POR KUKULKAN
EL PLENO de la Suprema Corte terminó por darle cristiana sepultura a uno de los organismos más presumidos del viejo modelo tecnocrático: la Financiera Nacional de Desarrollo Agropecuario, Rural, Forestal y Pesquero. O, dicho sin tanto protocolo burocrático, la “caja chica elegante” donde durante años se socializaron pérdidas millonarias mientras unos cuantos hacían negocios privados con dinero público.
Y AUNQUE desde la oposición quisieron vender la narrativa de que el gobierno de López Obrador estaba “abandonando al campo”, los números terminaron contando una historia mucho menos romántica y bastante más podrida. Porque una cosa es defender al productor rural y otra muy distinta defender un barril sin fondo que llevaba años haciendo agua.
LA CORTE, por unanimidad, les dio un revés a los legisladores que intentaron tumbar la desaparición de la Financiera Rural. Y no fue precisamente porque los ministros amanecieran en modo “4T”, sino porque los datos duros son de esos que ni el maquillaje parlamentario puede ocultar.
A VER: la Financiera operó durante 21 años. Veintiún años de créditos, discursos sobre “impulso al campo” y fotografías oficiales entre botas recién boleadas y sombreros de utilería. Pero detrás de esa escenografía campirana, el organismo terminó convertido en una máquina de pérdidas.
UNO de los datos más escandalosos ventilados durante la sesión de la Corte fue el tamaño de su cartera vencida: más de 8 mil 454 millones de pesos al cierre de 2022. Pero lo verdaderamente venenoso no es el monto… sino quiénes debían: apenas diez clientes concentraban casi la mitad de toda la morosidad. Sí, diez. Una especie de “Top Ten” del adeudo agropecuario premium que acumulaba más de 4 mil 200 millones de pesos sin pagar.
Y LUEGO preguntan por qué desaparecieron la institución. La historia se pone todavía más sabrosa cuando se revisa cómo se repartía el dinero. En 2021 la Financiera otorgó alrededor de 48 mil millones de pesos en créditos, pero el 44.5% se canalizó a través de intermediarios financieros, principalmente SOFOMES.
TRADUCIDO al español de rancho: buena parte del dinero no llegaba directamente al pequeño productor, sino que terminaba navegando en esa maravillosa cadena burocrático-financiera donde todos cobran comisión y el campesino sigue esperando. Lo más grotesco fue descubrir que apenas el 19% de esos recursos llegó a zonas de media alta y muy alta marginación.
ES DECIR, el organismo creado supuestamente para rescatar al campo pobre terminó sirviendo más como respirador artificial para estructuras financieras y clientelas selectas. Aún hay más. La cobranza cayó tanto que la Financiera terminó metida en 28 mil 621 asuntos judiciales por más de 26 mil 700 millones de pesos. Una fábrica de litigios carísimos con recuperación bajísima.
NEGOCIO redondo… para los despachos. Y mientras la cartera vencida crecía como la humedad sobre pared vieja, la colocación de créditos se desplomaba. Pasó de más de 70 mil millones de pesos anuales a apenas poco más de 30 mil millones en 2022. Eso sí: los costos operativos seguían intactos. Y es que si algo jamás pierde fertilidad en México es la burocracia financiera.
LA OPOSICIÓN quiso vender la extinción de la Financiera como “el asesinato del campo mexicano”. Pero en la Corte terminó quedando claro que el problema no era desaparecer una institución eficiente, sino seguir sosteniendo una estructura financieramente insostenible y políticamente intocable. Y ojo: los ministros no dijeron que el Estado pueda lavarse las manos con el desarrollo rural. Lo que dijeron es otra cosa: que el Congreso tiene margen para rediseñar cómo se apoya al campo mientras existan otros mecanismos y programas públicos.
JUSTO ahí entraron nombres como FIRA, Producción para el Bienestar y Sembrando Vida, programas que hoy atienden a millones de productores con montos incluso superiores a los que manejaba la propia Financiera Rural. Más allá de la discusión jurídica, lo verdaderamente incómodo para muchos fue que el expediente terminó exhibiendo cómo durante años se romantizó una institución quebrada, endeudada y capturada por intereses financieros. Está claro que en México nos encanta defender organismos públicos… siempre y cuando nadie revise los números. Y vaya que esta vez los números hablaron. Hablaron fuerte. Y hablaron mal.



