Entre la ética y la estética: el Senado frente al espejo

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POR KUKULKAN

EN MÉXICO tenemos un talento singular: convertir lo accesorio en escándalo nacional y lo sustantivo en nota de pie de página. Las últimas semanas, mientras el país lidia con inseguridad, crisis forense, desapariciones, reformas constitucionales de alto voltaje y una economía que no termina de despeinarse, el Senado de la República logró lo impensable: colocar el descubrimiento de un salón de belleza en el centro del debate público como si se tratara de la madre de todas las traiciones republicanas.

EL ESCÁNDALO fue inmediato. Titulares indignados, declaraciones inflamadas, moralina exprés y una avalancha de redes sociales preguntándose —con gesto solemne— cómo era posible que hubiera secadoras, espejos, polvos cosméticos y sillones de estética dentro de la Cámara Alta. El horror. La decadencia. El apocalipsis… con manicure.

LA ESCENA es reveladora no por el salón en sí, sino por la facilidad con la que el debate político se desliza hacia la espuma. Porque, siendo serios —aunque sea un segundo—, ¿de verdad ese es el gran problema del Senado mexicano? ¿Un espacio para corte de cabello mientras se legisla a trompicones sobre seguridad, justicia o derechos humanos?

EL ASUNTO se vuelve todavía más tragicómico cuando se mira fuera de nuestras fronteras.

POR EJEMPLO, en Estados Unidos el Capitolio tuvo durante décadas el famoso House Beauty Shop, con comité legislativo incluido para supervisarlo. En el Reino Unido, el Parlamento de Westminster cuenta con peluquería para diputados y personal. En Francia, Italia o Alemania, nadie pierde el sueño porque un legislador se arregle el copete antes de una sesión maratónica. Allá no se despeinan —literal ni políticamente— por eso.

LA DIFERENCIA no está en la existencia del servicio, sino en la hipocresía selectiva con la que aquí se aborda el tema. El verdadero problema no es la estética: es la ética. Y eso es justamente lo que se evita discutir. En México no indigna que un senador vote una reforma que debilita contrapesos; no escandaliza que se congelen iniciativas clave; no provoca furia que las comisiones duerman el sueño de los justos ni que la rendición de cuentas sea un concepto decorativo. Lo que sí desata pasiones es un sillón giratorio y una plancha para el cabello.

EL SALÓN de belleza se convirtió así en el símbolo perfecto de nuestra conversación pública: un espejo donde se reflejan más las formas que el fondo. Se grita ‘privilegios’ mientras se toleran opacidades mayores. Se rasgan vestiduras por el gasto menor, pero se guarda silencio ante presupuestos inflados, designaciones cuestionables o negociaciones en lo oscurito.

EL CONTRASTE es delicioso para la sátira: un Senado que no logra ponerse de acuerdo en temas estructurales, pero sí en escandalizarse por un tinte mal aplicado. Un poder legislativo que presume discursos de austeridad mientras compite por quién se indigna más rápido ante la estética, aunque la ética esté despeinada desde hace años.

Y OJO: nadie está defendiendo la frivolidad institucional. La pregunta es otra: ¿por qué ese es el tema que prende la hoguera? ¿Por qué el salón de belleza sí merece tanta indignación nacional y no, por ejemplo, la parálisis legislativa, la captura política de órganos autónomos o la falta de resultados concretos? Tal vez porque el escándalo cosmético es cómodo. No exige profundidad, no obliga a explicar leyes, no demanda responsabilidad política. Es fácil. Visual. Viral. Perfecto para una indignación de 24 horas.

EN OTROS países, los parlamentos entienden algo elemental: la apariencia es secundaria frente a la función. Aquí seguimos atrapados en la simulación inversa: se tolera la ineficacia siempre que no venga acompañada de secadora. Al final, el problema no es que los senadores se peinen o se maquillen. El problema es que nos distraen peinándonos el debate. Mientras discutimos el esmalte, la república se descascara por otros lados. En el Nido de Víboras queda claro: la estética puede arreglarse en una hora; la ética, en cambio, lleva años esperando cita… y esa sí nunca llega.

@Nido_DeViboras

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