- Christopher Nolan reinventa La Odisea con una adaptación épica centrada en la familia, la identidad y la guerra.
STAFF / AR
LONDRES, INGLATERRA.- En “La Odisea”, el héroe Odiseo pide a sus hombres que lo amarren al mástil de su nave. Por más que las sirenas dirijan su canto hacia él, no acudirá a ellas, no sucumbirá a la tentación.
Christopher Nolan, director de la nueva adaptación fílmica del poema épico de Homero, dice que desoye las llamadas de Hollywood que lo llevarían a perderse como artista. No desea calcar la fórmula de sus viejos éxitos ni vivir en una zona de confort.
“El canto de sirena que tienta a los cineastas es la familiaridad”, reflexiona el británico en entrevista. “Cosas que has hecho antes y que funcionaron, y por lo tanto podrías repetir. Eso te haría el camino fácil, pero, intelectualmente, te condena al fracaso, sin duda”.
Su filmografía da fe de ello. Nolan va del thriller al noir, de la ciencia ficción al drama psicológico, del cine de superhéroes al bélico… privilegiando estructuras narrativas complejas y reinterpretando convenciones.
Tras el biofilme Oppenheimer, sobre el creador de la bomba atómica, éxito colosal de taquilla y que le dio dos Óscar -“superó nuestros sueños más salvajes”, admite-, viaja a aguas inexploradas con La Odisea, que estrena el jueves en cines.
Se trata del texto fundacional de la literatura occidental. Nadie había acometido el transformar la obra, de casi 3 mil años de antigüedad, “como un moderno blockbuster hollywoodense”, según sus palabras.
Rodó en seis países, con cámaras IMAX y favoreciendo los efectos prácticos ante el CGI. Buscaba tejer una colosal épica, con dioses y monstruos, pero que también se sintiera íntima.
Porque Nolan observa en este mito griego algo más que el atribulado y sinuoso viaje de Odiseo a Ítaca, de 10 años, tras la guerra de Troya. Mira un drama familiar.
“También tenemos una historia de iniciación, una de guerra y pérdida, y, el fondo, una de amor en la mediana edad. Tiene todo eso. Es muy fácil identificarse. Por eso Homero ha perdurado durante miles de años”.
Odiseo (Matt Damon) es “nolaniano”, en el sentido de que su memoria vacila (Memento), lucha por reclamar su identidad (El Origen) y está separado de su familia (Interestelar). Lo atormenta su treta del caballo de madera, y todo lo que vino después.
“Hay elementos en él que se encuentran en muchos otros de mis protagonistas”, concede.
Pero también es peculiar. Al estudiar el poema, reparó en un adjetivo en inglés para definir al Rey de Ítaca: “wily”, astuto, tramposo, manipulador. O sea: alguien moralmente gris, cuyas acciones el público cuestiona.
“En Star Wars, él sería Han Solo, no Luke Skywalker”, dice. “Es difícil poner a un personaje así al centro del escenario y lograr que el público simpatice con él”.
Su solución fue Damon, un actor querido, capaz de arrastrar a la audiencia a viajes increíbles. Pero a su estrella, afirma, lo retó con el rodaje más demandante posible. Fue tan implacable como Poseidón lo fue con Odiseo.
“Y ahí estaba, sin quejarse, a bordo de la nave, dentro de cuevas, subiendo montañas, liderando desde el frente. Todos siguieron su ejemplo”.
En Ítaca, Telémaco (Tom Holland), su hijo, crece en su ausencia. Y su esposa, Penélope (Anne Hathaway), sostiene el quebrado hogar y rechaza el asedio de hostiles pretendientes al trono.
“Hay tensión entre ellos dos”, explica Nolan. “Él tiene una visión idealizada de su padre. Ella considera a Odiseo el amor de su vida, pero lo ve simplemente como un hombre”.
Lo humano no abandona esta película por más que aparezcan ninfas, hechiceras, dioses y gigantes. Para diseñar al temible Cíclope con quien se cruza Odiseo en su epopeya, Nolan reconoce haber pensado en el mexicano Guillermo del Toro.
“De Guillermo aprendí que un monstruo nunca es sólo un monstruo. Esa verdad lo explica todo sobre cómo retratar a una criatura: con significado, peso y sustancia.
“No se trata de sentimentalizar a un monstruo. Se trata, simplemente, de otorgarle individualidad”.
Nolan también puso especial cariño en un personaje peludo que roba corazones desde hace milenios. Argos, el perro de cacería de Odiseo, quizás el can más famoso de la literatura.
“Argos es una parte significativa del concepto de hogar para Odiseo, y de lo que le sucedió a su hogar”, considera. “Creo que los animales, la forma en que los tratamos, dice mucho de nosotros y de nuestra cultura”.
La Odisea no busca sólo mirar al pasado, sino ser un espejo que refleje dolores contemporáneos. Nolan acepta que una lectura posible es la de las heridas de la guerra, el trauma y el desplazamiento forzado.
“Cuando uno se acerca a Homero con seriedad descubre cosas que podemos considerar ajenas, de otra época. Pero ese algo con lo que en inicio no podemos identificarnos, de repente se vuelve relevante”.
La película levantará debate, lo sabe, pues adaptar es, a fin de cuentas, filtrar una obra a través uno mismo. Aunque respeta a académicos e historiadores del mundo clásico, no teme a sus inevitables juicios.
“Ya he lidiado con esto antes, en la trilogía de El Caballero Oscuro. Batman tiene una mitología muy querida, con muchísimos expertos.
“Sé que si la gente entiende que te importa el tema y que pusiste tu esfuerzo más sincero en hacer la mejor película posible, te conceden cierto margen”.
A diferencia de los héroes griegos, Nolan dice que no persigue un “kleos” o gloria inmortal, en el cine. Como Odiseo frente al canto de las sirenas, sencillamente se ata a una meta: esquivar la trampa de repetirse.
“Trabajo en el terreno de la cultura pop. Intento interactuar con el público en el aquí y el ahora, no pensar en el futuro. Sólo busco dar lo mejor de mí en cada momento”.




