POR KUKULKAN
EN LA POLÍTICA mexicana hay algo más predecible que las mañaneras: la puntual irritación de la derecha cada vez que la realidad no se ajusta a sus deseos. Y vaya que marzo les trajo un mal trago difícil de digerir. Resulta que Claudia Sheinbaum no sólo gobierna, sino que además encabeza el ranking de aprobación en América Latina con un sólido 72.3 por ciento. Sí, leyó bien: primer lugar. Por encima incluso de ese otro consentido del espectáculo político regional, Nayib Bukele. Y ahí es donde empieza el ardor.
Y ES QUE una cosa es perder el debate interno —ya casi rutina— y otra muy distinta es tener que ver cómo los números, esos fríos e incómodos datos, colocan a la presidenta de México en la cima de la popularidad continental. La encuesta de CB Global Data no deja mucho espacio para la interpretación caprichosa: más del 70 por ciento de aprobación, con una mayoría clara que la califica entre “buena” y “muy buena”. Traducido al idioma de la oposición: un problema serio.
PERO si los números escuecen, el reconocimiento internacional parece haber caído como limón en herida abierta. La reciente visita de Sheinbaum a España no sólo fue protocolaria; fue, para incomodidad de algunos, una pasarela de respaldos y elogios. Desde círculos políticos hasta analistas europeos, la narrativa fue consistente: México tiene una presidenta con liderazgo sólido y proyecto claro.
NO FALTARON voces en España que destacaron su perfil técnico y su capacidad de gestión. Figuras vinculadas al ámbito progresista europeo subrayaron que Sheinbaum representa una continuidad con matices propios, capaz de combinar disciplina fiscal con políticas sociales. Incluso analistas internacionales han comenzado a ubicarla como una de las figuras más relevantes de la izquierda latinoamericana contemporánea, algo que, por supuesto, en ciertos sectores mexicanos se traduce automáticamente como motivo de sospecha.
PORQUE si algo caracteriza a la derecha local es su peculiar relación con el éxito ajeno: si ocurre fuera, es admirable; si ocurre dentro, es sospechoso. Así, mientras en España se escuchaban comentarios que resaltaban la estabilidad política de México y la consolidación de su liderazgo, en territorio nacional algunos opinadores se apresuraban a minimizar, relativizar o de plano ignorar el asunto.
EL LIBRETO es conocido. Primero, cuestionar la encuesta. Luego, descalificar a la consultora. Después, insinuar que “no refleja la realidad”. Y, finalmente, cambiar de tema. Todo con tal de no reconocer que hay una mandataria que, guste o no, mantiene altos niveles de respaldo ciudadano. Lo curioso es que esta misma oposición que hoy se muestra escéptica ante un 72.3 por ciento de aprobación, en otros tiempos celebraba cifras mucho más modestas como si fueran hazañas históricas. Claro, eran otros gobiernos, otras filias y, sobre todo, otros intereses.
MIENTRAS tanto, en el tablero regional, el contraste es evidente. Presidentes que caen en popularidad, otros que apenas se sostienen, y en medio de ese paisaje, Sheinbaum avanzando posiciones. No es un fenómeno aislado ni producto de un golpe de suerte: es resultado de una estrategia política que ha logrado conectar con una base social amplia. Y ahí es donde la narrativa se vuelve incómoda para ciertos sectores: porque desmonta la idea de que el proyecto actual carece de respaldo o está condenado al desgaste inmediato. Al contrario, los datos sugieren lo opuesto.
ADEMÁS, en el extranjero el reconocimiento no viene cargado de la misma polarización doméstica. Se observa con mayor distancia y, quizá por eso, con mayor claridad. Que una presidenta latinoamericana destaque en aprobación y además reciba elogios en Europa no es un asunto menor. Es, en términos políticos, un activo.
AUNQUE en México, ya se sabe, el éxito ajeno suele medirse con vara distinta. Y así, mientras unos ven consolidación, otros ven amenaza. Unos hablan de liderazgo, otros murmuran conspiraciones. Y mientras la presidenta suma puntos —dentro y fuera del país—, el club de los ardidos sigue haciendo lo que mejor sabe: negar la evidencia. Al parecer, aceptar la realidad sigue siendo más difícil que perder una elección.


