POR KUKULKAN
HAY DOS formas de ver el sargazo en Quintana Roo. La primera es la del restaurantero que ve cómo sus mesas permanecen vacías porque el turista decidió no bajar a una playa cubierta de algas. La segunda es la de Pepe Chapur, quien desde la comodidad de un sistema privado de contención instalado frente a su hotel puede afirmar, con una tranquilidad casi zen, que el sargazo no es el verdadero problema de la crisis del turismo.
Y CLARO, visto desde la terraza del Moon Palace, quizá tenga razón. Durante su participación en la conferencia matutina del pasado 30 de julio, el empresario sostuvo que la crisis turística responde principalmente a otros factores: la falta de promoción, la conectividad aérea y el entorno económico. El sargazo, dijo en esencia, no explica por sí solo la disminución de visitantes.
EN TÉRMINOS estrictamente económicos, la afirmación tiene parte de verdad. El turismo siempre responde a múltiples variables. Sin embargo, el problema no fue únicamente lo que dijo, sino desde dónde lo dijo. Porque no es lo mismo hablar del sargazo cuando se invierten alrededor de 32 millones de pesos al año en una estrategia mecanizada para impedir que llegue a la playa, que hacerlo desde un pequeño hotel familiar de Puerto Morelos, una posada en Mahahual o un restaurante de Tulum que apenas puede pagar la nómina.
PARA Chapur, el sargazo dejó de ser un problema hace tiempo. Lo convirtió en una inversión. Tiene barcos, barreras, maquinaria y recursos para mantener limpia la franja costera frente a su propiedad. El turista llega, ve agua azul, sonríe y reserva una noche más. Pero el Caribe mexicano no termina en la playa del Moon Palace. Hay cientos de pequeños empresarios que dependen de lo que la naturaleza y los presupuestos públicos les permitan. No cuentan con millones para colocar barreras oceánicas ni con equipos especializados para recolectar toneladas de macroalga antes de que toque la arena. Ellos siguen esperando que alguien llegue con una retroexcavadora… o con una solución.
La declaración de Chapur sonó, para muchos, como una versión empresarial del clásico “el pobre es pobre porque quiere”.
Si el sargazo no te afecta, invierte. Si tus turistas cancelan, invierte. Si tu playa está cubierta de algas, invierte. Y si no puedes hacerlo… pues mala suerte.
El mensaje quizá nunca fue ese, pero así terminó interpretándose en un sector turístico que lleva meses enfrentando ocupaciones bajas, cancelaciones y negocios al borde del cierre.
Porque una cosa es reconocer que existen otros factores que golpean al turismo, y otra muy distinta es minimizar el impacto visual y económico que representa una playa invadida por montañas de sargazo en plena temporada vacacional.
Las redes sociales no perdonan. Un solo video mostrando agua color café y toneladas de alga acumulada puede echar abajo semanas enteras de campañas de promoción. Al turista promedio poco le interesa si la causa es el cambio climático, las corrientes marinas o la falta de promoción internacional. Si la playa que vio en Instagram luce irreconocible cuando llega, difícilmente regresará.
Paradójicamente, la postura de Chapur también exhibe otra realidad incómoda: el combate al sargazo terminó privatizándose.
Quien tiene recursos limpia su playa.
Quien no los tiene espera al gobierno.
Y mientras unos ofrecen postales de arena blanca, otros sobreviven explicando a sus huéspedes que “mañana seguramente estará mejor”.
La ironía es que el propio éxito de los grandes complejos hoteleros puede agravar el problema para los pequeños. Si un turista encuentra impecable la playa de un resort con infraestructura millonaria y, a pocos kilómetros, descubre otra cubierta de sargazo, la competencia deja de ser entre hoteles y se convierte en una competencia entre presupuestos.
Por eso las palabras de Chapur no fueron recibidas con entusiasmo en todos los sectores. No porque hablar de promoción turística sea incorrecto, sino porque parecieron ignorar que no todos juegan el mismo partido ni con las mismas herramientas.
En Quintana Roo abundan los discursos sobre la unidad del sector turístico. Pero cuando llega el sargazo, cada quien termina rascándose con sus propias uñas.
Y esas uñas, sobra decirlo, no tienen el mismo tamaño para todos.




