POR KUKULKAN
CON HABITUAL desparpajo, la oposición mexicana ha venido construyendo un discurso cómodo, rentable y repetitivo: ‘México vive un narco gobierno’. Una frase que repiten todos los días con la misma pasión con la que un loro aprende malas palabras. Basta cualquier hecho violento para que aparezcan los iluminados de siempre, golpeándose el pecho en televisión y redes sociales, asegurando que Morena ha convertido al país en una sucursal del crimen organizado. Pero con la puesta en marcha de la Operación Enjambre el panal comenzó a desmoronarse… para todos.
RESULTA que las detenciones de alcaldes y funcionarios municipales en el Estado de México, Jalisco, Chiapas y recientemente en Morelos han exhibido una verdad incómoda que muchos fingen no ver: la podredumbre política no distingue siglas, colores ni ideologías. El crimen organizado no pide credencial partidista antes de infiltrarse en un ayuntamiento. Tampoco pregunta si el alcalde es guinda, azul, naranja o tricolor antes de sentarse a negociar cuotas, protección o contratos. Y eso ha dejado a más de uno tragando saliva.
MIENTRAS personajes de oposición se la pasan denunciando en coro y desde la comodidad de un micrófono que ‘Morena pactó con el narco’, la realidad nos muestra que varios de los alcaldes investigados, detenidos o prófugos pertenecen precisamente a partidos que presumen superioridad moral y se venden como los guardianes de la democracia y la legalidad. El golpe es brutal para el discurso opositor, que ya no puede seguir sosteniendo la narrativa del ‘narco gobierno’ cuando siguen apareciendo alcaldes panistas, priistas y emecistas salpicados por investigaciones federales.
ANTE tales evidencias, los opositores no pueden seguir jugando al fiscal moral cuando existen videos, testimonios y expedientes que comienzan a conectar a políticos locales de distintos partidos con redes de extorsión y grupos criminales. Con todo y que muchos de ellos sigan poniendo cara de sorpresa: ‘nosotros no sabíamos’; ‘que se investigue’; ‘caiga quien caiga’. Frases recicladas que en política equivalen a encontrar a alguien con las manos en la caja fuerte y fingir que sólo estaba limpiando el polvo.
LO INTERESANTE de este momento político es que el gobierno federal decidió tocar una zona que durante décadas permaneció prácticamente intocable: los municipios. Ahí donde el crimen organizado lleva años construyendo poder silencioso. Ahí donde las policías municipales, las direcciones de tránsito, las obras públicas y hasta los permisos comerciales terminan convertidos en piezas de una maquinaria criminal perfectamente aceitada. La narcopolítica no nació en 2018, aunque a muchos les encante actuar como si antes de Morena México fuera Noruega con mariachi.
LA INFILTRACIÓN en gobiernos municipales viene desde hace décadas. Gobernadores que miraban hacia otro lado, alcaldes financiados en campañas, policías completas entregadas al mejor postor y partidos felices de recibir votos… sin preguntar demasiado de dónde venía el dinero. La diferencia es que ahora el problema ya no puede esconderse debajo del tapete. La Operación Enjambre comenzó en el Estado de México y rápidamente extendió sus tentáculos hacia Morelos y otras entidades. Las investigaciones apuntan a redes completas de corrupción, protección criminal y extorsión.
NO HABLAMOS de un funcionario aislado que “cometió errores”. Hablamos de estructuras enteras incrustadas en gobiernos municipales. Eso explica el nerviosismo político. Y es que cuando el gobierno federal dice que irá ‘contra quien sea’, muchos entienden perfectamente lo que eso significa: expedientes abiertos, cuentas congeladas y alcaldes que podrían pasar de inaugurar ferias patronales a rendir declaración ministerial. Por supuesto, tampoco faltan quienes acusan que todo esto es selectivo y que las investigaciones tienen dedicatoria política. Curiosamente, esos reclamos suelen aparecer justo cuando las órdenes de aprehensión se acercan peligrosamente a sus propios grupos políticos.
EN MÉXICO, la indignación siempre ha sido sospechosamente selectiva. Sin embargo, algo queda claro: el discurso simplón del ‘narco gobierno morenista’ empieza a desfondarse frente a una realidad mucho más incómoda y profunda. El problema no es un solo partido. El problema es una clase política completa que durante años permitió que el crimen organizado creciera hasta convertirse en socio silencioso de muchos gobiernos locales. Y ahí sí, el enjambre picó parejo.
LA GRAN apuesta de Claudia Sheinbaum será demostrar que esta ofensiva no terminará convertida en espectáculo mediático ni en persecución temporal para las cámaras. Es bien sabido que detener alcaldes genera titulares escandalosos. Desmantelar redes completas y sostener procesos judiciales sólidos es otra historia. Pero al menos por ahora, algo quedó exhibido: la podredumbre no tiene partido… aunque algunos simulen que apenas se están enterando.



