Sergio León Cervantes
Durante más de tres décadas, México ha llegado a las negociaciones con Estados Unidos desde una posición defensiva. Hemos construido una narrativa nacional basada en la dependencia: dependemos de su mercado, de su inversión, de sus consumidores y de sus decisiones políticas. Sin embargo, conforme se acerca una nueva etapa de revisión y negociación del T-MEC, quizá ha llegado el momento de plantear una pregunta distinta: ¿qué tan dependiente es realmente Estados Unidos de México?
La respuesta es mucho más incómoda para Washington de lo que muchos imaginan.
Estados Unidos sigue siendo la economía más poderosa del planeta, pero también enfrenta algunas de las mayores vulnerabilidades de su historia reciente. Su deuda pública supera ya los 37 billones de dólares, una cifra equivalente a más del 120% de su Producto Interno Bruto. El pago anual de intereses supera el billón de dólares, convirtiéndose en una de las partidas de gasto más grandes de su presupuesto. Dicho de otra forma, la principal potencia económica mundial está destinando recursos récord simplemente para financiar el costo de su propio endeudamiento.
A ello se suma una creciente polarización política. Los niveles de confianza ciudadana en el Congreso, los medios de comunicación y diversas instituciones federales se encuentran entre los más bajos de las últimas décadas. Republicanos y demócratas mantienen una confrontación permanente que dificulta la construcción de acuerdos estratégicos de largo plazo. Paralelamente, el país enfrenta una crisis de salud pública derivada del consumo de opioides y fentanilo, una creciente presión sobre sus sistemas de salud mental, elevados costos médicos y problemas de seguridad en diversas zonas urbanas.
En materia migratoria, la situación tampoco es sencilla. Ninguna administración estadounidense, sin importar su signo político, ha logrado resolver de manera definitiva la presión migratoria en la frontera sur. La realidad es que Washington necesita la cooperación de México para administrar los flujos migratorios provenientes de América Latina. Sin esa colaboración, la capacidad operativa estadounidense resulta insuficiente.
Sin embargo, la vulnerabilidad más importante se encuentra en el terreno económico y geopolítico. Estados Unidos descubrió durante la pandemia y los años posteriores que depender excesivamente de Asia, particularmente de China, representa un riesgo estratégico. El problema es que tampoco puede regresar toda la manufactura a su territorio sin disparar costos laborales, inflación y pérdida de competitividad. Para mantener su liderazgo industrial necesita una plataforma cercana, eficiente, integrada y competitiva. Esa plataforma se llama México.
Los números son contundentes. El comercio bilateral entre ambos países superó los 870 mil millones de dólares en 2025. Millones de empleos estadounidenses dependen directa o indirectamente de esta relación. La industria automotriz norteamericana funciona bajo un esquema de integración regional donde una pieza puede cruzar varias veces la frontera antes de convertirse en un vehículo terminado. Lo mismo ocurre con sectores como dispositivos médicos, electrónica, agroindustria, manufactura avanzada y logística.
Por ello, la pregunta que México debería llevar a la mesa de negociación ya no es cuánto está dispuesto a conceder, sino cuánto está dispuesto a exigir.
Si Estados Unidos quiere mantener una plataforma manufacturera competitiva frente a China, México debería exigir la creación de un fondo trilateral de infraestructura superior a los 100 mil millones de dólares destinado a modernizar puertos, cruces fronterizos, carreteras, ferrocarriles, energía y aduanas. Si Washington busca fortalecer el nearshoring, México debería exigir programas de transferencia tecnológica, desarrollo de proveedores nacionales y financiamiento preferencial para proyectos industriales estratégicos.
Si la prioridad estadounidense es la seguridad, México debe exigir corresponsabilidad plena en el combate al tráfico de armas, al lavado de dinero y a las redes financieras del crimen organizado. Si la prioridad es la migración, México debe exigir esquemas de movilidad laboral ordenada que permitan cubrir necesidades productivas de ambos países. Y si la prioridad es la estabilidad económica regional, México debe exigir garantías firmes contra medidas unilaterales que vulneren el espíritu y la certidumbre jurídica del T-MEC.
Los beneficios potenciales son enormes. Captar apenas una fracción adicional de la relocalización industrial global podría representar entre 150 y 250 mil millones de dólares de inversión acumulada durante la próxima década. Un programa agresivo de infraestructura fronteriza y logística podría movilizar otros 50 a 100 mil millones de dólares en inversión pública y privada. El fortalecimiento de cadenas de suministro regionales permitiría elevar significativamente las exportaciones mexicanas y acelerar el crecimiento económico nacional durante los próximos diez años.
Para Quintana Roo, las oportunidades también son extraordinarias. La consolidación de corredores logísticos, plataformas de servicios internacionales, centros de distribución y conexiones con el Caribe y Centroamérica permitiría complementar la vocación turística del estado con nuevas fuentes de crecimiento económico, inversión y empleo.
Durante demasiado tiempo México ha negociado desde el temor a perder acceso al mercado estadounidense. Pero la realidad geopolítica de 2026 es distinta. Estados Unidos necesita controlar la migración, contener a China, fortalecer sus cadenas de suministro, asegurar su competitividad manufacturera y preservar la estabilidad regional. Ninguno de esos objetivos puede alcanzarse sin México.
La verdadera pregunta ya no es si México necesita a Estados Unidos. Por supuesto que lo necesita. La pregunta es cuánto más está dispuesto México a subsidiar la competitividad de Norteamérica sin cobrar el valor real de su posición geográfica, su capacidad manufacturera, su mercado, su talento y su estabilidad.
Durante treinta años México llegó a negociar pidiendo acceso. Quizá ha llegado el momento de negociar cobrando valor. Porque las grandes negociaciones no las gana quien tiene más poder aparente. Las gana quien entiende con claridad cuánto vale y tiene la determinación de exigirlo.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
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