Cupido fue despedido; ahora flechan los algoritmos

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POR KUKULKAN

HUBO un tiempo en que el enamoramiento comenzaba con una mirada. Bastaba un cruce de pupilas para que el cerebro iniciara una tormenta neuroquímica: dopamina, serotonina, oxitocina, noradrenalina y todo ese elegante coctel de neurotransmisores que la neurociencia ha dedicado décadas a estudiar. Hoy, en cambio, parece que basta con abrir una aplicación, escribir “¿cómo estuvo tu día?” y esperar que un algoritmo responda exactamente lo que uno quiere escuchar.

POBRE Cupido. Después de siglos perfeccionando la puntería de sus flechas, acaba de ser desplazado por un chatbot con conexión a internet. Los datos comienzan a desmontar una de las teorías más románticas sobre el funcionamiento del cerebro humano y el enamoramiento. La doctora en Psicología Educativa y del Desarrollo por la UNAM, Cimenna Chao Rebolledo, reveló recientemente que 33 por ciento de los integrantes de la Generación Z han sostenido algún tipo de relación romántica con un agente de Inteligencia Artificial.

NO SE TRATA únicamente de conversaciones ocasionales, sino de vínculos afectivos construidos con programas diseñados para conversar, comprender y acompañar emocionalmente. Si el doctor Eduardo Calixto escribió en su libro titulado ‘Un clavado a tu cerebro’, que el enamoramiento inicia cuando la mirada de alguien activa la liberación de dopamina y pone en marcha hasta 19 áreas cerebrales relacionadas con la emoción, la expectativa y el deseo, alguien tendrá que preparar una nueva edición de su obra.

RESULTA que ahora el estímulo visual ya no necesariamente proviene de unos ojos. Puede llegar desde una pantalla. La corteza prefrontal, el sistema límbico, el núcleo accumbens y la amígdala cerebral parecen estar descubriendo que no distinguen con tanta precisión entre una persona y una conversación diseñada por inteligencia artificial cuando el individuo experimenta soledad, ansiedad o necesidad de validación emocional. El cerebro, después de todo, responde al estímulo, no al acta de nacimiento del interlocutor.

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LA PARADOJA resulta fascinante. Mientras la neurociencia documentó durante años cómo la proximidad física, el contacto visual, el lenguaje corporal y las feromonas fortalecían los circuitos neuronales del apego, la revolución digital encontró un atajo inesperado: la conversación permanente. Una inteligencia artificial nunca bosteza cuando el usuario habla de sus problemas. Nunca responde con monosílabos. Nunca interrumpe. Nunca juzga. Y, sobre todo, siempre está disponible. Difícil competir contra semejante pareja.

QUIZÁ por eso los datos que presenta Chao Rebolledo resultan menos sorprendentes cuando se observa otro indicador: los jóvenes mayores de 16 años permanecen conectados 7.3 horas diarias, prácticamente un tercio del tiempo que permanecen despiertos. Cuando una tecnología ocupa semejante espacio en la vida cotidiana deja de ser una herramienta y comienza a convertirse —como ella misma advierte— en un hábitat donde se moldean identidades, emociones y vínculos socioafectivos. No es únicamente una cuestión tecnológica. Es neurobiología.

CADA interacción gratificante activa circuitos de recompensa. Cada respuesta inmediata fortalece conexiones sinápticas. Cada conversación personalizada alimenta la liberación de dopamina que el cerebro interpreta como bienestar. La plasticidad neuronal hace el resto. Así, mientras antes las sinapsis se fortalecían durante una cita en el parque, ahora pueden consolidarse frente a un teclado. El problema aparece cuando el algoritmo deja de ser un asistente y comienza a ocupar el lugar de la realidad.

LA PROPIA investigadora advierte que uno de cada once estudiantes utiliza ya la inteligencia artificial como apoyo emocional o sustituto de compañía afectiva. Es decir, el chatbot deja de resolver dudas escolares para comenzar a administrar estados de ánimo. Y allí las alarmas se encienden. Porque, a diferencia de un terapeuta, un amigo o una pareja, una inteligencia artificial puede equivocarse con absoluta convicción. Los modelos más empáticos suelen ser también los más proclives a ofrecer información incorrecta o reforzar percepciones erróneas, especialmente cuando interactúan con personas emocionalmente vulnerables.

QUEDA claro que la dopamina no distingue entre una verdad y una mentira. Sólo recompensa aquello que produce satisfacción inmediata. Tal vez el mayor riesgo no sea que los jóvenes se enamoren de una inteligencia artificial. El verdadero problema sería que terminaran desaprendiendo el complejo arte de relacionarse con seres humanos, esos incómodos organismos biológicos que contradicen, decepcionan, llegan tarde, discuten y, precisamente por eso, enseñan tolerancia, empatía y regulación emocional.

HASTA ahora ninguna red neuronal artificial ha logrado todavía reproducir el valor pedagógico de una discusión de pareja. Ni el silencio incómodo. Ni un abrazo inesperado. Ni la química irrepetible que ocurre cuando dos cerebros humanos sincronizan sus emociones sin necesidad de wifi. Mientras tanto, Cupido contempla resignado cómo sus flechas fueron sustituidas por algoritmos predictivos. Quién iba a imaginar que el próximo órgano en someterse a la inteligencia artificial no sería el cerebro, sino el corazón.

@Nido_DeViboras

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