Rodolfo ‘El Negro’ Montes
Trump apunta. El dedo es largo y la intención, oscura. En Washington se barajan nombres como si fueran cartas de una baraja marcada. El presidente de Estados Unidos tiene una lista. En ella, México aparece como un mapa de manchas negras.
Rubén Rocha Moya en Sinaloa. Américo Villarreal en Tamaulipas. Dos estados, dos gobernadores, un mismo estigma: la sospecha del pacto con las estructuras criminales. El norte arde y ellos, dicen, miran desde el palco. Trump los quiere en el banquillo. No es justicia, es política. Pero el lodo llega hasta el cuello.
En el Senado el aire se enrarece. Adán Augusto López pierde el paso. Su fuerza se diluye entre escándalos que no encuentran sosiego. El poder es un cristal que se rompe con el roce de una “Barredora”. De la coordinación al silencio hay un solo golpe de realidad.
La tragedia toca a la puerta de la educación. Mario Delgado carga con el luto y el estigma. En Colima, el plomo arrebató vidas cercanas. ¿Ajuste de cuentas? ¿Mensaje siciliano? La duda es un veneno que corre por las venas de la SEP. La política mexicana huele a pólvora y a funeral.
El horizonte es el 2027. Elecciones intermedias. La antesala del cadalso. Los candidatos ya no solo temen a las urnas; temen a la ejecución. El pasado es prólogo: cuerpos que caen antes de que abran las casillas. El crimen organizado ya tiene su propio padrón electoral.
Pero Trump no da paso sin huella. El escándalo de Jeffrey Epstein le muerde los talones. La lista de la isla de los horrores es su verdadera pesadilla. ¿Qué mejor manera de tapar un pantano propio en su patio que incendiando uno ajeno? Los “narcopolíticos” mexicanos son el distractor perfecto.
México es la cortina de humo. Trump señala hacia el sur para que nadie mire hacia su pasado. El horror de las menores se oculta tras el horror del fentanilo. Dos infiernos que se tocan.
El poder en México calla. El poder en Estados Unidos grita. Entre ambos, la verdad es una víctima más. No hay redención posible cuando el verdugo también es el reo. Y bajo ese escenario, el mapa electoral de 2027 se perfila como un tablero de alta tensión, donde la renovación de 15 gubernaturas (y posiblemente hasta 17, dependiendo de ajustes en Aguascalientes y Quintana Roo) coincidirá con una vigilancia extrema desde el exterior y una inercia de violencia criminal que busca el control territorial.
La amenaza de Trump de señalar a “narcopolíticos” puede generar una reacción violenta dentro de las estructuras de poder mexicanas. Un político señalado por EE. UU. se vuelve “prescindible” o “peligroso” para sus aliados criminales, lo que podría derivar en ejecuciones para “silenciar” testigos.
Mientras en Washington se agita el caso Epstein, México será el villano favorito. Las ejecuciones de candidatos en 2027 podrían ser presentadas por la narrativa de Trump como la prueba de que México es un “Estado fallido” que requiere intervención, justificando medidas arancelarias o militares. Y para ello ya cuenta con la posición de un político deslenguado como Alejandro Moreno, el líder de un priismo venido a menos.


