Wall Street y el festín de la sangre

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José Réyez

No es la locura de un presidente, ni el arrebato de un dictador. No es la personalidad desquiciada de un mandatario ni la aparente “mano dura” de un gobernante.

La guerra, esa bestia que devora pueblos y convierte ciudades en escombros, tiene un rostro frío y calculador que rara vez aparece en las portadas de los diarios.

Ese rostro no tiene ideología partidista; no se tiñe de azul ni de rojo. Ese rostro es el del capital en su máxima expresión: el imperialismo financiero que, desde las torres de Wall Street, teje las guerras y cosecha sus frutos ensangrentados.

Mientras se debate en los foros internacionales sobre altos al fuego y acuerdos de paz, el verdadero motor de los conflictos sigue su curso en los mercados financieros.

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El caso de la masacre en Palestina, el genocidio en Gaza, es una ilustración perfecta, descarnada, de esta realidad. Detrás de los misiles que arrasan hospitales y escuelas, detrás de los muros que aprisionan a un pueblo entero, existe una red de corporaciones que financian, logísticamente, el exterminio.

El fondo de inversión BlackRock, el más grande del mundo, con una cartera de 14 billones de dólares, es un actor protagónico en esta tragedia.

Su director ejecutivo, Larry Fink, es considerado el “arquitecto del capitalismo global”. Y su arquitectura está cimentada sobre los escombros de Gaza.

Investigaciones del Centro Delàs de Estudios por la Paz señalan a BlackRock como el principal inversor institucional en la industria armamentística sionista.

Las cifras son escalofriantes. No son ideología, son hechos.

Empresas como Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman o Boeing, cuyos misiles y bombas han devastado la Franja, tienen a BlackRock como su accionista principal.

No se trata de una conexión casual; es un vínculo orgánico, estructural. El informe de la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, añade que BlackRock está entre las al menos 400 empresas de 36 países que han invertido en bonos para financiar la ofensiva. Estamos hablando de más de 30 mil millones de dólares que alimentan la maquinaria de muerte.

El dinero, como decía Marx citando al emperador Vespasiano, no huele (pecunia non olet). Pero en este caso, el hedor a sangre, a pólvora y a luto es insoportable.

Pero la complicidad no se limita a la fabricación de bombas. Otra de las beneficiadas es Palantir, la empresa de Peter Thiel. Esta compañía almacena millones de datos personales para gobiernos y agencias de seguridad, permitiendo seleccionar objetivos militares mediante perfilamiento.

BlackRock es su segundo mayor inversor. Es decir, el mismo fondo que financia las armas, financia también la tecnología que elige dónde caerán.

El ejército israelí y las fuerzas estadounidenses en la guerra de Irán se han servido de esta tecnología para violar sistemáticamente los derechos humanos. No es un error de cálculo, es un sistema diseñado para optimizar la muerte.

Desde la invasión rusa de Ucrania, la industria armamentística ha visto multiplicarse por seis el valor de sus acciones. La guerra es un mercado alcista. La paz, en cambio, es una recesión para estos gigantes.

Mientras los titulares nos hablan de “conflictos geopolíticos” y de “tensiones internacionales”, la verdad esencial es que el imperialismo necesita la guerra para sobrevivir.

La guerra legitima el gasto militar, dispara la demanda de armas, justifica la injerencia en recursos estratégicos y desvía la atención de las crisis internas. Sin guerras, el sistema colapsa.

Por eso, la explicación psicológica o personalista de los conflictos es no sólo ingenua, sino peligrosa. Nos distrae. Nos hace creer que, si “ese” presidente se va, la paz llegará. Es un espejismo. Los presidentes son pasajeros; el capital, en su lógica despiadada, es perpetuo. Son meros instrumentos, títeres de una fuerza que los trasciende y los controla.

La verdadera guerra no se libra en los campos de batalla, sino en las juntas directivas de las corporaciones y en los parqués de las bolsas de valores.

La conclusión, por dura que sea, es inexorable. Mientras exista el capitalismo imperialista, existirán las guerras. No son un accidente, ni un desvío, ni un exceso. Son su esencia. Son la forma más brutal de acumulación.

Acabar con las guerras no es cuestión de cambiar de gobernante, de firmar un tratado o de hacer un llamado a la conciencia. Es una cuestión de cambiar el sistema.

Buscar la paz dentro de las reglas del capitalismo es perseguir una quimera. Es pretender que el lobo deje de devorar corderos voluntariamente. El gran capital se amasa con sangre, y mientras su lógica prevalezca, el mundo seguirá ardiendo.

La única vía para desarticular esta maquinaria de muerte es el socialismo, un sistema que ponga las necesidades humanas por encima de las ganancias, donde la vida no sea un costo de producción, sino el fin último de la organización social.

Hasta que eso no suceda, no habrá paz verdadera. Habrá, eso sí, una interminable lista de víctimas y un puñado de millonarios celebrando en sus oficinas de cristal el mejor de los negocios.

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