El retiro que no perdonan

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POR KUKULKAN

HAY OBSESIONES que rozan lo patológico. En México, una de ellas parece ser Andrés Manuel López Obrador. Han pasado meses desde que dejó la Presidencia, anunció su retiro de la vida pública y se refugió en su rancho chiapaneco para escribir, leer y cultivar la vida de un expresidente austero. Pero basta que aparezca una fotografía, publique una carta o emita una opinión para que en ciertos sectores de la oposición y la derecha mexicana se desate una crisis nerviosa digna de consultorio.

LA ESCENA se repite con precisión matemática. López Obrador reaparece y, de inmediato, surgen los mismos lamentos: que si está gobernando desde las sombras; que si no deja trabajar a Claudia Sheinbaum; que si sigue moviendo los hilos del poder; que si México vive bajo una especie de maximato tropical donde el exmandatario sigue decidiendo el destino nacional desde una hamaca. La más reciente carta dirigida a cuestionar las presiones y señalamientos provenientes de Estados Unidos volvió a provocar el mismo coro de indignación.

EDITORIALISTAS, comentaristas de televisión, dirigentes partidistas y una legión de usuarios de redes sociales actuaron como si el exmandatario hubiera regresado a ocupar Palacio Nacional por la puerta trasera. Lo curioso no es la crítica. En democracia cualquiera puede cuestionar a quien desee. Lo verdaderamente fascinante es la memoria selectiva que acompaña a estos escándalos. Porque mientras algunos parecen horrorizados por una carta de López Obrador, guardan un silencio sepulcral cuando otros expresidentes del PAN hacen exactamente lo mismo, y con bastante menos elegancia.

AHÍ ESTÁ Vicente Fox, convertido desde hace años en una especie de comentarista permanente de la política nacional. Desde sus redes sociales opina sobre elecciones, candidatos, gobiernos, reformas, partidos y prácticamente cualquier tema que se atraviese en su pantalla. No hay retiro que valga. No hay discreción republicana. No hay prudencia institucional. Fox comenta todo y sobre todos. Sin embargo, pocas veces se escuchan voces escandalizadas denunciando que el guanajuatense pretende influir en la vida pública.

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ENTONCES nadie habla de maximatos. Nadie alerta sobre una amenaza para la democracia. Nadie le exige que se retire a la tranquilidad de su rancho. Más llamativo aún es el caso de Felipe Calderón. El expresidente panista lleva años interviniendo activamente en el debate nacional. Publica opiniones diarias, participa en foros internacionales, concede entrevistas, critica decisiones gubernamentales y cuestiona sistemáticamente a la administración en turno. Incluso durante años impulsó proyectos políticos alternos y mantuvo una presencia constante en la conversación pública. Y tampoco pasa nada.

AL CONTRARIO. Muchos de los mismos analistas que se rasgan las vestiduras cuando López Obrador publica una carta suelen presentar las intervenciones de Calderón como ejercicios legítimos de ciudadanía. El exmandatario puede opinar cuanto quiera. Puede señalar, acusar, cuestionar y confrontar. Eso se considera normal. La doble vara resulta todavía más evidente cuando se trata de Claudia Sheinbaum. Fox y Calderón han emitido críticas particularmente severas contra la presidenta. Algunas han sido políticas; otras han cruzado la frontera de la descalificación personal.

LOS INSULTOS, las burlas y los cuestionamientos constantes forman parte de una rutina que parece haberse normalizado en ciertos círculos. Pero curiosamente esos episodios rara vez generan llamados a la moderación. No aparecen columnas alarmadas preguntándose quién gobierna realmente desde la oposición. No surgen teorías sobre expresidentes que manipulan la política nacional desde la sombra. No se convoca a debates sobre la influencia indebida de antiguos mandatarios.

LA DIFERENCIA parece residir menos en la conducta y más en el personaje. Porque el verdadero problema para algunos no es que un expresidente opine. El problema es que el expresidente se llama Andrés Manuel López Obrador. La derecha mexicana lleva años construyendo buena parte de su identidad política alrededor de la oposición a su figura. Inclusive fuera del cargo sigue funcionando como el villano favorito de una narrativa que necesita mantenerlo presente para explicar derrotas, frustraciones y desencuentros. Por eso cada aparición genera titulares, debates y sobresaltos. Paradójicamente, quienes más exigen que López Obrador desaparezca de la conversación pública son quienes más contribuyen a mantenerlo en ella.

Y ASÍ, mientras Fox tuitea, Calderón opina y López Obrador escribe cartas, el verdadero espectáculo sigue siendo el mismo: una oposición que no logra decidir si quiere que el tabasqueño se retire para siempre o si necesita seguir combatiendo su fantasma para justificar su propia existencia. A estas alturas, más que un expresidente, López Obrador parece haberse convertido en una obsesión nacional. Y las obsesiones, como bien saben las víboras, rara vez obedecen a la lógica.

@Nido_DeViboras

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