La batalla que las urnas ya resolvieron

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POR KUKULKAN

EN LA NUEVA Suprema Corte de Justicia de la Nación todavía no termina de acomodarse el polvo de la inédita elección judicial y ya comenzó la carrera por una silla que, en teoría, ni siquiera debería estar en disputa. Y es que si algo presumió la reforma judicial fue que acabaría con los acuerdos de salón, las negociaciones de pasillo y las votaciones entre ministros para decidir quién encabezaría el máximo tribunal. La promesa era sencilla: ahora decidiría el pueblo. Las urnas hablarían. Y punto.

PERO resulta que en México hasta las reglas nuevas suelen envejecer antes de estrenarse. Desde hace semanas, dentro y fuera de la Corte comenzó a cocinarse una narrativa tan conocida como el café frío de los tribunales: la de los grupos que buscan mover piezas para influir en la próxima presidencia de la SCJN. Los rumores vuelan más rápido que los proyectos de sentencia y, como suele ocurrir en estos casos, nadie los reconoce como propios, pero todos los comentan.

GUSTE O NO, la Constitución dejó una ruta bastante clara: el ministro más votado encabezaría la Corte durante el primer periodo y el segundo lugar asumiría posteriormente la Presidencia. Así ocurrió con Hugo Aguilar Ortiz, quien llegó respaldado por el mayor número de votos ciudadanos. En la fila sigue Lenia Batres Guadarrama, la segunda ministra más votada en la elección judicial. Hasta ahí no debería existir discusión alguna.

SIN EMBARGO, el viejo deporte favorito del Poder Judicial —la política interna— parece negarse a desaparecer por decreto. Las versiones que comenzaron a circular hablan de un grupo de ministras y ministros que preferiría ver en la Presidencia a Yasmín Esquivel. Nada comprobado, por supuesto. Son rumores que nadie firma, pero que convenientemente aparecen en columnas, conversaciones de café, chats jurídicos y filtraciones oportunas. La propia Corte ha negado que exista un acuerdo en ese sentido, aunque eso pocas veces detiene la imaginación de los pasillos.

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LO CIERTO es que detrás de la aparente cordialidad institucional, existe una competencia que ya dejó de ser un secreto. Lenia Batres y Yasmín Esquivel no sólo representan dos perfiles distintos dentro del oficialismo judicial; también protagonizan una rivalidad que se percibe en pequeños y grandes detalles. Los enterados todavía recuerdan aquella disputa por los espacios físicos dentro del edificio de Pino Suárez. La llamada “ministra del Pueblo” solicitó ampliar los metros cuadrados de su oficina para acomodar a su equipo de trabajo, una petición que terminó convirtiéndose en tema de conversación entre los propios ministros.

EN CUALQUIER otra institución parecería una anécdota menor; en la Corte, hasta los metros cuadrados tienen lectura política. Pero el verdadero pulso aparece cada martes, miércoles y jueves, durante las sesiones públicas del Pleno. No hace falta que intercambien reproches para advertir que entre ambas existe una permanente competencia por imponer criterios. Cada proyecto discutido parece transformarse en una oportunidad para demostrar quién interpreta mejor la Constitución, quién convence a más colegas o quién logra fijar el criterio que terminará marcando la jurisprudencia.

RARA VEZ la confrontación es frontal, pero se percibe en las intervenciones, en los votos concurrentes, en los particulares y hasta en los silencios. Sobre este ambiente flota una pregunta que nadie formula en voz alta: ¿quién terminará siendo el verdadero liderazgo del nuevo Pleno? Paradójicamente, todo esto ocurre mientras la reforma judicial presumía haber desterrado precisamente ese tipo de disputas. La narrativa oficial aseguraba que ya no habría campañas internas porque el pueblo decidiría. Que desaparecerían las negociaciones entre ministros para definir presidencias. Que la legitimidad vendría directamente de las urnas.

TAL PARECE que algunos quieren volver al viejo libreto, sólo que con actores distintos. Quizá sea demasiado pronto para hablar de una rebelión institucional. Quizá todo quede en especulación alimentada por analistas, operadores políticos y comentaristas profesionales de la rumorología judicial. Pero el simple hecho de que el tema ocupe espacios en columnas y redes sociales revela que la batalla por la percepción ya comenzó. Queda claro que en política —y la Corte nunca ha sido inmune a ella— primero se disputa el relato y después el cargo.

MIENTRAS Hugo Aguilar apenas comienza a construir su Presidencia, ya hay quienes miran más allá del calendario. Como si el siguiente relevo fuera más importante que el actual. Como si la verdadera elección todavía estuviera pendiente, pese a que millones de ciudadanos ya depositaron su voto. El mayor reto de la nueva Suprema Corte no es demostrar que sus integrantes llegaron por elección popular sino convencer al país de que, una vez contados los votos, respetarán las reglas que ellos mismos están llamados a hacer valer.

@Nido_DeViboras

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