POR KUKULKAN
APENAS sonó la campana y las compuertas del gran hipódromo guinda se abrieron de par en par. Los ejemplares comenzaron a abandonar cómodamente sus corrales legislativos para dirigirse al óvalo donde se correrá una de las competencias más largas, costosas y despiadadas de los próximos meses: la carrera por las 17 gubernaturas que estarán en juego en 2027.
TANTO en el Senado como en la Cámara de Diputados ya no se escuchan discursos ni debates. Lo que se oye es el relinchar de los aspirantes, el trote nervioso de los equipos de campaña y el inconfundible sonido de las herraduras golpeando el pavimento rumbo a los estados donde cada uno sueña con convertirse en el próximo gobernador.
LA ESTAMPIDA comenzó esta semana cuando Morena aprobó licencias para varios de sus competidores. En el carril de Sinaloa salieron prácticamente al mismo tiempo dos yeguas de experiencia legislativa: la senadora Imelda Castro y la diputada Graciela Domínguez. Ambas creen tener suficiente fondo para recorrer la pista completa, aunque en política, como en las carreras, no siempre gana quien lleva más tiempo entrenando en el establo.
POR EL CARRIL de Sonora arrancó Lorenia Valles, mientras que en Tlaxcala se lanzó Raymundo Vázquez. Más al sur, Raúl Morón tomó rumbo hacia Michoacán y Julieta Ramírez hizo lo propio hacia Baja California. Todos dejaron temporalmente sus escaños y curules para dedicarse de lleno a la competencia.
LA ESCENA recuerda más al Hipódromo de las Américas que al Congreso de la Unión. Porque una cosa es solicitar licencia y otra muy distinta es ganar la carrera. Y ahí es donde comienza el verdadero espectáculo. En los establos morenistas abundan los caballos que se consideran pura sangre. Algunos porque llevan años en la política; otros porque se sienten herederos legítimos de alguna corriente interna; unos más porque cuentan con padrinos que les susurran al oído que ya tienen asegurada la silla principal del palacio de gobierno.
EL PROBLEMA es que los hipódromos tienen una costumbre cruel: la realidad suele arruinar las apuestas. No todos los que abandonaron el corral legislativo están llamados a convertirse en los famosos “caballos negros”. En el lenguaje ecuestre, el caballo negro es aquel ejemplar que nadie ve venir y termina sorprendiendo a los favoritos.
EN POLÍTICA ocurre algo parecido: es el aspirante que emerge desde atrás, sin reflectores, y rebasa a quienes ya se repartían el botín antes de cruzar la meta. Pero para que exista un caballo negro primero debe haber favoritos. Y vaya que los hay. Por eso no faltan quienes ya mandaron a confeccionar la montura de gobernador, quienes ensayan discursos de toma de protesta y quienes hasta revisan el color de las cortinas que pondrán en su futura oficina.
LEJOS del corral, el senador Gerardo Fernández Noroña hizo algo poco común en estos tiempos de euforia ecuestre: recordó una verdad elemental. Sólo uno ganará. Una frase sencilla, pero devastadora para quienes ya se sentían trotando por la avenida principal de sus estados. Y es que detrás de cada licencia hay una ilusión y detrás de cada ilusión hay varios derrotados en potencia. La matemática es despiadada. Si en algunos estados compiten tres, cuatro o cinco aspirantes de Morena, la mayoría terminará regresando al establo con las alforjas vacías y una colección de selfies tomadas durante sus recorridos territoriales.
DENTRO de esta carrera tampoco basta con ser pura sangre. Algunos tienen velocidad, pero no resistencia. Otros tienen estructura, pero no carisma. Hay quienes cuentan con patrocinadores, pero carecen de conexión con el electorado. Y también existen los que confunden aplausos de cortesía con respaldo popular. Por eso, mientras los aspirantes recorren municipios, reparten sonrisas y se dejan fotografiar entre simpatizantes cuidadosamente acomodados para la ocasión, en los palcos del hipódromo los verdaderos apostadores observan con paciencia, porque saben que la carrera apenas comienza.
FALTAN encuestas, acuerdos, negociaciones, vetos, alianzas y uno que otro tropiezo en plena recta final. Lo único seguro es que el hipódromo guinda ya abrió sus puertas y que los ejemplares han comenzado a correr. Lo incierto es quién llegará primero a la meta. Y, sobre todo, quién descubrirá demasiado tarde que no era un pura sangre, sino apenas un caballo de exhibición que confundió el aplauso de la tribuna con el disparo de salida.




