POR KUKULKAN
EN ESTE país hay dos tipos de matemáticas. Están las de la escuela, donde dos más dos son cuatro, y están las del gobierno, donde una inflación de 3.55 por ciento significa que todos debemos sentirnos mejor, aunque de la tiendita de la esquina sigamos saliendo con la cartera más flaca que luchador después de una función en la Arena Coliseo.
COMO inicio de semana la presidenta Claudia Sheinbaum celebró que la inflación bajó a 3.55 por ciento. Traducido del idioma economista al español de la combi: dicen que los precios siguen subiendo, pero más despacito. Es como cuando el casero te anuncia que ya no te va a aumentar mil pesos la renta, sino solamente quinientos. Técnicamente te está cobrando menos de lo que pensaba cobrarte, pero sigues pagando más que antes.
LA EXPLICACIÓN oficial tiene dos héroes principales: la gasolina y el jitomate. Sí, el humilde jitomate, ese que aparece en casi todas las cocinas mexicanas y que de pronto se convirtió en protagonista de una batalla económica nacional. Según el gobierno, se logró convencer a productores y comerciantes para que bajaran los precios y también se redujo cierta especulación que traía al jitomate cotizando casi como si fuera aguacate premium para exportación.
LA FÓRMULA parece sencilla: jitomate más barato + gasolina controlada = inflación más baja. Suena bonito. El problema es que en el mercado del barrio la gente no compra inflación. Compra tortillas, huevos, pollo, aceite, jabón y papel de baño. Justo ahí es donde empiezan las cuentas de la economía popular. Mientras los economistas celebran que el índice bajó unas décimas, doña Lupita sigue haciendo la operación más importante del país: dividir el dinero que le queda entre los días que faltan para la quincena.
ESA SÍ es una ciencia exacta. En la colonia no se habla de indicadores macroeconómicos. Se habla de si alcanza para ponerle cien o doscientos pesos al tanque. De si el kilo de carne ya se convirtió en artículo de lujo. De si esta semana los niños llevarán lonche completo o solamente una torta con imaginación. La presidenta también presume que la economía creció 2.2 por ciento en abril.
OTRA cifra que en los escritorios de gobierno provoca aplausos pero que en la calle la gente tiene otra calculadora. La del albañil que pregunta si habrá chamba la próxima semana. La del taxista que revisa cuánto gastó en combustible y cuánto logró sacar después de doce horas manejando. La del comerciante que compara las ventas de hoy con las de hace un año. Este tipo de economía no se mide en porcentajes. Se mide en preocupaciones.
DEBEMOS reconocer que mantener controlados los precios de los combustibles ayuda. Si la gasolina se dispara, todo sube detrás de ella como fichas de dominó. El transporte cuesta más. La distribución cuesta más. Los productos cuestan más. Pero tampoco hay que vender la idea de que una cifra bonita en el tablero significa que la bronca ya se resolvió.
LA INFLACIÓN es como una fuga de agua en la casa. Si ayer se escapaban diez litros por minuto y hoy solamente cinco, la noticia es buena. Pero el agua sigue escapándose. Y el recibo sigue llegando. Por eso cuando desde Palacio Nacional hablan de consolidar un buen momento económico, en muchas colonias la respuesta es una mezcla de esperanza y escepticismo. La esperanza porque nadie quiere que le vaya mal al país. Y el escepticismo porque el mexicano promedio ya aprendió a desconfiar de los discursos triunfalistas.
LOS ÚNICOS que siguen pagando la cuenta son los mismos de siempre. Los que hacen milagros con la despensa. Los que convierten una quincena en tres semanas. Los que saben exactamente cuánto cuesta un kilo de jitomate porque son ellos quienes lo compran. Y al final, aunque los economistas presenten gráficas, porcentajes y fórmulas sofisticadas, la verdadera medición de la economía sigue ocurriendo en el mercado, en la fonda, en la gasolinera y en la tienda de la esquina. Ahí donde la única inflación que importa es la que cabe dentro de una bolsa de mandado.




