POR KUKULKAN
RESULTA que Meryl Streep —sí, esa Meryl Streep, que no necesita presentaciones ni voceros— vino a México y dijo algo que en ciertos círculos políticos provocó más incomodidad que un dato duro en la Mañanera del Pueblo: que el país “ha dejado atrás a Estados Unidos” al tener una mujer presidenta, y que Claudia Sheinbaum representa un ejemplo para las nuevas generaciones. Nada extraordinario, pensaría cualquiera. Un reconocimiento simbólico, incluso predecible en tiempos donde el liderazgo femenino es tema global. Pero en el pequeño universo de la comentocracia de derecha mexicana, aquello cayó como herejía. ¿Cómo que una figura internacional, respetada y ajena a la grilla local, ve liderazgo donde ellos insisten en ver debilidad?
Y AHÍ ES donde comenzó el cortocircuito. Porque mientras desde ciertos micrófonos nacionales se repite —casi con disciplina litúrgica— que Sheinbaum es una presidenta ‘manipulable’, ‘sola’, ‘sin control’ y ‘rebasada por su propio movimiento’, desde fuera la narrativa es otra. Y no es un caso aislado. Hasta Donald Trump, por ejemplo, poco sospechoso de simpatizar con gobiernos de izquierda, ha elogiado su firmeza y descrito como una mujer “dura” y “maravillosa”. Curioso adjetivo para alguien que, según sus críticos locales, apenas logra sostener el timón.
O MIREMOS hacia el sur. Lula da Silva, Gabriel Boric, Gustavo Petro. Presidentes con estilos distintos, agendas propias y, aun así, coincidencias en algo básico: reconocer en Sheinbaum a una figura política relevante en la región. No como espectadora, sino como interlocutora. Y luego están los templos modernos de la validación global: TIME, Forbes, The New York Times. Esos mismos espacios que la oposición suele citar cuando conviene, pero que de pronto pierden credibilidad cuando incluyen a Sheinbaum entre las figuras influyentes o poderosas del mundo. Claro, ahí ya no es narrativa local: es percepción internacional. Entonces la pregunta es inevitable: ¿todos están equivocados… menos los opinadores de sobremesa?
RETATAR con insistencia a Sheinbaum como una presidenta débil empieza a parecer menos un análisis y más un acto de fe. Una especie de mantra necesario para sostener la idea de que la Cuarta Transformación está al borde del colapso, aunque lleve años ‘a punto’ de colapsar sin que ocurra. El argumento, por supuesto, es conocido: que si las corrientes internas, que si las tensiones, que si los grupos. Como si eso fuera evidencia de debilidad y no, simplemente, de política en estado puro. Si algo caracteriza a cualquier movimiento amplio —de izquierda, derecha o centro— es precisamente su diversidad interna. La diferencia es quién logra administrarla. Y ahí es donde el discurso opositor tropieza con la realidad.
A PESAR de las predicciones de fractura, el movimiento gobernante sigue mostrando una capacidad notable para alinearse en lo esencial. No por ausencia de diferencias, sino por la existencia de liderazgo. (Sí, incluso cuando no responde al molde que algunos quisieran). Desde luego que admitir eso implicaría desmontar una narrativa que ha sido útil durante años. Por eso se recurre a la caricatura: la presidenta que no manda, que no decide, que está aislada. Una figura casi decorativa en un sistema que, paradójicamente, sigue funcionando bajo su conducción.
ESTA visión es el equivalente político a taparse los ojos y declarar que no hay luz. Mientras tanto, allá afuera, el mundo observa otra cosa. Ve a una jefa de Estado que dialoga, que negocia, que incomoda cuando tiene que incomodar. Que no grita, pero gobierna. Que no encaja en el estereotipo del líder tradicional, pero que —para desconcierto de algunos— ejerce el poder.
TAL VEZ, ese sea el verdadero problema. Que no es la presidenta débil que esperaban, ni la figura fácilmente desestimable que algunos necesitan para sostener su discurso. Es, más bien, una líder que obliga a replantear diagnósticos. Y eso, en ciertos sectores, resulta más incómodo que cualquier declaración de Meryl Streep. Al final, la ironía es inevitable: mientras en México se esfuerzan por explicar por qué Sheinbaum no lidera, el mundo parece bastante ocupado reconociendo que sí lo hace. Pero bueno, siempre será más sencillo descalificar a Meryl Streep… que aceptar la evidencia.



