- Durante el primer periodo de Trump los crímenes de odio contra latinos aumentaron en 187%.
FELIPE VILLA
CIUDAD DE MÉXICO.- La retórica utilizada por Donald Trump desde su llegada a la política en 2015 ha sido objeto de críticas por su tono racista y xenófobo.
Diversos informes vinculan su discurso con el incremento de actos violentos y de odio, tanto en Estados Unidos como a nivel internacional.
Desde su campaña presidencial, Trump hizo del ataque a minorías una estrategia recurrente. Frases como “invasión mexicana” o “virus chino” no sólo alimentaron el miedo y la desinformación, sino que también impactaron directamente en el comportamiento de sectores radicalizados.
Durante su primer mandato (2017-2021), los crímenes de odio en Estados Unidos aumentaron casi un 20%, alcanzando niveles no vistos en 28 años, según datos del FBI.
Analistas y organismos defensores de derechos humanos coinciden en que la narrativa de confrontación desde la presidencia influyó en esta tendencia.
Un caso emblemático ocurrió en El Paso, Texas, en 2019. Un atacante supremacista asesinó a 23 personas en un Walmart, luego de publicar un manifiesto que reproducía expresiones similares a las utilizadas por Trump. Este hecho evidenció el vínculo entre la retórica oficial y las acciones extremistas.
Las consecuencias se sintieron de manera particular en comunidades como la latina, que registró un aumento del 187% en crímenes de odio entre 2015 y 2023; y la asiática, blanco de agresiones durante la pandemia, con un alarmante aumento del 1,900% en Nueva York.
Organizaciones LGTBIQ+ también reportaron retrocesos en materia de derechos, alimentados por discursos que promueven exclusión y políticas regresivas durante la administración Trump.
A nivel internacional, Amnistía Internacional advirtió que el llamado “efecto Trump” incentivó tendencias autoritarias en otros países, debilitando el respeto a los derechos humanos y fomentando discursos discriminatorios desde gobiernos y grupos políticos.
La persistencia de este tipo de narrativa ha dejado una huella profunda en la sociedad global, y plantea un reto urgente para las democracias: frenar la normalización del odio y reconstruir un discurso político centrado en la dignidad y la inclusión.



