Fuerzas Armadas: tristeza

Fecha:

  • (En memoria de Claudia Tacoronte, jovencita de 21 años que vino a estudiar al México cruel)

Elmer Ancona Dorantes

Siempre le he tenido un profundo respeto a las Fuerzas Armadas que integran en su conjunto al Ejército Mexicano, la Fuerza Aérea, la Guardia Nacional y la Armada de México.

Desde pequeño no me perdía los desfiles militares, me gustaba ver la gallardía con la que marchaban los cadetes del Heroico Colegio Militar, los cadetes de la Heroica Escuela Naval Militar. Despertaban en mí un sentimiento de honor y lealtad.

Disfrutaba ver desfilar por las grandes avenidas de la Ciudad de México a todos los jóvenes y adultos, hombres y mujeres que integran las diferentes escuelas e instituciones militares y navales ¡Eran mis héroes, carajo!

En mis tiempos de juventud, me gustaba convivir con todos esos chavales que formaban parte de esas instituciones de educación militar; en las fiestas se divertían a lo grande, como si hubiesen salido de una selva para incorporarse a un mundo muy diferentes al suyo. Desde temprana edad los formaban con temple de acero.

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Pero todo cambió. Como mexicanos nunca me he sentido más triste y humillado que ahora, y para ser específico, desde el 2018 en que entró al poder la llamada Cuarta Transformación.

Ahí comencé a ver a unas Fuerzas Armadas doblegadas al poder político, sumisas al dominio de los ‘civiles’. Los militares siempre marcaron la diferencia porque se sentían profundamente orgullosos de portar el uniforme, a diferencia de nosotros. Hoy no es así.

Como periodistas, siempre supimos que dentro de las Fuerzas Armadas había negocios “a modo” que beneficiaban a los altos mandos. Nunca fue un secreto para nadie.

Hacían y deshacían el presupuesto a su antojo porque no eran fiscalizados, al menos no tan rigurosamente como otras secretarías de Estado. Pero ni a eso se le daba tanta importancia. Todo se les justificaba por lo que representaban para México.

Pero con la llamada Cuarta Transformación todo se trastocó. Hoy, en el campo de las percepciones, los mexicanos sienten que algo anda mal, muy mal, en los cuerpos castrenses. Algo huele a podrido. Se descompuso el cuerpo.

En las dos administraciones federales de Morena – la de López Obrador y la de Sheinbaum Pardo-, la cloaca se destapó al interior de esas históricas instituciones. Como diría el cantante Emanuel: Todo se derrumbó dentro de mí.

El caso del llamado huachicol fiscal vino a ventilar muchos de esos negocios que se armaron desde las aduanas del país administradas, nada más y nada menos, que por la Secretaría de Marina (Semar).

Miles de millones de pesos (600 mil millones, para ser más precisos) fueron desviados de las arcas nacionales para acabar en los bolsillos de unos cuantos políticos, empresarios y mandos navales.

La red de corrupción es tan grande, tan espantosa, que terminaron asesinando y encarcelando a contraalmirantes y vicealmirantes. El ex secretario de la Marina, el almirante Rafael Durán, sigue “desaparecido”. No lo pueden localizar para que declare.

Y de la Guardia Nacional ni qué decir. Son innumerables las acusaciones que los ciudadanos hacen contra los elementos de esta agrupación bajo el mando de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena). Basta hacer un rastreo digital –hemerográfico- para ver todas las denuncias en su contra.

Pero en esta columna periodística no se trata de escribir y relatar todos los cochupos, todas las transas, todas las atrocidades que se han cometido desde las instituciones militares y navales en los tiempos modernos. Ese no es el objetivo.

Tampoco quiero reflejar lo humillante y decepcionante que es para todos los mexicanos ver las actividades públicas de corrupción, de inercia, de pasividad, de sumisión en las que han caído decenas de militares sin que los altos mandos hagan algo para detenerlo. Sus razones tendrán.

En estas Fiestas Patrias, simplemente quiero plantear que, al menos en lo personal, me siento profundamente triste de ver a unas Fuerzas Armadas sometidas, disminuidas, vapuleadas, doblegadas por los grupos políticos que arribaron al poder.

¿Dónde quedó su dignidad, su lealtad a las instituciones, su amor a México y a la República, al pueblo, y no a un “comandante” o “comandanta” desquiciados que jamás han honrado ni honrarán el uniforme de las Fuerzas Armadas ni respetarán su historia?

En una charla de periodistas se llegó a plantear que sería mejor cerrar definitivamente los colegios militares y navales porque ya no están formando hombres y mujeres de alta honra, dispuestos a dar la vida por la Patria, como si lo están haciendo miles y miles de “civiles”.

¿Para qué los queremos? ¿qué nos aportan si también forman parte de estos grupúsculos de poder?, ¿para qué nos cobijamos y resguardamos en mandos militares y navales altamente débiles, sumisos y corruptos?

Me duele al alma decirlo, pero si no pueden cumplir con su responsabilidad que cuelguen el uniforme y cierren las puertas de sus instituciones. Sus discursos ya no enaltecen, ya no conmueven… ya no convencen. Las estrellas y las barras colgadas en sus uniformes ya no dicen nada.

El amor a la Patria no se escribe con simples narrativas demagógicas ¿Dónde quedó eso de que “La Patria es Primero”? ¿Primero es México o primero es la Cuarta Transformación? Que se definan. Militares a medias no los queremos ni los necesitamos.

Es hora de que los altos mandos militares y navales se sienten replantear su vida interna, lejos de las presiones de los políticos en deshonra y, por supuesto, de los grupos criminales. O dan su vida por la Patria o mejor que se suspendan los desfiles militares.

Mientras tanto, como mexicanos viviremos nuestra tristeza en estas Fiestas Patrias en las que no hay mucho que celebrar ni festejar, sobre todo en estos tiempos en los que miles y miles de jóvenes y jovencitas -como Claudia Tacoronte- pierden la vida en manos de los delincuentes solitarios y los grupos criminales solapados por los políticos en el poder.

@elmerando

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