El Chapo y su orgullo de narco

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POR KUKULKAN

VAYA que hasta en el infierno hay niveles. Resulta que Joaquín “El Chapo” Guzmán podía aceptar que le llamaran narcotraficante, capo, sembrador de marihuana y traficante de drogas, pero compararlo con un Zeta era, por lo visto, una afrenta a su currículum criminal. ¡Faltaba más! Y es que en este ilegal negocio, una cosa es ser narcotraficante y otra, muy distinta —según la peculiar escala de valores del otrora jefe del Cártel de Sinaloa—, andar de “ratero” y “estafador”.

LA JOYA aparece en los videos inéditos de las horas posteriores a su recaptura, el 8 de enero de 2016, revelados recientemente por la prensa nacional. De acuerdo con el contenido del material, en una conversación con agentes federales, Guzmán habla de Sigifredo Nájera Talamantes, “El Canicón”, integrante de Los Zetas con quien había coincidido en el penal del Altiplano. Y cuando la charla lo lleva hacia aquella organización criminal, al sinaloense parece brincarle el orgullo profesional. Desde luego podrá usted decir muchas cosas del señor Guzmán, pero no confunda los giros comerciales.

SEGÚN su relato, los Zetas eran otra cosa: “rateros”, “estafadores”. Él no. Él se dedicaba a las drogas. Un empresario del narcotráfico, pues. Casi faltaba que sacara una tarjeta de presentación: Joaquín Guzmán Loera. Importaciones, exportaciones y logística internacional. No hacemos robos. Gracias por su preferencia. Lo verdaderamente revelador del video no es que El Chapo admita ser narcotraficante. A estas alturas eso tiene aproximadamente el mismo valor noticioso que descubrir que el agua moja. Lo interesante es el enojo y la necesidad de marcar distancia.

GUZMÁN sale a defender una categoría superior dentro del catálogo criminal: la del narcotraficante que, según su propia versión, tenía códigos, frente a aquellos otros que robaban, secuestraban, extorsionaban o estafaban. Una suerte de aristocracia del delito. Narco sí; ratero jamás. Vaya que hasta para delinquir hay clases, según el manual imaginario del capo. Eso es precisamente lo fascinante del documento: permite asomarse a esa moral torcida con la que durante décadas parte del narcotráfico mexicano intentó construirse una reputación social.

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PARA el ‘Chapo’ es el cuento del bandido que “no se mete con la gente”. El que trafica, pero “respeta”. El que mata solamente cuando “tiene que hacerlo”. El que mueve toneladas de droga, pero jamás se rebajaría a quitarle la cartera a alguien. Como si el Código Penal otorgara membresías platino. El problema para semejante autobiografía es que después llegó la justicia estadounidense con la desagradable costumbre de revisar expedientes y aquel retrato del narcotraficante de categoría terminó acompañado de condenas por dirigir una empresa criminal, conspiraciones para distribuir drogas, lavado de dinero y armas.

ASÍ QUE aquello del honorable comerciante agrícola dedicado exclusivamente a exportar mercancía quedó bastante maltrecho. Pero no importa. En aquella conversación de 2016, El Chapo estaba defendiendo su marca. Los Zetas representaban, en su discurso, una forma de criminalidad que despreciaba: delincuentes que diversificaron el negocio hacia extorsiones, secuestros y robos. Él pretendía colocarse del otro lado de la barra. No era un vulgar ratero. Era narcotraficante de abolengo. De esos que no asaltaban la caja registradora porque, según parece, tenían suficiente con mover cargamentos multimillonarios. Qué detalle.

Y QUIZÁS ahí esté la parte más inquietante de estos videos. No en la anécdota divertida ni en la frase que inevitablemente terminará convertida en meme sino en descubrir cómo uno de los criminales más poderosos de México podía construir dentro de su propia cabeza una frontera entre delitos aceptables y despreciables. Una moral dentro de la inmoralidad. Una línea imaginaria que permitía decir: yo soy delincuente, sí, pero no cualquiera, sino de los capos convertidos en personajes populares y criminales que buscan presentarse como protectores de comunidades.

@Nido_DeViboras

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