POR KUKULKAN
MÉXICO podrá tener muchos problemas: carreteras destrozadas, transporte público colapsado, gasolinas que siguen haciendo llorar carteras y automovilistas, pero jamás se le podrá acusar de perder la capacidad de soñar en grande. Y si no, ahí está Olinia, el pequeño automóvil eléctrico que el gobierno federal quiere convertir en el símbolo de una nueva era industrial mexicana.
SÍ, LEYÓ BIEN: México quiere fabricar su propio auto eléctrico nacional. Una idea que para algunos suena a visión de futuro y para otros a remake automotriz de aquellas promesas sexenales del pasado que terminaban convertidas en elefantes blancos, inauguraciones incompletas o proyectos “históricos” que acababan estacionados en el taller de la realidad.
AUNQUE esta vez hay algo distinto. Mientras medio mundo sigue viendo a México únicamente como la maquiladora automotriz de Estados Unidos, el proyecto Olinia pretende algo mucho más ambicioso: demostrar que este país puede dejar de ser sólo ensamblador y comenzar a diseñar movilidad propia. Claro, los críticos no tardaron en aparecer. Nunca faltan. Que si parece carrito de golf vitaminado, que si será el “vochito socialista”, que si terminará igual que otros proyectos industriales fallidos del pasado.
LAS BURLAS han corrido más rápido que el propio vehículo, que en su primera etapa apenas promete alcanzar los 50 kilómetros por hora. Y aun así, detrás de la carrilla nacional —que para eso somos potencia mundial— hay una pregunta incómoda: ¿y si sí funciona? Porque mientras en México algunos se ríen, China construyó una revolución automotriz exactamente con esa lógica. Vehículos pequeños, baratos, eléctricos y pensados para ciudades saturadas.
EL FAMOSO Wuling Mini EV, que muchos consideraban un juguete, terminó vendiendo millones de unidades y compitiendo incluso con Tesla en ciertos mercados. La diferencia es que China tuvo décadas planeando su estrategia industrial, mientras aquí todavía debatimos si poner ciclovías es comunismo o modernidad. Aun así, sería injusto minimizar el tamaño de la apuesta mexicana.
OLINIA no pretende competir contra Tesla ni contra los monstruos chinos como BYD. Su verdadero objetivo es otro: convertirse en el transporte urbano barato que pueda reemplazar mototaxis inseguros, taxis viejos y unidades contaminantes que sobreviven milagrosamente gracias a la fe popular y al mecánico de confianza.
Y AHÍ ES donde el proyecto comienza a tener sentido. Les guste o no, México necesita alternativas de movilidad urbana. Las ciudades están reventadas. El tráfico ya no distingue clases sociales: pobres y ricos pasan horas atorados respirando humo premium. Y mientras el transporte público envejece más rápido que los discursos políticos, la electromovilidad dejó de ser moda para convertirse en necesidad.
POR ESO Olinia representa algo más profundo que un simple cochecito eléctrico. Es un intento por construir narrativa industrial propia en un país acostumbrado a ensamblar sueños ajenos. El verdadero reto, desde luego, no es presentar prototipos bonitos con luces LED y discursos patrióticos. Lo difícil será fabricar miles de unidades, mantener precios bajos, garantizar seguridad y convencer a los mexicanos de comprar un automóvil nacional cuando históricamente el consumidor local sigue asociando calidad con marcas extranjeras.
JUSTO ahí estará la prueba de fuego, pues México sí sabe fabricar autos. Lo hace desde hace décadas. Lo que nunca había intentado seriamente era construir una marca propia con aspiraciones nacionales. Y eso, aunque incomode a los eternos francotiradores del fracaso anticipado, sí merece atención. Tal vez Olinia termine siendo un éxito urbano. Tal vez acabe convertido en pieza de museo sexenal. En este país ambas posibilidades conviven perfectamente.
PERO mientras otros gobiernos apostaron por refinerías del siglo pasado o megaproyectos llenos de nostalgia, esta administración al menos decidió voltear hacia una industria que dominará buena parte de la economía mundial en las próximas décadas. Y eso ya es noticia en tiempos donde la discusión pública suele reducirse a grillas, polarización y pleitos de redes sociales, resulta extraño ver al Estado mexicano intentando subirse a una conversación global sobre innovación, electromovilidad y tecnología.
POR SUPUESTO que faltan inversiones, infraestructura y certezas. Claro que el proyecto todavía genera más preguntas que respuestas. Aunque también es cierto que ningún país se convirtió en potencia industrial quedándose sentado a ver cómo otros inventaban el futuro. Quizá Olinia no termine revolucionando el mercado. Pero si logra abrir el debate sobre soberanía tecnológica, movilidad urbana y desarrollo industrial mexicano, ya habrá avanzado más que muchos proyectos que costaron miles de millones y hoy sólo sobreviven en discursos nostálgicos. Por lo pronto, México ya encendió el motor. Ahora falta ver si realmente arranca.



