El narco ya tiene turismo funerario

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POR KUKULKAN

LA AGENDA turística en Jalisco ya no sólo presume tequila, mariachi y tortas ahogadas. Ahora también ofrece recorridos espirituales al altar de la narcocultura, con parada obligada en la tumba de Rubén Oseguera Cervantes, “El Mencho”, convertida ya en una especie de santuario VIP para curiosos, fanáticos y oportunistas del morbo nacional. Porque sí, mientras miles de familias mexicanas siguen buscando desaparecidos, enterrando víctimas de la violencia o sobreviviendo al cobro de piso, hay quienes hacen fila para tomarse la selfie del recuerdo frente a la tumba de uno de los criminales más sanguinarios del país. Como si se tratara de la estrella de rock del momento o del político en campaña que promete abrazos mientras el país acumula balazos.

LO MÁS fascinante no es el desfile de flores ostentosas, coronas con San Judas y dedicatorias de “Meño y su gente”. Lo verdaderamente digno de estudio psiquiátrico colectivo es la naturalidad con la que México terminó convirtiendo a un capo en celebridad pop. Ya no basta con los narcocorridos, las series, las camisetas o los TikToks editados con música épica. Ahora también existe el necroturismo criminal: jóvenes viajando desde otros estados exclusivamente para conocer “la tumba del patrón”. Casi como visitar la casa de Frida Kahlo, la tumba de Pedro Infante o el mausoleo de José José

PERO NO. Aquí el homenajeado construyó su legado sobre fosas clandestinas, extorsión, tráfico de drogas y una estela interminable de sangre. Y mientras eso ocurre, las autoridades estatales observan el fenómeno con una mezcla de resignación burocrática y comentarios del administrador del museo. El propio secretario de Seguridad de Jalisco prácticamente salió a informar que, por fortuna, los visitantes todavía no llegan armados. Qué alivio nacional. 

EL PROBLEMA no es glorificar a un líder criminal; el problema sería que estacionaran las camionetas con torretas. “Hay mucho morbo”, justifican oficialmente. Como si el asunto fuera una exposición temporal de arte contemporáneo y no el síntoma de una sociedad profundamente enferma que lleva años confundiendo poder criminal con éxito aspiracional. Y es que el narcotraficante mexicano moderno ya no es retratado como delincuente. Se le vende como empresario audaz, estratega, benefactor comunitario y hasta símbolo aspiracional para jóvenes sin oportunidades. El crimen organizado entendió hace tiempo algo que muchos gobiernos jamás comprendieron: el verdadero poder no sólo se ejerce con armas, sino con narrativa.

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Y VAYA que la narrativa les ha funcionado. Mientras un maestro rural muere sin pensión digna y un médico del sector público batalla para pagar renta, los capos reciben mausoleos llenos de flores exóticas, música de banda y peregrinaciones juveniles. La fama criminal se volvió más rentable que la honestidad. Más vistosa. Más viral. Las imágenes del cementerio parecen sacadas de un festival temático de narcocultura: coronas gigantes, arreglos invadiendo tumbas vecinas y visitantes posando como influencers frente al último domicilio conocido del líder del CJNG.

LO ÚNICO que falta es que el Recinto de la Paz instale una tienda de souvenirs con veladoras edición limitada y playeras conmemorativas. Y por supuesto, nunca falta el detalle profundamente mexicano: los vecinos del panteón molestos porque “ni la tumba del gobernador está así”. Ahí está resumido el país entero. La competencia ya ni siquiera es moral; es decorativa. La indignación no pasa porque un criminal sea idolatrado, sino porque tiene más flores que los políticos tradicionales.

QUIZÁ eso explique por qué desde sexenios atrás la línea entre narco y clase política cada vez fue luciendo más borrosa ante los ojos de muchos ciudadanos. Ambos presumen poder, escoltas, impunidad y estructuras de lealtad. Ambos construyen cultos personales. Ambos aparecen rodeados de gente que aplaude mientras el resto paga las consecuencias. La tumba de “El Mencho” no es solamente una atracción morbosa. Es el monumento perfecto a décadas de fracaso institucional, impunidad y romanticismo criminal cuidadosamente alimentado desde la música, las redes sociales y hasta cierta cobertura mediática que convierte a los capos en personajes míticos. Y así, mientras algunos visitan panteones para llorar a sus muertos, otros acuden a rendir tributo al hombre que ayudó a multiplicarlos. México: el único país donde un narcotraficante puede morir… y comenzar oficialmente su carrera como celebridad.

@Nido_DeViboras

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