosa procedencia, la dirigencia intenta rescatar el instrumento que durante años funcionó como árbitro interno. La pregunta es si todavía lo logrará. No olvidemos que en la política mexicana hay algo más poderoso que cualquier encuesta. La ambición de quienes creen que ya van ganando.


