POR KUKULKAN
EN ESTE país donde todo se regula… menos la simulación, el INE ha decidido hacer lo que mejor sabe hacer cuando la realidad lo rebasa: redactar más reglas. Y es que si algo sobra en la política mexicana no son los actos anticipados de campaña, ni los espectaculares disfrazados de ‘procesos internos’, ni las bardas que brotan como hongos en temporada electoral. No. Lo que falta —según parece— son lineamientos.
Y AHÍ tenemos al consejero Arturo Castillo proponiendo una solución que suena tan pulcra en el papel como inútil en la práctica: ‘etiquetar todo’. Que los partidos avisen, que reporten, que clasifiquen, que transparenten. Una especie de acto de fe burocrático donde se asume que quienes han perfeccionado el arte de la simulación política ahora, por obra y gracia de un lineamiento, se volverán obedientes contadores de sus propias trampas.
LA IRONÍA no es menor. El propio consejero lo admite: el INE tiene un margen de maniobra escaso. Traducido al español político: no puede hacer gran cosa. ¿La razón? El Tribunal Electoral decidió que los actos anticipados sólo existen si alguien tiene la cortesía de decir explícitamente “vota por mí”. Es decir, mientras el aspirante sonría, recorra el país, tapice ciudades con su rostro y repita su nombre hasta el cansancio… pero sin pedir el voto, todo está perfectamente dentro de la legalidad. Una joya de criterio jurídico que convirtió la trampa en estrategia y la simulación en derecho adquirido.
ASÍ ES COMO llegamos al absurdo actual: políticos en campaña permanente que, oficialmente, no están en campaña. Bardas que promueven a ‘coordinadores’, ‘defensores’ o ‘promotores’, figuras casi místicas que nadie eligió, pero todos reconocen. Y espectaculares que, curiosamente, aparecen años antes de cualquier elección, como si la vocación de servicio público requiriera publicidad anticipada.
PERO no es para preocuparse, porque el INE ya encontró la solución: sumar esos gastos después. Registrar lo que ya ocurrió. Contabilizar lo que nadie detuvo. Una especie de contabilidad post mortem que pretende corregir, en hojas de Excel, lo que nunca se frenó en la realidad. El problema de fondo no es la falta de reglas. México tiene una de las arquitecturas electorales más complejas del mundo. El problema es otro: no hay dientes. O peor aún, hay dientes, pero alguien decidió limarlos desde el Tribunal.
MIENTRAS el INE intenta ‘disminuir daños’, como reconoce Castillo, gobiernos municipales, estatales y los partidos operan con total claridad: primero posicionan, luego preguntan. Primero saturan el espacio público, luego se preocupan por la legalidad. Y cuando llega la autoridad, lo único que encuentra es un expediente bien documentado de algo que ya cumplió su objetivo. ¿De qué sirve entonces ‘bajar’ propaganda cuando el nombre ya se instaló en la conversación pública? ¿Qué efecto real tiene sancionar después de que el aspirante recorrió el país durante meses?
LA POLÍTICA no se gana en los tribunales ni en los informes de fiscalización; se gana en la mente del electorado. Y ahí, los adelantados ya llevan ventaja. El propio INE lo sabe. Por eso habla de ‘disminuir’ y no de ‘evitar’, ya que evitar implicaría confrontar directamente a los partidos y, sobre todo, a los criterios del Tribunal. Y eso, en el delicado equilibrio institucional, parece ser terreno prohibido. Así que veremos más de lo mismo rumbo a 2027: campañas que no son campañas, candidatos que no son candidatos y autoridades que no pueden actuar… pero que sí pueden documentar.
UN PAÍS donde la ley llega tarde, pero llega bien archivada. Al final, la política mexicana ha perfeccionado su deporte favorito: jugar en los límites de la norma, empujarla, doblarla y, cuando es necesario, redefinirla desde los tribunales. Y frente a eso, el INE responde como mejor sabe: con más reglas, más formatos y más etiquetas. Como si el problema fuera de nomenclatura y no de voluntad. Muy en el fondo, todos lo saben —aunque pocos lo digan—: no es que falten reglas. Lo que falta es quién las haga valer.


