El escudo de impunidad de Adán Augusto

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Rodolfo ‘El Negro’ Montes

El guion se repite casi de forma autómata por los pasillos de la Casona de Xicoténcatl y en la sede del Senado en Paseo de la Reforma.

Ante el acecho de la prensa mexicana, el senador Adán Augusto López Hernández suelta, con ese tono socarrón y cadencioso tan característico del trópico, su frase de cabecera: “Ya saben que yo no doy entrevistas” o “Ustedes bien saben que no doy declaraciones”.

Con una sonrisa que raya en el desdén, ha pretendido convertir el hermetismo en un escudo de impunidad mediática.

En el tablero nacional, esquivar el micrófono y despreciar al escrutinio público le ha funcionado para no rendir cuentas sobre la podredumbre que floreció en Tabasco durante su gestión como gobernador y su posterior paso por la Secretaría de Gobernación.

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Sin embargo, ese mutismo calculado —que en México pasa por “soberbia política”— corre el riesgo de convertirse en un letal bumerang político y penal.

En los pasillos del poder y en las agencias de inteligencia de Estados Unidos, los expedientes no se cierran con evasivas. La sombra de presuntos nexos con estructuras del crimen organizado —particularmente con células delictivas que operaron a sus anchas en el sureste mexicano, como la temida red de La Barredora— ya no es un simple rumor de pasillo; es una carpeta de investigación bien documentada al otro lado del Río Bravo.

Allá, en los tribunales del Distrito Este de Nueva York o de Texas, la retórica del oficialismo no sirve de nada. Frente a los fiscales norteamericanos no existe el escudo del fuero constitucional ni la complacencia de las conferencias mañaneras.

Cuando una solicitud de extradición toque la puerta de la Cancillería mexicana, el “ya saben que no doy declaraciones” se transformará en una obligación irrenunciable. Ahí sí tendrá que hablar, responder cada pregunta y cantar fino si no quiere pasar el resto de sus días en una celda de máxima seguridad.

Quien hoy le niega la cara a la opinión pública mexicana terminará desnudando la trastienda del poder ante los jueces estadounidenses, donde el silencio no es opción y las confesiones se pagan con acuerdos de colaboración.

La gran incógnita que circula en los corrillos políticos de la capital es si Adán Augusto logrará mantenerse en pie para el próximo periodo ordinario de sesiones que inicia en septiembre.

La factura geopolítica se está cobrando con creces. Si Washington aprieta la tuerca y formaliza las imputaciones en su contra, el costo político para el movimiento de la Cuarta Transformación resultará insostenible.

El tiempo se le agota al exgobernador. Su mutismo voluntario pronto podría ser reemplazado por el eco de sus propias declaraciones ante los fiscales. Mientras estadunidenses.

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