POR KUKULKAN
SI TELEVISA hubiera escrito el guion, seguramente ya estaríamos en el capítulo 250, con el protagonista reapareciendo disfrazado, un piloto arrepentido, fiscales jurando decir la verdad y dos gobiernos culpándose mutuamente mientras suena música de suspenso. Pero no. Esta historia no nació de la imaginación de un libretista. Es la historia real de Ismael “El Mayo” Zambada, el narcotraficante que durante más de cuatro décadas burló a las autoridades de México y Estados Unidos… hasta que un día simplemente apareció del otro lado de la frontera. Y, dos años después, seguimos sin conocer el capítulo más importante.
EL PRIMER episodio se transmitió el 25 de julio de 2024. Ese día el mundo despertó con una noticia histórica: Ismael “El Mayo” Zambada había aterrizado en un aeropuerto de Nuevo México acompañado por Joaquín Guzmán López. Las versiones comenzaron a desfilar como actores sobre alfombra roja. Que si fue secuestrado. Que si fue traicionado. Que si fue engañado para acudir a una reunión. Que si lo subieron a un avión sin saber su destino. Lo único cierto era que el capo más buscado terminó sentado frente a la justicia estadounidense. Desde entonces comenzó la verdadera telenovela.
CAPÍTULO DOS: “Yo no fui”. Washington aseguró que ningún agente estadounidense cruzó territorio mexicano para ejecutar una operación. México respondió que tampoco participó en la captura. Nadie lo arrestó. Nadie lo trasladó. Nadie supo nada. Curiosa historia. Porque los protagonistas aparecieron solos en Estados Unidos, como si el avión hubiera sido piloteado por un fantasma. Después apareció un personaje clave: Mario Alberto Núñez Ojeda, alias “El Jando”, identificado como el piloto que condujo la aeronave donde viajaba “El Mayo”.
JUSTO el hombre que podía responder la pregunta que dos gobiernos llevan casi dos años esquivando. ¿Quién ordenó el vuelo? ¿Quién autorizó la operación? ¿Quién conocía el destino final? ¿Hubo coordinación entre autoridades? ¿Participaron agencias estadounidenses dentro de México? Demasiadas preguntas para un solo piloto. Y entonces llegó el giro inesperado del libreto. Resulta que las autoridades mexicanas detuvieron a “El Jando”. Lo tenían en sus manos. Era, probablemente, el testigo más importante para reconstruir uno de los episodios más delicados de la relación bilateral en materia de seguridad.
PERO duró poco. Antes de que la opinión pública pudiera escuchar una sola declaración relevante, el piloto emprendió otro vuelo. Esta vez, rumbo a Estados Unidos. Y con él viajaron, también, muchas respuestas. El capítulo más reciente de esta telenovela lo escribió el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch. Explicó que enviar a “El Jando” no fue una decisión personal sino un acuerdo colegiado del Consejo de Seguridad. Argumentó que el piloto hacía mucho daño en México y que, por ello, debía enfrentar a la justicia estadounidense. La explicación podrá satisfacer a los manuales administrativos, pero difícilmente responde al verdadero cuestionamiento.
PORQUE una cosa es extraditar a un presunto delincuente y otra muy distinta es desprenderse del testigo que podía aclarar cómo terminó el narcotraficante más importante del país sentado frente a un juez federal en Estados Unidos. Mientras tanto, la Fiscalía General de la República guarda silencio. El Gobierno federal pide esperar. Washington continúa defendiendo su versión. Y el expediente sigue acumulando más interrogantes que certezas.
COMO si eso no fuera suficiente, otro capítulo añadió más suspenso cuando el avión utilizado en el traslado apareció meses después en una exhibición de aeronaves en Estados Unidos. La imagen resultó demoledora para quienes sostienen que todo ocurrió sin intervención oficial. Lejos de disipar dudas, el hecho alimentó la percepción de que aún existen piezas ocultas en este rompecabezas. Y aquí es donde aparece la ironía más fina de toda esta historia.
DURANTE años se habló de la nueva etapa de cooperación, respeto mutuo y “buena vecindad” entre México y Estados Unidos. Sin embargo, cuando llegó el momento de explicar el caso más importante del narcotráfico en décadas, ambos gobiernos optaron por practicar el deporte favorito de la diplomacia: aventarse la bolita. Uno dice que no cruzó la frontera. El otro afirma que no participó. Ambos aseguran respetar la soberanía mexicana. Ninguno logra explicar convincentemente cómo un hombre considerado durante años el narcotraficante más poderoso de México terminó bajo custodia estadounidense sin que, aparentemente, nadie lo llevara.
QUIZÁ algún día aparezca el capítulo final. Tal vez cuando hablen quienes hoy callan. Tal vez cuando los expedientes dejen de estar bajo reserva. O quizá cuando algún protagonista decida escribir sus memorias. Mientras tanto, esta telenovela continúa al aire. Con un piloto que ya no está. Con un capo que espera juicio. Con dos gobiernos que siguen interpretando el mismo libreto. Y con un público que, después de tantos capítulos, ya no pide un final feliz. Simplemente exige que, por una vez, le cuenten la verdadera historia.




