Venezuela, el nuevo tablero de una guerra entre potencias

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  • La captura un jefe de Estado en funciones no puede leerse como un episodio aislado, sino como un movimiento estratégico dentro de una confrontación global entre Estados Unidos, Rusia y China por repartirse el mundo.
STAFF / LUCES DEL SIGLO

CIUDAD DE MÉXICO.- La madrugada en que fuerzas estadounidenses capturaron en Caracas al presidente Nicolás Maduro no fue solo el fin abrupto de un liderazgo político que llevaba más de una década en el poder. Fue, sobre todo, la irrupción directa de Estados Unidos en un conflicto que trasciende a Venezuela y forma parte de una disputa global por hegemonía, una guerra no declarada en la que las grandes potencias ya no se miden únicamente con discursos o sanciones, sino con hechos consumados.

Washington justificó la operación como una acción de seguridad nacional, combate al narcotráfico y aplicación de la ley internacional. Sin embargo, en el contexto mundial actual, la captura de un jefe de Estado en funciones no puede leerse como un episodio aislado, sino como un movimiento estratégico dentro de una confrontación más amplia entre Estados Unidos, Rusia y China, cada uno imponiendo su poder en su entorno inmediato y más allá, con estilos distintos, pero con un mismo objetivo: demostrar quién manda y sobre qué territorios.

Estados Unidos actuó en Venezuela con la lógica que ha marcado su política exterior en el siglo XXI: intervención puntual, quirúrgica y justificada en nombre de la seguridad, sin ocupación prolongada ni administración directa del territorio, pero con control político, económico y militar del desenlace. No hubo despliegues masivos ni tanques cruzando fronteras, pero sí una señal inequívoca: Washington mantiene la capacidad de intervenir donde considere que sus intereses estratégicos están en riesgo.

Venezuela no es cualquier escenario. Posee una de las mayores reservas de petróleo del planeta, una ubicación clave en el Caribe y, en los últimos años, se había convertido en un espacio de creciente influencia rusa, china e iraní. Aunque funcionarios estadounidenses han insistido en que su país “no necesita” el petróleo venezolano, el mensaje real es otro: Estados Unidos no permitirá que un recurso estratégico de tal magnitud quede bajo control de potencias rivales.

El caso venezolano se inserta así en un patrón global. Rusia, por ejemplo, optó por una demostración de fuerza frontal en Ucrania. Desde 2022, Moscú ha utilizado una invasión militar abierta para redefinir sus fronteras de influencia, asegurar acceso a puertos estratégicos, zonas industriales y recursos energéticos, y enviar un mensaje claro a Occidente: el espacio postsoviético sigue siendo su esfera de poder. El costo ha sido altísimo en vidas humanas, sanciones económicas y aislamiento internacional, pero el Kremlin ha apostado por la confrontación directa como prueba de hegemonía regional.

China, en cambio, ha elegido un estilo distinto, más gradual y calculado. Aunque aún no ha lanzado una invasión formal contra Taiwán, su presión militar constante, ejercicios navales, bloqueos simulados y amenazas explícitas cumplen la misma función: hacer visible su capacidad de imponer la fuerza cuando lo considere necesario. Taiwán no solo representa un reclamo histórico para Pekín; es el corazón de la industria global de semiconductores, un recurso estratégico tan valioso hoy como lo fue el petróleo en el siglo XX.

Así, mientras Rusia avanza con tanques y misiles, China asfixia con maniobras y economía, y Estados Unidos interviene con operaciones selectivas y control financiero, las potencias están redefiniendo el orden mundial desde distintos frentes. No se trata de una nueva Guerra Fría con bloques ideológicos rígidos, sino de una competencia flexible, pragmática y muchas veces brutal, donde los principios se subordinan a los intereses.

En este escenario, Venezuela se convierte en algo más que un país en crisis: es una pieza del ajedrez global. Para Washington, la captura de Maduro envía un mensaje interno y externo. Interno, porque muestra firmeza frente al narcotráfico y liderazgo fuerte ante su electorado. Externo, porque advierte a Moscú y Pekín que América Latina sigue siendo un espacio donde Estados Unidos está dispuesto a actuar sin titubeos.

Para Rusia y China, el mensaje también es claro: la expansión de su influencia tiene límites cuando choca directamente con los intereses estratégicos estadounidenses. Y para el resto del mundo —particularmente para países medianos y pequeños— el episodio venezolano deja una lección inquietante: en la disputa entre gigantes, la soberanía se vuelve relativa.

Mientras tanto, para el pueblo venezolano, la guerra de hegemonías no se traduce en teorías geopolíticas, sino en incertidumbre cotidiana. La captura de su presidente no resolvió la crisis económica, ni la escasez, ni la migración forzada. Solo confirmó que su país, una vez más, es escenario de decisiones tomadas lejos de sus calles.

La intervención de Estados Unidos en Venezuela no es el inicio de esta guerra global, pero sí es una prueba de que el mundo ya entró en una fase donde la hegemonía no se negocia: se ejecuta. Cada potencia lo hace a su manera, en su región, con sus recursos. Y el tablero, lejos de estabilizarse, apenas comienza a moverse.

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