POR KUKULKAN
DE TANTO despreciar la ciencia, los gobiernos neoliberales terminaron exportando cerebros como si fueran aguacates premium. México se convirtió durante décadas en una fábrica de talento científico… pero con destino final en laboratorios de Houston, universidades de Berlín o centros de investigación en Canadá. Aquí se les aplaudía cuando obtenían becas; allá se quedaban cuando descubrían que en su país había más presupuesto para bardas monumentales, campañas políticas y elefantes blancos que para laboratorios, microscopios o plazas de investigación.
LA FAMOSA ‘fuga de cerebros’ no es un invento de la izquierda resentida ni una consigna de sobremesa universitaria. Los números son brutales: alrededor de 1.4 millones de profesionistas mexicanos viven y trabajan en el extranjero, mientras más de 300 mil cuentan con estudios de posgrado. La OCDE calcula que casi 866 mil mexicanos altamente calificados emigraron entre 1990 y 2017. Traducido al español de barrio: el país pagó la formación y otros países cobraron las ganancias.
DURANTE años, la política científica mexicana operó bajo la lógica del ‘sálvese quien pueda’. El joven brillante estudiaba ingeniería, física, química o biotecnología; conseguía una beca; publicaba artículos de prestigio y, al regresar, encontraba la cruel realidad nacional: universidades sin plazas, centros de investigación sin recursos y burócratas que creen que un acelerador de partículas es un trámite del SAT. Así se fueron miles. No porque odiaran a México, sino porque México parecía empeñado en expulsarlos.
AHÍ ESTÁ el caso emblemático de Mario Molina, Nobel de Química en 1995, orgullo mexicano y referente mundial en la investigación sobre la capa de ozono. Gran parte de su carrera se desarrolló en Estados Unidos porque allá sí entendieron que la ciencia no es un gasto ornamental, sino una inversión estratégica. Sin embargo, Molina nunca rompió vínculos con su país y se convirtió en ejemplo de cómo un científico puede seguir aportando a México aun desde el extranjero. Y como él, hay miles más. Investigadores mexicanos que hoy diseñan tecnología aeroespacial para la NASA, participan en proyectos médicos de punta en Europa o desarrollan inteligencia artificial en Silicon Valley.
TODOS formados, en buena medida, con recursos mexicanos. La ironía duele: México financiando cerebros para que otras potencias cosechen las patentes. Pero algo comienza a moverse. La presidenta Claudia Sheinbaum —científica, académica y quizá una de las pocas habitantes de Palacio Nacional que realmente entiende cómo funciona un laboratorio— acaba de formalizar el programa “Cátedras de la diáspora”, un intento por reconectar al país con esos cerebros que durante años fueron ignorados por gobiernos que preferían inaugurar carreteras antes que laboratorios.
LA IDEA es sencilla, aunque políticamente poderosa: académicos mexicanos con doctorado que actualmente trabajan en instituciones extranjeras podrán vincularse con universidades mexicanas para impartir clases, dirigir tesis y colaborar en proyectos de investigación. Además, serán incorporados al Sistema Nacional de Investigadores. Claro, tampoco es que les estén ofreciendo regresar en alfombra roja ni salarios de Silicon Valley. Los participantes no recibirán los beneficios económicos completos del SNI, sino un apoyo anual de 45 mil pesos para viajar a México y colaborar académicamente.
DICHO de otro modo: el país todavía no tiene presupuesto para competir con Harvard o el MIT, pero al menos ya entendió que no puede seguir perdiendo talento como si fueran calcetines en lavandería pública. La secretaria Rosaura Ruiz explicó que se busca estrechar vínculos con quienes estudiaron fuera —muchos becados por el propio Estado mexicano— y terminaron quedándose allá porque aquí no encontraron condiciones dignas para trabajar. Claro, tampoco basta con discursos patrióticos ni ceremonias de reconocimiento. Ningún científico serio abandonará un laboratorio de primer nivel para venir a pelear por reactivos, computadoras viejas o trámites eternos. Si la Cuarta Transformación quiere frenar de verdad la fuga de cerebros, tendrá que garantizar presupuesto estable, infraestructura moderna y plazas dignas. Porque el talento no vive del aplauso mañanero.
SIN EMBARGO, el programa de Sheinbaum manda una señal política importante: por primera vez en muchos años, desde el poder se habla de científicos no como enemigos elitistas ni como adornos académicos, sino como piezas estratégicas para el desarrollo nacional. Y quizá ahí está la verdadera transformación. Entender que un país no se construye sólo con cemento, propaganda o megaproyectos. También se construye con ideas, laboratorios y cerebros. Cerebros que durante décadas hicieron maletas porque aquí les cerraron la puerta… y que hoy, al menos, empiezan a recibir una invitación para volver a entrar.



