- El Mercado del Bienestar Maya permanece sin operar, reclaman productores.
AGUSTÍN AMBRIZ
CHETUMAL, Q. ROO.- A cinco kilómetros del pueblo y rodeado por el silencio de la selva, un edificio relativamente nuevo, iluminado y completamente vacío recuerda todos los días una promesa que nunca se cumplió.
El Mercado del Bienestar Maya, construido con una inversión pública federal superior a los 104 millones de pesos para aprovechar la llegada del Tren Maya al sur de Quintana Roo, permanece sin operar mientras los productores para quienes fue diseñado siguen vendiendo queso, ganado, miel y artesanías por los canales tradicionales.
En Nicolas Bravo, comunidad de cuatro mil habitantes marcada por la pobreza, las calles de lodo y la falta de oportunidades, la obra simboliza hoy el desencuentro entre los grandes proyectos gubernamentales y las necesidades reales de la población.
Perteneciente al municipio de Othón P. Blanco y ubicada sobre la carretera federal 186, a unos kilómetros de la frontera con Campeche, la comunidad ha estado acostumbrada a vivir entre ranchos ganaderos, caminos de terracería, calles que en temporada de lluvias se convierten en lodo y una extensa selva que rodea prácticamente cada rincón del poblado.
Aquí la vida transcurre entre potreros, queserías artesanales, parcelas de maíz, frijol y cítricos, sin embargo, los habitantes hablan con orgullo de una región que alimenta buena parte de la actividad ganadera del sur de Quintana Roo y que además conserva más de 35 mil hectáreas de selva bajo esquemas de conservación voluntaria y bonos de carbono.
Pero en 2020 se despertó la intranquilidad y la expectativa social cuando llegó una promesa que parecía capaz de cambiar para siempre el destino de la comunidad: el Tren Maya. Y así parecía cuando menos al comienzo.
Durante la etapa de construcción, Nicolás Bravo vivió algo que sus habitantes no habían visto en décadas. Miles de trabajadores llegaron a la región. Los hoteles se llenaron.
Muchas familias acondicionaron habitaciones y viviendas para alquilarlas. Restaurantes, fondas, talleres mecánicos y pequeños comercios comenzaron a recibir una derrama económica inusual.

Por primera vez en mucho tiempo, el dinero circulaba. La expectativa creció aún más cuando se anunció la construcción de la estación Nicolás Bravo/Kohunlich del Tren Maya y, junto a ella, un proyecto complementario que prometía convertirse en el motor económico de la región: el Mercado del Bienestar Maya.
La idea parecía sencilla. Aprovechar la llegada de turistas nacionales y extranjeros para que productores, artesanos, cocineras tradicionales y pequeños comerciantes pudieran vender directamente sus productos. El proyecto incluía decenas de locales comerciales y gastronómicos, y representó una inversión pública superior a los 104 millones de pesos.
Dos años después de concluido, el mercado no se ha inaugurado y permanece cerrado. Para muchos habitantes de Nicolás Bravo, la obra se ha convertido en un monumento al desencanto y al desencuentro con Roman Meyer, ex titular de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) por no escuchar principalmente al pueblo y favorecer intereses privados ajenos al interés de la comunidad.
Los testimonios recogidos por Luces del Siglo coinciden en un punto fundamental: originalmente la estación del Tren Maya y el Mercado del Bienestar no estaban contemplados en el lugar donde finalmente fueron construidos.
Faustino Reyes Herbert, ejidatario nativo de Nicolás Bravo, recuerda que durante las primeras reuniones se habló de construir ambas obras cerca de la comunidad.
“Nos dijeron que iba a estar por la zona del Bachilleres, después hablaron de otro terreno cercano al pueblo. La idea era que la gente pudiera beneficiarse directamente”, relata.
La lógica de los habitantes parecía evidente. Si la estación se ubicaba junto a la comunidad, los turistas tendrían que entrar al pueblo. Los taxis, mototaxis, fondas, hoteles, artesanos y pequeños comercios participarían del flujo económico generado por el Tren Maya. Pero algo cambió.
En una asamblea ejidal, según recuerda Reyes Herbert, representantes gubernamentales informaron que tanto la estación como el mercado serían construidos varios kilómetros más adelante, en el crucero que conduce a la zona arqueológica de Kohunlich.
La decisión sorprendió a buena parte de los habitantes atizando las sospechas de que intereses ajenos provocaron el cambio de ubicación. Las razones oficiales nunca fueron explicadas con claridad a la comunidad.
Ribay Abiel Salazar Perera, concejal de la Alcaldía de Nicolás Bravo, considera que detrás de la reubicación hubo intereses económicos vinculados a la venta de tierras.
“El mercado estaba proyectado en otra zona. Ahí sí hubiera funcionado, pero de repente lo cambiaron a un lugar cercano al Hotel Kohunlich. Yo siento que influyeron intereses personales relacionados con la venta de terrenos y con decisiones de las autoridades de entonces”, afirma.
Faustino Reyes Herbert va más allá. Asegura que entre los habitantes persiste la percepción de que el cambio favoreció intereses privados, incluidos los vinculados al Grupo Posadas, propietario del hotel ubicado en las inmediaciones de la zona arqueológica.
“La intención era beneficiar al pueblo, pero terminó favoreciendo otros intereses”, sostiene.
Ninguno de los entrevistados presenta pruebas documentales sobre estas afirmaciones, pero las sospechas forman parte del relato colectivo que hoy domina en la comunidad.
La crítica más constante no es la ubicación del mercado, es la falta de participación. Eduardo Reyes Velázquez, ex comisariado ejidal y uno de los líderes históricos de la región, asegura que jamás existió una estrategia para incorporar a los productores locales.

“Nunca nos explicaron cómo iba a operar el mercado. No sabemos quién ocupará los locales, bajo qué reglas ni cómo participar. Se construyó la infraestructura, pero nunca se trabajó con la comunidad”, explica.
En opinión de Reyes Velázquez, el problema no es la obra física. “La inversión es buena, el mercado es bonito, está iluminado, pero no tiene uso. Desde que se instaló no ha tenido actividad”.
Durante el recorrido realizado por Luces del Siglo se constató precisamente eso. El inmueble permanece prácticamente vacío. Los locales están cerrados. No hay actividad comercial. No hay turistas. No hay productores. No hay señales de operación.
El costo de estar lejos
La distancia terminó convirtiéndose en un obstáculo inesperado. El mercado y la estación se localizan aproximadamente a cinco kilómetros de Nicolás Bravo y a distancias mayores respecto a las comunidades de Ucum, Morrocoy, Carlos A. Madrazo, Sacxán, Tres Garantías, Caobas, Nuevo Becal y ejido Laguna OM, que supuestamente también serían beneficiadas.
Para muchos productores rurales, trasladar diariamente mercancías, artesanías, frutas, quesos o alimentos preparados representa un costo que simplemente no pueden asumir.
El problema también afecta al propio Tren Maya. Faustino Reyes Herbert explica que para abordar el tren, los habitantes deben pagar transporte adicional. “Un viaje a la estación cuesta alrededor de 100 pesos.
El autobús a Chetumal cuesta 80. La gente prefiere seguir usando el transporte tradicional”, comenta. La consecuencia es evidente. La estación registra poca actividad y los habitantes no la utilizan de manera cotidiana.
De regreso a su realidad, los habitantes se cuestionan por qué un pueblo de vocación ganadera está esperanzado en vivir del turismo. Esa es la paradoja, que Nicolás Bravo sí tiene algo que ofrecer.
La región mueve alrededor de 10 mil cabezas de ganado entre Nicolás Bravo y Morocoy. Aquí opera un centro de acopio de la empresa SuKarne y existe una importante tradición de producción de queso artesanal. Además, el ejido conserva más de 35 mil hectáreas de selva protegida y participa en proyectos de captura de carbono con organizaciones especializadas.
La zona también cuenta con atractivos arqueológicos como Kohunlich, Dzibanché, Kinichná y otros sitios cercanos que podrían integrarse a una ruta turística regional.
Precisamente esa era la apuesta original del Mercado del Bienestar. Que el turismo del Tren Maya comprara artesanías de madera, productos del campo, miel, quesos y alimentos regionales. Pero ese flujo turístico simplemente no ha llegado.
Entre los habitantes existe una expresión que se repite constantemente: “Elefante blanco”. Así define Ribay Salazar al mercado. Lo compara con otros proyectos impulsados durante décadas en la región que comenzaron con grandes expectativas y terminaron abandonados.
Por ejemplo, la antigua arrocera del Caribe, algunos proyectos productivos ejidales e infraestructura agropecuaria que nunca logró consolidarse. “Se prometió desarrollo económico, pero no ocurrió”, resume.

Una promesa detenida
Mientras el norte de Quintana Roo concentra hoteles, aeropuertos y millones de turistas cada año, en Nicolás Bravo la sensación es distinta. Los habitantes hablan de abandono. De oportunidades perdidas.
De una región que ve pasar el desarrollo sin detenerse. A unos metros de la carretera federal, entre la selva y los potreros, permanece el Mercado del Bienestar Maya. Una obra de más de 104 millones de pesos construida para recibir turistas que nunca llegaron en la cantidad esperada.
Un edificio nuevo, iluminado, equipado y vacío. La promesa de prosperidad que acompañó la llegada del Tren Maya sigue ahí, inmóvil, esperando que alguien explique cómo convertirla en realidad.




