- Entre la promesa y la realidad: anunciada como el detonante de la prosperidad de los mayas, la apertura de la Puerta al Mar es otra estrategia colonizadora del mercado turístico que ha excluido y excluye a las comunidades indígenas.
AGUSTÍN AMBRIZ
CARRILLO PUERTO, Q. ROO.- La tan esperada apertura de la llamada ‘Puerta al Mar’ para los mayas de Felipe Carrillo Puerto representa, sin duda, la conquista de una vieja demanda de las comunidades indígenas del centro de Quintana Roo, que durante décadas fue una aspiración persistente en una región que, pese a contar con uno de los litorales más extensos del estado, permanecía aislada del Caribe. Hoy, ese anhelo comienza a materializarse en un camino de 55 kilómetros que conecta la cabecera municipal con Vigía Chico, el histórico puerto que durante mucho tiempo fue centro de distribución de productos comerciales.
Sin embargo, el proyecto cuya inversión ronda los 600 millones de pesos, ha generado más expectativas que resultados concretos, y para muchos habitantes se perfila ya como un espejismo de desarrollo ya que carece hasta ahora de una fecha clara de apertura, no tiene definido un modelo operativo y tampoco cuenta con infraestructura turística en el destino final. Estas condiciones han encendido las dudas sobre su viabilidad real y, sobre todo, sobre su capacidad para detonar la economía de una región marcada por la pobreza y el rezago.
Para entender la dimensión de esta obra, hay que mirar su raíz histórica. “Nosotros antiguamente lo conocemos como la salida a Vigía Chico”, recuerda el escritor maya Alfaro Yam Canul, al evocar el pasado de este sitio que en su momento funcionó como puerto de intercambio comercial.
No obstante, más allá del acceso físico, Alfaro insiste en que la lucha no ha terminado. “Pienso yo que todavía falta mucho más, pero cuando menos estamos viendo, digamos, el resultado de una lucha de muchos años”, afirma, al tiempo que subraya que el verdadero objetivo va más allá de abrir un camino: “no solamente queremos el acceso al mar. Queremos nosotros la administración, el usufructo de nuestra reserva”.
Desde su perspectiva, la Puerta al Mar es apenas el primer paso de una batalla más amplia por el control del territorio. “Entonces, nosotros vemos que esta lucha es inconclusa”, advierte, al señalar que el acceso por sí solo no garantizará el desarrollo económico prometido. Su postura refleja una corriente dentro de las comunidades mayas que no sólo exige infraestructura, sino también participación directa en la administración de los recursos naturales.

En el ámbito institucional, la visión es más optimista, aunque no exenta de incertidumbre. El síndico municipal Mario Aguilar reconoce el potencial del proyecto como detonante turístico. “Ese camino de acceso al mar tan añorado representa una atracción turística que puede llegar a captar mayor turismo en lo que es Carrillo Puerto”, señala.
Aunque por otro lado lamenta que el proceso haya sido accidentado: “desafortunadamente han habido factores, principalmente ejidales, que han frenado la inauguración del proyecto”. A ello se suman conflictos de intereses y cambios en la dinámica política que han retrasado su consolidación. “Esperamos mucho”, insiste, aunque reconoce que “no se ha concluido al cien por ciento como inicialmente se había pronosticado”.
Una de las claves del proyecto es el convenio establecido entre el ejido de Felipe Carrillo Puerto y el gobierno federal. De acuerdo con el comisario ejidal Demetrio Chan Beh, los primeros 22 kilómetros del camino se encuentran en territorio ejidal, mientras que los restantes 33 kilómetros atraviesan la Reserva de la Biósfera de Sian Ka’an. “El ejido nunca pidió el proyecto de construcción, simplemente el gobierno federal decidió hacerlo”, explica, al detallar que se firmó un acuerdo para que toda la infraestructura construida en terrenos ejidales pase a ser propiedad del ejido una vez concluida la obra.
Sin embargo, esta aparente ventaja se convierte también en una carga. “¿Por qué? Porque va a ser mucho gasto, millones de gastos se haría allí y el ejido no lo puede solventar”, reconoce Demetrio al referirse al Centro de Transferencia, el punto donde los visitantes deberán dejar sus vehículos para continuar el recorrido en transporte especial.
La falta de recursos y las restricciones de uso de suelo dentro de la reserva generan un escenario complejo que él mismo define como un “círculo vicioso” entre el ejido y el gobierno.

Más allá de los acuerdos institucionales, el proyecto enfrenta un reto estructural: la desconexión entre la lógica del turismo de mercado y la realidad de las comunidades mayas. Basilio Velázquez Chi, promotor cultural, advierte que durante años se ha intentado imponer un modelo económico que no corresponde con las dinámicas locales. “Se ha insistido mucho en crear bajo un esquema de producción masiva para responder al mercado, pero han sido años de que realmente el funcionamiento de las comunidades no ha sido de esa manera”, explica. En su opinión, el éxito del proyecto dependerá de la capacidad de integrar a las comunidades bajo esquemas que respeten su organización social y económica. “Tendríamos que pensar más en finanzas comunitarias”, propone, como alternativa a los modelos tradicionales de desarrollo turístico.
Desde el ámbito cultural, la crítica es más contundente. El artista plástico Marcelo Jiménez Santos considera que la Puerta al Mar forma parte de una larga lista de proyectos que han excluido a las comunidades indígenas. “En mi muy particular punto de vista, la Puerta al Mar es un proyecto más… que queda fuera del alcance en sí de la comunidad”, afirma. Para él, el problema radica en una visión estructural que no toma en cuenta la pertinencia cultural. “Es una visión colonialista la que se está implementando”, sostiene, al señalar que las comunidades son utilizadas como imagen, pero no como protagonistas del desarrollo.
En contraste, existen también voces que ven en el proyecto una oportunidad, aunque condicionada a una correcta integración de las comunidades. Amanda Beatriz Taj Arana, artesana y presidenta de la cooperativa Lolpich, destaca el esfuerzo de las comunidades por adaptarse al turismo. “Nos dimos a la tarea de aprender, capacitarnos también como cooperativa… y armamos nuestros paquetes de experiencias”, explica, al describir cómo han desarrollado modelos de turismo comunitario basados en la cultura, la milpa y la identidad local. Sin embargo, advierte que el éxito no es automático y que requiere planeación y conocimiento. “Ahí lo importante… es el trabajo mutuo entre comunidades y gobierno”, señala, al proponer incluso la realización de consultas públicas para definir el rumbo del proyecto.

A pesar de estas iniciativas, la realidad es que para la mayoría de los habitantes de la zona maya, la Puerta al Mar sigue siendo un concepto lejano. Muchos ni siquiera están enterados de los alcances del proyecto, mientras que otros lo ven como una oportunidad que difícilmente se traducirá en beneficios inmediatos. La distancia, los costos aún indefinidos del transporte y el acceso, así como la falta de atractivos turísticos desarrollados en Vigía Chico, refuerzan la percepción de que el proyecto no logrará atraer el flujo de visitantes necesario para sostener una economía turística.
Así, la Puerta al Mar se mueve entre dos narrativas: por un lado, la de una conquista histórica que finalmente abre el camino al mar para las comunidades mayas; por el otro, la de un proyecto que no logra aterrizar en oportunidades reales para quienes deberían beneficiarse de él. Entre la promesa y la realidad, el horizonte se mantiene incierto.
En la capital maya de Quintana Roo, la apertura del camino está casi lista. Lo que no está claro es si al final de ese recorrido habrá un verdadero destino económico para sus habitantes o simplemente un acceso más a una ilusión que, como muchas otras en la historia del desarrollo turístico del estado, podría quedarse lejos del alcance de quienes viven en la región.



