POR KUKULKAN
HAY UNA FRASE que se repite como maldición caribeña en tiempos aciagos de la derecha mexicana: cada vez que alguien da por muerto a Andrés Manuel López Obrador, el tabasqueño reaparece respirando más fuerte que antes. La más reciente resurrección ocurrió en el terreno favorito de la fauna digital: las redes sociales. Un rumor, de esos que brotan como hongos en temporada de tormentas, comenzó a circular con velocidad de epidemia: que el ex presidente había sufrido un infarto y que estaba hospitalizado en el Hospital Central Militar.
LA NOTICIA se movió con la lógica de las fake news: primero el susurro, luego la alarma, después la cascada de mensajes con tono de ‘me dicen que’, ‘fuentes cercanas aseguran’ y ‘dicen que ya está confirmado’. Pero lo único confirmado fue lo de siempre: que la imaginación política mexicana tiene mejor salud que los rumores que fabrica. No es la primera vez que ocurre. Desde hace años, cada ausencia pública del tabasqueño activa la misma coreografía: alguien dice que está enfermo, otro asegura que está grave y un tercero ya redacta el obituario político.
EL PROBLEMA es que la historia demuestra que López Obrador tiene una relación peculiar con la muerte política: le gusta desmentirla. De hecho, la única vez que él mismo pidió que lo ‘dieran por muerto’ fue en otro contexto muy distinto: la batalla por la Presidencia que durante años se le negó. Corría la larga travesía después de las elecciones de 2006 y 2012, esas contiendas que el lopezobradorismo recuerda como fraudes monumentales y que sus adversarios describen como derrotas perfectamente legales.
EN CUALQUIER caso, para el tabasqueño fueron dos aspiraciones presidenciales frustradas y un largo periodo de resistencia política. Fue entonces cuando pronunció una frase que hoy suena casi profética: que si querían, lo dieran por muerto políticamente. Muchos lo hicieron con entusiasmo. Durante años, en columnas, mesas de análisis y sobremesas políticas se repitió el diagnóstico: López Obrador estaba acabado y se dedicaron a futurizar … que si su movimiento era marginal, que si su discurso estaba agotado, que si la izquierda mexicana nunca volvería a acercarse al poder.
LA REALIDAD fue que ese supuesto cadáver político recorría el país pueblo por pueblo, plaza por plaza, acumulando algo más poderoso que los análisis de café: votos potenciales. Así llegó 2018, el año en que el “difunto” decidió levantarse del ataúd electoral y caminar directo a Palacio Nacional. La victoria fue contundente. No sólo ganó la presidencia; arrasó con más de 30 millones de votos, la cifra más alta que había recibido un candidato presidencial en la historia moderna del país.
DE PRONTO, todos los certificados de defunción política quedaron archivados en el cajón de los pronósticos fallidos. Desde entonces, cada cierto tiempo vuelve la tentación de enterrarlo otra vez, aunque ahora el método preferido es la medicina imaginaria: que si está grave, que si lo hospitalizaron, que si esta vez sí es verdad. La ironía es que la historia reciente demuestra lo contrario: el único infarto que realmente ha sufrido López Obrador fue en 2013, cuando todavía era líder opositor y no presidente. Lo demás ha sido una mezcla de rumores, especulación y ansiedad política. Algo comprensible, por cierto.
EN MÉXICO, la salud de los presidentes —y de los ex presidentes— siempre ha sido asunto de Estado, misterio de gabinete y deporte favorito de la rumorología nacional. Pero con López Obrador ocurre algo adicional: su figura provoca una especie de síndrome de resurrección permanente. Cada vez que alguien anuncia su final político, aparece un capítulo nuevo. Por eso la escena de esta semana tiene algo de déjà vu: rumores de infarto, desmentidos oficiales y un ejército de comentaristas tratando de descifrar si el tabasqueño sigue moviendo los hilos de la política nacional desde su retiro.
QUIZÁ la lección sea más simple. En política, como en las viejas películas del oeste, el personaje más peligroso no es el que dispara primero, sino el que sobrevive a todos los funerales anticipados. Y en ese arte —el de sobrevivir a sus propios obituarios— López Obrador lleva dos décadas demostrando que tiene una salud política bastante envidiable. Al menos hasta ahora.


