José Réyez
Una y otra vez escuchamos que las guerras estallan por culpa de líderes dementes, fanatismos religiosos o venganzas personales. Se nos vende la idea de que Trump bombardea Irán por megalómano, que Putin invadió Ucrania por delirio imperial, que el conflicto palestino-israelí es una guerra santa milenaria. Todo eso es pura cortina de humo.
La guerra tiene motivos muy concretos y terrenales: es el negocio más rentable del capitalismo. Detrás de cada misil Tomahawk hay una junta de accionistas celebrando el alza en la bolsa. Detrás de cada “choque de civilizaciones” hay una lucha feroz por el petróleo, el litio, el gas y los mercados.
Cuando los medios repiten hasta el hartazgo que a Donald Trump le mueve su ego herido o el chantaje del lobby sionista, nos están ocultando lo esencial: Estados Unidos necesita saquear las materias primas de países débiles y abrir nuevos mercados donde realizar su plusvalía.
Da igual que la excusa sean los cárteles en Venezuela o las armas nucleares en Irán. Siempre hay un pretexto: antes fueron las armas de destrucción masiva en Irak, luego la falta de democracia en Libia. Siempre la misma cantinela.
El filósofo prusiano Carl von Clausewitz lo dijo con claridad meridiana: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Y la política, en el capitalismo, no es más que la administración de los negocios de la burguesía.
El Estado moderno, como bien apuntó Marx, es un comité que gestiona los intereses comunes de toda la clase dominante.
Por eso resulta tan ingenuo pensar que cambiando de partido en la Casa Blanca cambiará algo. Tan asesino es Trump como Biden u Obama. Todos cumplen el papel que el sistema les impone: defender las ganancias del gran capital. Los políticos son meros sicarios de un patrón mucho más poderoso y abstracto: la acumulación incesante de riqueza.
Y esta dinámica no sólo opera entre naciones, sino dentro de cada país. Cuando fallan los mecanismos de control político, el Estado capitalista reprime con las armas a los trabajadores. En el plano internacional, los países poderosos someten mediante la guerra a los débiles. Misma lógica, distinta escala.
Lo más macabro de todo es quién paga los costos de estos negocios. La clase trabajadora pone los muertos, la sangre y el dolor. Son los pobres los que engrosan las listas de bajas, la verdadera carne de cañón.
Pero además de pagar con vidas, el pueblo paga con su bolsillo. Cada misil Tomahawk lanzado contra una escuela en Irán podría haber sido un hospital para los 27 millones de estadounidenses sin seguro médico. Cada portaaviones desplegado en el Golfo Pérsico podría haber financiado becas para los 45 millones de estudiantes endeudados.
La Unión Europea, sumisa ante Washington, prohíbe la compra de gas ruso para castigar a Moscú, pero el tiro le sale por la culata a los propios europeos, que deben pagar energéticos más caros mientras sus industrias cierran. Los trabajadores siempre pagan la fiesta de los capitalistas.
Detrás de estas guerras hay una necesidad estructural del sistema. La tendencia decreciente de la tasa de ganancia empuja a los países imperialistas a buscar materias primas más baratas, energéticos a precio de ganga y condiciones privilegiadas en el comercio global.
La tecnología elimina puestos de trabajo —los únicos que generan valor nuevo— y el capital necesita compensarlo exprimiendo a sangre y fuego a los países más débiles.
Por eso resulta tan estúpido creer que la paz llegará cuando gobiernen los buenos. No se trata de demócratas contra republicanos, ni de progresistas contra conservadores. Ambas opciones son las dos caras de la misma moneda: el imperialismo rapaz.
Mientras existan clases sociales con intereses antagónicos, mientras haya ricos y pobres, habrá guerras. Mientras el ansia de acumulación convierta a los capitalistas en meros sacerdotes de ese Moloch insaciable llamado plusvalía, los cañones seguirán rugiendo.
Sólo cuando construyamos una sociedad sin explotadores ni explotados, sin opresores ni oprimidos, donde todos los seres humanos puedan satisfacer sus necesidades sin tener que matar por ello, la paz dejará de ser una quimera.
Sólo entonces el hombre dejará de ser lobo del hombre. Mientras tanto, no nos engañemos: la guerra no es locura, es el negocio más lucrativo del capital. Y nosotros, los de abajo, siempre seremos la mercancía más barata.


