José Réyez
El estrecho de Ormuz, esa angostura de apenas 33 kilómetros por donde fluye el 20 por ciento del petróleo mundial, nunca ha sido sólo un punto en un mapa. Es un termómetro de la guerra y la paz globales. Y en estos días, la temperatura ha oscilado entre el punto de ebullición militar y la firma de un acuerdo del fin del conflicto.
Mientras los reflectores internacionales se centran en la firma histórica entre Estados Unidos e Irán, la realidad sobre las aguas del Golfo Pérsico sigue siendo la de un campo de batalla donde la diplomacia avanza a la par de los disparos de advertencia y los derribos de drones.
El sábado 13 de junio, el presidente estadounidense Donald Trump encendió las alarmas mediáticas al anunciar en su red Truth Social un hecho aparentemente consumado: “Está planeado que el acuerdo se firme mañana, e inmediatamente después, el estrecho de Ormuz estará ‘abierto para todos’”.
Horas después, su homólogo paquistaní, Shehbaz Sharif, país mediador clave en las conversaciones, confirmaba que la firma electrónica estaba programada para el domingo.
Sin embargo, la realidad sobre el terreno hablaba un idioma diferente. Apenas dos semanas antes, el 28 de mayo, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) había disparado contra cuatro buques que intentaban cruzar el estrecho. Entre ellos, un “petrolero estadunidense” fue forzado a retroceder tras recibir disparos de advertencia.
En respuesta, fuerzas estadunidenses derribaron varios drones suicidas iraníes y atacaron una estación de control en tierra cerca de Bandar Abbas. La guerra, o algo muy parecido, continuaba.
El péndulo del acuerdo: ¿paz de 60 días o nuevo statu quo?
Lejos de la imagen de una firma definitiva, los documentos filtrados a agencias como Axios y Anadolu describen un panorama más pragmático y menos heroico. El acuerdo inminente no es la paz perpetua, sino una prórroga de 60 días al alto el fuego.
Se trata de un memorando de entendimiento (MOU) que, según la agencia Bernama, establece un mecanismo de “alivio por desempeño”:
Irán despejaría las minas del estrecho a cambio de que Washington levante el bloqueo a sus puertos y emita licencias limitadas para que Teherán venda petróleo.
Sin embargo, el control político del estrecho sigue siendo el hueso más duro de roer. El 12 de junio, Irán fue tajante: jamás renunciará a su derecho a controlar el estrecho de Ormuz.
Su canciller, Abbas Araghchi, advirtió que, tras el acuerdo, “la gestión del estrecho de Ormuz ya no será la misma”, insinuando un papel más autónomo de Teherán, posiblemente en coordinación con Omán.
Esta postura choca de frente con la estrategia de Estados Unidos y, sobre todo, con la de Israel. Mientras la administración Trump intenta vender el acuerdo como un éxito diplomático, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, insiste en un punto que la Casa Blanca ha tratado de matizar: la exigencia de que Irán no sólo detenga, sino que elimine su stockpile de uranio enriquecido.
Los hechos de junio de 2026 lo confirman con crudeza. El domingo 14 de junio, mientras Trump declaraba que el pacto se sellaba en su cumpleaños, el portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baqaei, negaba la mayor, calificando el documento como un simple “marco para continuar las conversaciones” durante otros 60 días.
Esta esquizofrenia geopolítica tiene una explicación: ninguna de las partes quiere ceder en la foto final.
Washington necesita mostrar que ha frenado el programa nuclear y reabierto la vía marítima clave para la economía global. Teherán necesita demostrar que ha resistido el asedio y conserva su capacidad de disuasión sobre el Golfo.
El juego de ajedrez en Ormuz ha entrado en una fase conocida en la teoría de juegos como el “callejón del gallina”. Ambos bandos se dirigen de frente, pero ninguno quiere estrellarse del todo.
Los ataques militares de mayo y las interceptaciones de drones de junio son el equivalente a tocar la bocina y girar el volante en el último segundo.
Enfrentados a la tradición realista (que auguraba una guerra abierta) y a la liberal (que esperaba una cooperación automática por la interdependencia), los chokepoints como Ormuz nos muestran una tercera vía: la institucionalización de la crisis.
Hoy, el estrecho de Ormuz está siendo regulado por un “casi acuerdo”. Las normas de la Convemar han pasado a un segundo plano frente a los memorandos redactados por Pakistán y Omán.
La Quinta Flota de Estados Unidos no se retira, pero tampoco escala a un conflicto total. Irán mantiene su derecho a inspeccionar barcos, aunque con la condición tácita de no cerrar el grifo del petróleo por completo.
En este nuevo orden, vivir al borde del abismo parece ser la única forma de estabilidad posible.
El mundo seguirá pendiente de las próximas 60 horas, o de los próximos 60 días, para saber si el mayor cuello de botella energético del planeta se administra mediante la ley o mediante el miedo. Por ahora, sobrevive con una dosis letal de ambos.




