- El capitán se conoce en la tormenta
Dr. Francisco Leannec González Silva
Un vórtice es un flujo turbulento de un fluido, ya sea aire o agua, que gira en forma de espiral, como un remolino. Se caracteriza por tener un centro y una rotación cerrada, y constituye un concepto clave en la mecánica de fluidos.
Por ejemplo, un barco al hundirse puede generar un remolino, denominado vórtice, debido a que el agua desplazada por la masa de la embarcación debe llenar rápidamente el espacio vacío. Esto genera una succión que atrae el agua hacia abajo y forma una espiral, especialmente si el hundimiento es rápido o si se trata de una embarcación grande. No obstante, no se trata de los remolinos gigantes que suelen verse en las películas, sino de una turbulencia localizada y temporal.
Algo similar ocurre en política. Toda administración gubernamental, cuando se aproxima a su fin, sufre el hundimiento del proyecto que fue electo para gobernar durante tres o seis años, según corresponda. El navío se resiente dependiendo de la magnitud de los daños, como sucede actualmente en nuestro estado.
El Ejecutivo estatal se hundirá como el Titanic —como en la foto que él y su esposa se tomaron en los vagones del monorriel—, ya que, además de sus desatinos en la navegación, va sin botes salvavidas. En su vórtice arrastrará todo aquello que se denomine MC y nueva política: alcaldes, diputados locales y federales. Arrasará con todo para que otro grupo político ocupe el espacio que hoy detenta.
Sólo falta que el gobernador Samuel salga con la expresión histórica de que él únicamente es responsable del timón y no de la tormenta. Eso querría decir que solamente estaba preparado para navegar en puerto, no en altamar. Quedará como capitán diésel. Con este ya serán tres los sexenios desperdiciados en Nuevo León. Qué pena, independientemente del PRISMA con el que se vea.
Epílogo
Sócrates, en la antigua Grecia, sostenía firmemente que los gobernantes debían poseer un conocimiento profundo y ser personas de gran cultura. Basaba su razonamiento en la premisa de que la buena gobernanza no es un asunto trivial que cualquiera pueda desempeñar, sino un arte o una ciencia especializada que requiere una formación rigurosa. Siempre comparaba dicho arte con la medicina o la navegación.
Así como no se confía la salud a un panadero ni un barco a un zapatero, mucho menos debería confiarse el destino de un estado o de una ciudad a personas sin el conocimiento y la virtud necesarios. He ahí la razón del desorden en la movilidad que asfixia a toda el área metropolitana de Monterrey.
De hecho, el fallecido político Mauricio Fernández exponía este mismo tema en una de sus múltiples entrevistas.
Peor que un ignorante es aquel que cree que sí sabe, como algunos alcaldes que incluso reconocen haber sido malos estudiantes, pero que, según ellos, resultaron buenos para trabajar. Presumen niveles muy altos de aceptación, aunque no sepan resolver una simple regla de tres. Qué ingenuidad, por no llamarles de otra forma. A este tipo de individuos se les denomina tontejos con iniciativa.


