POR KUKULKAN
EN MÉXICO sigue habiendo procesos judiciales que avanzan con la velocidad de un trámite en ventanilla del IMSS. Pero el caso de Emilio Lozoya ya rompió cualquier parámetro conocido: pasó de expediente penal a serie interminable de streaming político, donde cada temporada promete “ahora sí” y termina exactamente igual… sin final y con los mismos villanos disfrutando el presupuesto.
SEIS AÑOS después del escándalo que convirtió al exdirector de Pemex en el rostro más elegante de la corrupción peñista, la gran novedad judicial es que finalmente le quitaron una casa. Sí, una mansión de 51 millones de pesos en Lomas de Bezares que desde 2019 estaba asegurada por la Fiscalía y que ahora oficialmente pasará a manos de la Federación porque, oh sorpresa, nadie pudo demostrar de dónde salió el dinero para comprarla.
QUÉ descubrimiento tan impactante.Resulta que una residencia de mil metros cuadrados, adquirida en 38 millones de pesos, ligada al caso Agronitrogenados y al presunto soborno de Alonso Ancira, sí tenía algo sospechoso. Tuvieron que pasar años de litigios, apelaciones, amparos, recursos y discursos moralinos para llegar a una conclusión que cualquier mexicano había entendido desde la primera nota periodística.
PERO así funciona la justicia mexicana: cuando el acusado es poderoso, el tiempo judicial se mide en eras geológicas. Mientras cualquier ciudadano común ya estaría embargado, encarcelado y boletinado hasta en Coppel por deber una tanda, Lozoya sigue transitando por tribunales con la tranquilidad de quien sabe perfectamente que en México la cárcel para los peces gordos es más un concepto decorativo que una realidad.
Y ESO que hablamos del hombre que prometió destapar la “red de corrupción del sexenio”. El testigo estrella. El hombre que supuestamente iba a derrumbar al peñismo completo como castillo de naipes. El fiscal mediático favorito de la 4T en aquellos años donde cada mañanera vendía la idea de que ahora sí se acabó la impunidad. ¿El resultado? Unas cuantas portadas, muchos escándalos televisivos, algunos videos de fajos de dinero entrando al Senado… y absolutamente ningún pez político grande condenado. Ni expresidentes. Ni secretarios de Estado. Ni legisladores relevantes. Ni empresarios intocables.
EL CASO Lozoya terminó convertido en la metáfora perfecta de la justicia espectáculo mexicana: mucho ruido, mucha indignación televisada y muy pocas sentencias reales. Y es que el verdadero milagro no es que Lozoya siga peleando amparos; el verdadero prodigio nacional es cómo el sistema judicial mexicano logra hacer eterno cualquier proceso donde aparezcan dinero, poder y apellidos influyentes.
LA FAMOSA planta “chatarra” de Agronitrogenados se volvió legendaria. Una operación que, según la Fiscalía, implicó sobrecostos escandalosos y sobornos millonarios para beneficiar a Altos Hornos de México. Una historia tan grotesca que parecía diseñada por guionistas de narcoseries financieras. Pemex comprando fierros oxidados a precio de oro mientras el país se hundía energéticamente. Una postal exacta del sexenio peñista: corrupción de lujo administrada desde oficinas con mármol italiano.
Y AUN ASÍ, después de años de investigaciones, extradiciones desde España, testimonios protegidos y cooperación internacional, el avance tangible más celebrado es recuperar una casa. Como si el saqueo multimillonario a Pemex pudiera resumirse en decomisar bienes inmuebles mientras los expedientes centrales continúan atrapados entre tribunales, tecnicismos y estrategias legales interminables.
ESO SÍ, la narrativa oficial sigue hablando de combate histórico a la corrupción. México es el único país donde un caso de corrupción tarda tanto que cambia de presidente, de fiscal, de narrativa política y hasta de plataforma digital antes de recibir sentencia. Mientras tanto, Lozoya pasó de villano nacional a personaje reciclado del archivo histórico. Ya no provoca indignación; provoca cansancio. El país se acostumbró a verlo entrar y salir de audiencias como si asistiera a juntas corporativas.
Y QUIZÁ ahí está la verdadera tragedia: la normalización. Porque cuando la corrupción deja de escandalizar y empieza a aburrir, significa que la impunidad ganó. Otra vez. La extinción de dominio sobre la mansión de Lomas de Bezares no representa una victoria contundente de la justicia. Representa apenas una migaja administrativa dentro de uno de los mayores escándalos de corrupción en la historia reciente del país.
LA FISCALÍA presume el decomiso como trofeo institucional, mientras millones de mexicanos siguen esperando lo mismo que prometieron desde 2019: que alguien, por una vez, termine realmente en prisión por robarle al país. Pero en el México judicial de Lozoya, las mansiones sí se extinguen. Las sentencias, no.



