Sergio León Cervantes
Quintana Roo es, sin discusión, el principal motor turístico de México. Cada año recibe entre 24 y 27 millones de turistas, con una derrama estimada de 23 a 30 mil millones de dólares. Las cifras impresionan, pero el verdadero debate no está en cuánto turismo llega, sino en cómo llega, cómo se gestiona y a qué costo social, económico y humano se sostiene.
Hoy el modelo turístico del estado se mueve sobre dos fuerzas que no caminan juntas. Por un lado, el gobierno ha apostado históricamente al volumen: sol y playa, alta rotación, estancias cortas y un gasto promedio relativamente bajo, cercano a 900–1,200 dólares por visitante. Por el otro, la iniciativa privada ha girado —de manera silenciosa pero constante— hacia el valor: turismo de lujo, wellness, bodas destino, larga estancia y experiencias premium, con apenas 3 a 3.5 millones de turistas, pero con un gasto promedio que oscila entre 3,500 y 5,000 dólares.
El resultado es tan claro como preocupante: alrededor del 60% del ingreso turístico del estado proviene del gran volumen impulsado desde la política pública, mientras que el 40% restante lo genera la iniciativa privada con menos del 15% de los visitantes. Dos modelos coexistiendo, sin una estrategia común, sin una vocación turística definida por municipio y sin una visión de largo plazo que los articule.
Esta descoordinación no es neutra. Tiene costos sociales, económicos y de seguridad que rara vez se incorporan al análisis público. El turismo de alto volumen genera presión sobre el territorio: informalidad, migración desordenada, asentamientos irregulares, salarios bajos frente a un alto costo de vida y una economía de sobrevivencia que debilita el tejido social. No es un problema de turistas; es un problema de modelo.
En materia de inseguridad, el impacto es medible. La combinación de alta rotación, anonimato y economías informales favorece delitos oportunistas como robos, asaltos, narcomenudeo y extorsión menor, además de una presión constante sobre las fuerzas de seguridad y los servicios públicos. A esto se suma el daño a la imagen del destino. Estudios comparables indican que la percepción de inseguridad puede provocar la pérdida de entre 2% y 6% del flujo turístico, lo que en Quintana Roo equivale a 500 mil a 1.5 millones de turistas que no regresan o que deciden no venir, con una derrama perdida de 500 a 1,500 millones de dólares anuales. Si se considera además el turismo de mayor valor que se inhibe por reputación, el monto no captado puede superar los 3,000 millones de dólares al año.
El Estado, además, paga la factura. El costo social directo para atender este desorden —seguridad pública, salud asociada al consumo de alcohol y drogas, sistema de justicia y atención social— se estima entre 7 y 11 mil millones de pesos cada año, sin contar la pérdida fiscal derivada de la informalidad ni el daño reputacional que encarece la inversión y limita la diversificación económica.
El dilema ya no es crecer o no crecer. El dilema es seguir creciendo sin rumbo o sentarnos, de una vez, a definir una estrategia clara de vocación turística para Quintana Roo. Los números muestran que una transición gradual hacia un modelo mejor ordenado y de mayor valor podría incrementar el gasto promedio en al menos 10–15%, lo que significaría entre 3,000 y 4,500 millones de dólares adicionales al año sin necesidad de recibir más turistas. Para la ciudadanía, esto se traduciría en mejores salarios, menor informalidad y mayor calidad de vida; para el empresariado, en mayor rentabilidad, estabilidad y certeza de largo plazo; y para el gobierno, en mayor recaudación, menores costos sociales y una presión significativamente menor sobre la seguridad y los servicios públicos.
Sólo con coordinación real entre gobierno, empresarios y sociedad podremos construir un turismo que no sólo genere ingresos, sino bienestar económico, social, humano y medioambiental, y que convierta el éxito turístico de Quintana Roo en un verdadero proyecto de desarrollo compartido.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
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