POR KUKULKAN
HAY DISCULPAS que tardan unos días, otras que se dilatan semanas y algunas que requieren un poco más de reflexión. Pero la monarquía española acaba de demostrar que, cuando se trata de pedir perdón por los abusos cometidos durante la Conquista de América, el protocolo puede extenderse tranquilamente… unos quinientos años. Sí, quinientos. Y es que finalmente el rey Felipe VI reconoció que durante la conquista de América hubo ‘muchos abusos’ y ‘controversias éticas’. Una revelación que, hay que admitirlo, debió caer como una bomba en los círculos historiográficos… o al menos en los manuales de primaria que llevan siglos diciendo exactamente lo mismo.
LA NOVEDAD, en realidad, no es el contenido de la declaración, sino a la tozudez para admitirlo y pronunciarse. Sobre todo porque hubo alguien que ya lo había dicho con bastante claridad hace varios años: el entonces presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. En 2019, AMLO cometió el pecado diplomático de escribirle una carta al rey de España y al Vaticano proponiendo algo que en su cabeza parecía sensato: que ambas instituciones reconocieran públicamente los abusos cometidos durante la conquista y la colonia como gesto de reconciliación histórica rumbo a las conmemoraciones de 2021.
NADA demasiado revolucionario. Apenas una invitación a admitir que la llegada de Hernán Cortés no fue precisamente un programa de intercambio cultural. Pero en Madrid la reacción fue digna de una tragedia barroca. Primero vino el silencio real, que en diplomacia suele significar algo entre el desdén y el ‘esto ni lo vamos a contestar’. Luego apareció el gobierno español calificando la petición de ‘extemporánea’, como si el problema hubiera sido la agenda y no los cinco siglos de retraso. Después ocurrió el episodio más pintoresco de toda esta telenovela diplomática: la misteriosa filtración de la carta a la prensa española.
DE PRONTO, lo que debía ser correspondencia diplomática apareció publicado y diseccionado en los medios ibéricos. Los periódicos y tertulias se lanzaron con entusiasmo a ridiculizar la propuesta mexicana, tratando la carta como si fuera una ocurrencia tropical más del presidente mexicano. La prensa se dio vuelo. Columnistas, analistas y opinadores improvisados desfilaron explicando por qué España no debía disculparse por nada, por qué la conquista había sido casi una misión civilizadora y por qué López Obrador parecía no haber superado el siglo XVI.
AQUELLO parecía más un ejercicio de orgullo imperial tardío que un debate histórico serio. Desde México, AMLO respondió con su habitual mezcla de paciencia y obstinación. Dijo que la filtración había sido una falta de respeto diplomática y aclaró que el problema no era con el pueblo español, sino con la monarquía y el gobierno que se negaban siquiera a discutir el asunto. Durante años el tema quedó flotando como una nube incómoda en la relación bilateral. Hubo tensiones políticas, acusaciones cruzadas y hasta una ‘pausa’ diplomática entre ambos países. El rey, mientras tanto, mantuvo la prudente estrategia del silencio. Hasta ahora.
RESULTA que con el paso del tiempo —ese juez implacable que suele darle la razón a quien la tiene— el monarca español finalmente decidió reconocer lo que en 2019 parecía una herejía diplomática: que en la conquista hubo abusos. Muchos abusos. Y controversias éticas. Quién lo diría. La ironía es que esa admisión, presentada hoy como un ejercicio de reflexión histórica, suena sospechosamente parecida a lo que López Obrador había planteado en su famosa carta. Aquella que provocó tanta indignación en Madrid y tantas carcajadas en algunas redacciones españolas.
LA DIFERENCIA es que ahora la frase viene pronunciada desde un atril real. Y claro, cuando lo dice un rey, la historia parece adquirir una respetabilidad que no tenía cuando lo decía un presidente latinoamericano. Al final, la moraleja de este episodio diplomático es bastante sencilla: a veces la historia tarda siglos en ser reconocida, pero siempre termina alcanzando a quienes intentan ignorarla. Incluso a las monarquías. Y si para admitir lo evidente hubo que esperar medio milenio, al menos queda el consuelo de que la confesión finalmente llegó. Al final, resultó que el tiempo terminó haciendo algo muy incómodo: darle la razón a AMLO.


