- El proyecto “Compartir para conocer, conocer para proteger” ha logrado que 104 adolescentes pasen de ser espectadores de su entorno a convertirse en narradores.
IGNACIO CANUL
MÉRIDA, YUC.- En el corazón del bosque tropical del Puuc, donde el tiempo parece detenerse bajo el dosel de los árboles, una nueva generación de guardianes ha comenzado a alzar la voz.
No lo hacen con discursos solemnes, sino con carteles, juegos de mesa y videos de TikTok que traducen el rugido del jaguar al lenguaje de la comunidad.
El proyecto “Compartir para conocer, conocer para proteger” no es solo una iniciativa académica, es un puente tendido entre la ciencia de laboratorio y la sabiduría del “monte”.
Coordinado por el Peru Lab del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) de Mérida y la Reserva Biocultural Kaxil Kiuic (RBKK), este esfuerzo ha logrado que 104 adolescentes del sur de Yucatán dejen de ser espectadores de su entorno para convertirse en sus principales narradores.
Todo comenzó con un destello silencioso en la profundidad de la selva. Gracias al apoyo del Fondo para la Conservación de Disney, investigadores como el doctor César Rodríguez y el biólogo Ricardo Pasos instalaron cámaras trampa en puntos estratégicos.
Los resultados fueron un tesoro visual: El Jaguar (Panthera onca), el soberano de la selva, captado en su estado más puro; El Yuk o Venado Temazate, cruzando furtivamente entre la vegetación, y el Ocelote y el Viejo de Monte, especies que confirman la salud de este ecosistema.
Este monitoreo generó uno de los reportes más detallados de la fauna local, pero el equipo del doctor Carlos Ibarra Cerdeña sabía que los datos por sí solos no salvan especies. Hacía falta el factor humano.
Mientras las cámaras registraban la fauna, en las comisarías de Yaaxhachén, Xul, Xkobenhaltún y Salvador Alvarado, el diálogo se encendía.
La doctora Mariela Aké Chan, pieza clave en este componente social, se encontró con una realidad conmovedora: para los jóvenes yucatecos, la conservación es un acto de afecto.
“Cuidar es proteger aquello que no se quiere perder”, fue la conclusión colectiva de los estudiantes de telesecundaria y del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe).
La transdisciplina se hizo presente cuando el conocimiento científico sobre la enfermedad de Chagas se transformó en el “Juego del Pik’”, diseñado por Paulina Cetina, de solo 12 años; o cuando Robert Chablé y Fernando May, también de 12 años, decidieron que la mejor forma de proteger al jaguar era a través de la lente de un video digital.
Uno de los momentos más simbólicos ocurrió en San Agustín. Bajo la sombra de los árboles, los estudiantes leyeron en voz alta “El árbol generoso” de Shel Silverstein.
No lo hicieron solos; sus madres escuchaban. Lo que comenzó como un cuento terminó en un debate profundo sobre la deforestación y el uso responsable del monte, uniendo la visión escolar con la experiencia de quienes han vivido de la tierra por décadas.
El cierre del proyecto no fue un examen escrito, sino una feria de saberes. Cada comunidad diseñó su propia estrategia a través de carteles como la herramienta favorita por su capacidad de generar diálogo directo en las plazas.
Así como recetarios y cuentos, para mantener viva la herencia biocultural. Y exposiciones fotográficas con las que la juventud mostró su visión de la selva.
Como bien señaló la doctora Aké Chan, esta experiencia logró ampliar los conceptos de “selva” y “monte”. Ya no son solo espacios llenos de árboles, sino hogares compartidos donde la salud humana y animal dependen de un mismo hilo.
En el sur de Yucatán, la lección ha quedado clara: la ciencia puede dar los datos, pero es el sentido de pertenencia de una comunidad lo que garantiza que, al caer la noche, el jaguar siga teniendo un camino seguro por donde caminar.


