- Delcy Rodríguez, presidenta interina de la República Bolivariana de Venezuela cuenta con 30 días para realizar elecciones
STAFF / LUCES DEL SIGLO
CARACAS, VENEZUELA.- En Caracas, el amanecer del 4 de enero no trajo el canto habitual de los gallos, ni las arepas chispeando en la plancha con la radio encendida. Lo que sí se escuchaba era el rumor constante de noticias, de gente preguntando en la calle, en el abasto, en las colas del gas: ¿Y ahora qué va a pasar?
Nicolás Maduro, el hombre que por más de una década fue la figura omnipresente en la vida pública venezolana, ya no está en Miraflores. La noche del 3 de enero, fue capturado en una operación internacional liderada por Estados Unidos. Su ausencia física —más allá de la política— dejó un vacío constitucional que el país no vivía desde tiempos de golpes y transiciones accidentadas.
Pero Venezuela tiene Constitución. Y aunque ha sido muchas veces interpretada al ritmo de intereses de poder, el artículo 233 sigue allí, tan claro como el café colado en manga: cuando el presidente está ausente, le toca al vicepresidente asumir.
Así lo dictaminó el Tribunal Supremo de Justicia esa misma noche. Delcy Rodríguez, hasta entonces vicepresidenta ejecutiva, asumió formalmente como presidenta interina de la República Bolivariana de Venezuela, al menos mientras se resuelve si lo de Maduro es una “ausencia temporal” o una falta absoluta.
Mientras tanto, la vida sigue. El pueblo —ese que no decide en el alto mando pero sí carga el país al hombro— se levanta sin saber si el sueldo alcanzará para el pan o si los dólares amanecieron más caros que ayer. La gasolina sigue racionada. Las clínicas sin insumos. Los profesores de escuela siguen cobrando lo mismo que un desayuno callejero. Para ese pueblo, el cambio aún no tiene sabor a futuro. Tiene sabor a espera.

En lo inmediato, según la ley, Delcy debe asegurar la continuidad del gobierno. Eso implica mantener funcionando los ministerios, los servicios básicos y las relaciones exteriores, aunque medio planeta dude si reconocerla o no. Ella, en cadena nacional, llamó a la calma, a la unidad cívico-militar y a la defensa del modelo bolivariano. Pero en las calles, la calma no es un decreto: es una mezcla de resignación, miedo y esperanza, como solo el venezolano sabe tenerla.
Si en los próximos días se declara formalmente la “falta absoluta” de Maduro, la Constitución ordena elecciones presidenciales en 30 días. Treinta días. Una eternidad y un parpadeo a la vez. Tiempo suficiente para que se repartan culpas, surjan candidaturas, se crispen ánimos y se tensen alianzas. Pero también tiempo corto para organizar unas elecciones limpias, auditadas, con observación internacional y sin miedo.
El reto no es sólo jurídico. Es existencial. El chavismo se enfrenta al dilema de seguir sin su figura más visible en dos décadas. La oposición, al desafío de no desperdiciar otro momento clave. Y el pueblo, a sobrevivir un día más sin saber si algo —más allá del discurso— va a cambiar.
En Caracas la gente hace lo que ha aprendido a hacer: rebuscar, sobrevivir, comentar las noticias en la bodega de la esquina, sacar conclusiones en el transporte público, y esperar. Si algo define la idiosincrasia venezolana es que hasta en las crisis, se consigue humor y ganas de seguir.
Una señora en Petare, al preguntarle qué opinaba de lo que estaba pasando, respondió con sabiduría popular: “Aquí ya uno ha visto de todo, mi hijo. El que no llora, no mama, y el que no trabaja… tampoco come”. Y tras eso, soltó una carcajada suave, porque así es el venezolano: resiliente, sarcástico y de pie, incluso cuando la patria tiembla.


